Lucien.
Todos los días me despierto con la misma pregunta: ¿cómo es posible que un hombre sea tan guapo incluso recién levantado?
Es una pregunta retórica, claro. La respuesta es la genética, o más bien la antigua gracia de mi linaje, que me concedió un rostro con el que ningún escultor se atrevió a competir. Pero me gusta plantearla porque despierta en mí una profunda gratitud hacia mí mismo.
Abrí los ojos a las seis y cuarto de la tarde, como marca el reloj de mi alma, me quité el antifaz de seda con delicadeza, estiré los brazos dentro del ataúd de los lunes y pronuncié mis primeras palabras del día.
—Gaspard, dime la verdad.
—Estáis magnífico, mi señor —respondió el espejo desde la mesita de ébano, con la voz arrastrada de quien ha pasado la tarde en vela—. Aunque no puedo evitar mencionar una pequeña arruga de almohada en la mejilla izquierda. Es mínima. Casi encantadora.
—¿Una arruga?
—Una arruga diminuta. Del tamaño de una hormiga.
—Me da igual el tamaño. Es una arruga. Trae el ungüento.
—Ya viene Mortimer con él, mi señor. Y con malas noticias.
—¿Qué malas noticias?
—Que ha pasado algo esta mañana.
Me incorporé de golpe, con el cabello despeinado y el corazón, que no late, haciendo un amago de latido.
—¿Qué ha pasado? ¿Se ha escapado? ¿Se ha lanzado por la ventana? ¿Ha envenenado a Ruperto?
—Nada de eso, mi señor. Vino aquí a las siete de la mañana con una estaca.
El silencio que siguió fue tan largo que Gaspard tuvo tiempo de ajustarse las pestañas pintadas.
—¿Estuvo aquí? ¿En esta sala? ¿Mientras yo dormía?
—Abrió vuestro ataúd, mi señor. Levantó la tapa. Os miró durante un buen rato con una estaca en las manos.
—¿Y por qué sigo teniendo corazón, Gaspard?
—Porque no tenéis corazón, mi señor, lo cual es técnicamente un seguro de vida. Pero entiendo la pregunta. —El espejo bajó la voz—. No lo hizo. Os vio sonreír en sueños. Dijisteis su nombre. Y se asustó tanto que salió corriendo y casi se lleva el ataúd de los domingos por delante.
Me quedé mudo. Me llevé una mano al pecho, no al corazón, que no existe, sino al lugar donde antes estaba. Algo se calentaba allí dentro, algo que no era hambre ni orgullo ni ninguna otra emoción para la que tuviera nombre.
—Dije su nombre —repetí.
—Tres veces, mi señor. Y además hablasteis de fresno.
—Soy un hombre de muchos intereses.
—Sin duda, mi señor.
Mortimer apareció en ese momento, con los pasos inaudibles de siempre, con una bandeja de plata en las manos y la misma cara de duelo que gasta desde 1742. Sobre la bandeja había un frasco de ungüento de rosas, un pañuelo de seda color vino y un sobre sellado con cera negra.
—Buenas tardes, mi señor —dijo, inclinándose—. Lamento informarle de que ha amanecido.
—Anochecido, Mortimer.
—Eso. Es la costumbre del día.
—¿Has hablado con la señorita Black?
—Esta mañana desayunó seis tortitas en el jardín. Después se encerró en su torre y está mirando la reja de la ventana con una expresión muy poco halagüeña. Dice que esta noche cenará con usted, aunque con una condición.
—¿Cuál?
—Que no haya cubiertos de plata. Dice que son un riesgo para su integridad moral.
—Pero si los cubiertos son de plata maciza.
—Creo que ese es el problema, mi señor. Ella los considera un arma.
—Naturalmente que son un arma. Un cubierto bien lanzado puede atravesar un cuello. Pero también son elegantes.
—Eso mismo le dije yo, mi señor. No lo entendió.
Me levanté del ataúd con una elegancia sobrenatural, me dejé poner la bata de terciopelo por Mortimer, me senté ante el espejo de cuerpo entero y comencé el ritual sagrado de la preparación nocturna.
Debo explicarlo, porque la gente cree que ser un vampiro atractivo es fácil, y no lo es. Requiere disciplina. Primero, la limpieza del rostro con agua de rosas negras recogida al amanecer. Después, el ungüento, aplicado con movimientos circulares en sentido ascendente, que combate las arrugas de almohada. Luego, el peinado: ciento doce cepilladas con un cepillo de pelo de jabalí, seguidas de una gota de aceite de argán en las puntas, un toque de ceniza de laurel en las sienes y un mechón rebelde sobre la frente que no se debe ordenar jamás. Es un mechón rebelde natural, pero requiere una hora de trabajo para conseguir que parezca natural.
Mientras tanto, Gaspard recitaba los elogios de rigor.
—Os brilla el cabello como una noche sin luna, mi señor.
—Lo sé.
—Vuestra piel es de una palidez que humilla a las estatuas de mármol.
—También lo sé.
—Y vuestras cejas, mi señor... Esas cejas han cambiado el curso de la historia.
—Lo sé, Gaspard. Pero me gusta oírlo.
Después de la barba, que no me crece pero que me afeito por costumbre, vino la elección del pañuelo. Tengo cuarenta y siete, uno para cada situación. Ese día escogí el color vino con un nudo suelto en el cuello, el llamado nudo del seductor arrepentido, que combina con el chaleco negro y no oculta la línea de la clavícula. Me puse una camisa de seda blanca, desabrochada tres botones, un chaleco de terciopelo con botones de azabache, un pantalón de montar ajustado y las botas de cuero italiano. Por último, la capa. La capa negra con forro de seda roja, que ondea con una dignidad innata incluso cuando no hay viento.
Me contemplé en el espejo de cuerpo entero. El hombre que me devolvió la mirada era una obra de arte. Un monumento al buen gusto. Una promesa de seducción.
—Estoy espléndido —dije, con un suspiro de satisfacción.
—Estáis insuperable, mi señor.
—¿Crees que le gustaré a Sylvie?
—Creo que querrá mataros, mi señor.
—Eso ya lo sé. Pero ¿crees que le gustaré?
Gaspard titubeó. Sus pestañas pintadas se movieron con una duda inusual.
—Creo, mi señor, que le gustáis mucho más de lo que ella cree. Y que por eso está tan enfadada.