Un vampiro suelto en Brooklyn.

Capítulo 39: Testigo.

Sylvie.

Hay documentos que cambian la historia de una dinastía y hay documentos redactados en 1503 por un funcionario con ganas de enredar las cosas. El que acababa de leer una paloma blanca ante treinta y seis Casas nobles pertenecía a la segunda categoría.

—Todo matrimonio de soberana debe consumarse en presencia de un testigo —repitió el ave, con su vocecita de señorita de buena familia—, que se situará en la puerta de la alcoba nupcial hasta el amanecer del día siguiente.

El silencio duró cuatro segundos, que Gaspard apuntó con un cronómetro de cristal.

Después estalló el patio.

—¡Un testigo! —aulló Eufrasia, con las bisagras vibrando de emoción—. ¡Yo me ofrezco! ¡Soy una puerta con principios!

—¡Y yo anoto! —gritó Bartolomé, subido a su barril.

—¡Y yo ilumino! —gritó Baltasar, balanceándose de una viga.

—¡Y yo guardo la entrada! —gritó Ruperto, con el hacha en alto y el salchichón repuesto en el casco.

—¡Chiii! —gritó Fernando, que no sabía de qué iba aquello pero quería participar.

Mi abuela Úrsula se levantó con un frufrú de pieles, se ajustó el turbante y sacó de su bolsa de cocodrilo un frasquito de cristal con una etiqueta que decía Sales para Novias Nerviosas. Mi abuelo Casimiro se tapó la cara con la capa. Mi padre, Ambrosio, que bailaba una jota con una dama de Valdemar, se detuvo en seco con un pie en el aire y la cara del color de un tomate. Y mis padres humanos, Marguerite y Edmund, que llevaban veintitrés años preparándose para todo menos para aquello, se agarraron de la mano con los ojos desorbitados.

—Hija —empezó mi madre.

—No.

—Solo quería decirte...

—No hace falta.

—Que tienes una cómoda en la torre este con un cajón de...

—¡Mamá!

—De ropa interior abrigada. Que la torre es fría.

—Gracias.

—Y que si necesitas algo, aquí estamos.

—Pues ahora no estéis.

Lucien, a mi lado, con el nudo torcido y el pelo lacio, había adquirido un color tan blanco que Mortimer, desde la segunda fila, se acercó con una bandeja de chocolate caliente y la expresión de quien se prepara para un funeral.

—Mi señor —susurró—. Si me permite una sugerencia profesional.

—Lo que sea.

—Beba.

Bebió. Fue una taza entera, de un trago, con nata. Después se puso a mirar el cielo con una intensidad sospechosa, mientras yo me preguntaba, con una calma que me sorprendió, si aquello era lo más ridículo que me había pasado en mi vida o simplemente el siguiente en la lista.

Fue Gaudencio quien nos salvó. Se había quedado hojeando su cuaderno de actas con el ceño fruncido y el bigote en tensión, murmurando entre dientes, hasta que de pronto levantó la cabeza con una expresión de profunda iluminación.

—Un momento —dijo—. Un momento, un momento.

—¿Qué pasa? —preguntó Doña Perpetua, que seguía sentada en la tarima con el folleto del crucero.

—El artículo doce, apartado c, de la Ley de Anclajes de 1503.

—¿Qué le ocurre?

—Que lo conozco. Lo redactó mi tatarabuelo. —Se ajustó las gafas—. Y recuerdo que tenía una nota al pie. En letra pequeña.

—Siempre en letra pequeña —murmuró el Archivista.

—¿Qué dice la nota?

Gaudencio carraspeó. Leyó en voz alta, con la voz monótona de quien recita una receta.

—A los efectos del presente artículo, se entenderá por consumación el reposo conjunto de ambos cónyuges en un mismo ataúd, con la tapa cerrada, durante el período diurno comprendido entre el alba y el crepúsculo.

Hubo un silencio. Un silencio muy largo, muy tenso, muy lleno de gente que acababa de hacer cálculos equivocados.

—¿Reposo? —preguntó Úrsula.

—Reposo.

—¿Conjunto?

—Conjunto.

—¿En un ataúd?

—Con la tapa cerrada.

—¿Hasta el crepúsculo?

—Hasta el crepúsculo.

—¿Y nada más?

—Nada más. —Gaudencio se quitó las gafas—. Es una norma de los vampiros del siglo dieciséis. Les preocupaba mucho que sus soberanos se durmieran en camas separadas y amanecieran en bandos distintos.

Mi abuela soltó el frasco de sales. Mi abuelo bajó la capa con una expresión de alivio indescriptible. Ambrosio dio un suspiro tan largo que se le agitó el pijama. Edmund se limpió la frente con un calcetín. Y Eufrasia, desde su marco, soltó un gemido de decepción que se oyó hasta en Brooklyn.

—¿Es todo? —preguntó—. ¿Solo dormir?

—Solo dormir.

—¿Y yo tengo que vigilar eso?

—Eres testigo.

—¡Pero yo quería un drama!

—Pues te quedas sin drama.

—¡Qué injusticia!

—Es lo que dice la ley —dijo Gaudencio, con voz de funcionario.

—¡La ley es aburrida!

—La ley es la ley.

Lucien me miró. Yo le miré. Los dos teníamos la misma expresión, una mezcla de alivio, vergüenza, ternura y una risa que nos temblaba en las comisuras.

—Entonces —dijo él, muy bajito.

—Entonces dormimos.

—Eso es lo que hacen los vampiros.

—Y las reinas recién casadas.

—Y las cazadoras cansadas.

—Estoy agotada.

—Yo no he dormido en tres noches.

—Yo, en cuatro.

—Pues a la cama.

—Al ataúd.

—Con la tapa cerrada.

—Con testigo.

—Con una puerta.

Nos fuimos de la mano, atravesando un pasillo de aplausos, de lágrimas y de abanicos, mientras el cuarteto de Von Trapp tocaba una marcha nupcial en versión somnolienta y el patriarca Dragomir lanzaba trozos de queso al aire como arroz. Mortimer abrió camino con un candelabro. Baltasar, desde las vigas, nos iluminó el paso con una luz dorada. Fernando se unió a la comitiva arrastrando un cojín. Y Eufrasia, descolgada de su marco por tres criados de sombra, vino detrás con aire de actriz reducida a figurante.

La Sala de los Ataúdes seguía oliendo a queso.

No era el olor intenso de una rueda de gorgonzola sino algo más sutil, un recuerdo, un rastro, como la sombra de una visita desagradable. El ataúd de los sábados de esplendor, con el cisne de alas desplegadas, esperaba al fondo, con la tapa abierta. Alguien había tendido sobre los almohadones una sábana blanca impecable, planchada con una precisión geométrica. Sobre ella, en un platillo de plata, reposaba un croissant de almendra con una nota.




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