Sylvie.
Hay momentos en la vida de una cazadora en los que hay que tomar decisiones rápidas. Atacar o huir. Estacar o rezar. Tirarle la sopa a un vampiro o tirársela a un gnomo cartero.
Yo, que no tengo término medio, le tiré la sopa a Lucien.
—¡Ay! —gritó él, con la cara chorreando caldo de cebolla, el gorro de dormir hecho una pasa y una zanahoria colgándole de la ceja—. ¿Y esto por qué?
—¡Por el queso!
—¡No te he hecho nada con el queso!
—¡Alguien tiene a mis padres secuestrados por tu queso! ¡Exijo una explicación completa, desde el principio, sin adornos y sin tocarte el pelo!
Lucien abrió la boca, la cerró, se pasó la mano por el cabello pegajoso y la retiró con un gesto de dolor interior. Gaspard, desde su bolsillo, susurró que era un acto de heroísmo no peinarse en una crisis.
—Está bien —dijo por fin, con un suspiro de hombre acorralado—. Te cuento la historia del queso. Pero te advierto que no me deja en muy buen lugar.
—Ya me imagino.
—En 1923, en una taberna de Marsella, jugué una partida de cartas contra el abuelo de Vladimiro Gorgonzola. Un hombre repugnante, con las uñas sucias y un bigote que goteaba. Apostamos algo de dinero, una espada, una mula y, por último, para igualar, él puso encima de la mesa una rueda de queso gorgonzola de cuarenta kilos que, según decía, llevaba en la familia desde el siglo catorce.
—¿Y ganaste?
—Con un trío de ases. Se lo he echado en cara a Vladimiro cada vez que lo veo.
—¿Y dónde está el queso ahora?
Lucien se quedó callado. Sus ojos plateados se desviaron hacia el vestíbulo, que se veía por la puerta abierta del comedor. Seguí su mirada. Junto a la entrada principal, apoyada contra la pared, había una enorme rueda amarillenta, moteada de verde, de la altura de una rueda de carro, que mantenía abierta la puerta de la calle.
Me llevé la mano a la nariz.
—No me digas que es eso.
—Es un queso de gran valor histórico —aclaró Lucien, ofendido—. Y también un tope de puertas excelente. Lleva ahí cien años. Con el tiempo ha adquirido un carácter muy propio.
—Huele a calcetín de gigante.
—Es una fragancia compleja.
—¡Por eso te lo reclaman, idiota! ¡Es una reliquia familiar!
—Es una reliquia que yo gané limpiamente. Con un trío de ases. —Hizo una pausa y añadió con una vocecita—. Aunque quizás, quizás, en mi mano había un as de más. No digo que lo hiciera. Digo que no lo descarto.
Cerré los ojos y conté hasta diez. Después conté hasta veinte. Después me di cuenta de que mi madre me había enseñado ese truco para no convertir en sapo al cartero, y que el cartero, un gnomo de metro veinte con casco de piloto, seguía sentado en un charco de sopa mirándome con ojos aterrorizados.
—No me haga nada —suplicó—. Soy padre de familia.
—No voy a hacerte nada.
—Tengo siete gnomitos.
—Tranquilo.
—Y una hipoteca.
—Mortimer, dale al señor un trapo y una sopa nueva.
—Una sopa común, señorita —aclaró Mortimer, que había recuperado la compostura y la peluca—. La de la sinceridad se ha agotado.
—Mejor así.
Me volví hacia Lucien. Él me miraba con una expresión que me costó descifrar. Estaba pálido, sucio de sopa y con los ojos muy grandes, y no tenía nada que ver con el vampiro presumido de los retratos. Era un hombre asustado, que intentaba parecer sereno y fallaba estrepitosamente.
—Sylvie, yo lo voy a arreglar —dijo.
—No hace falta que lo arregles tú. Lo arreglo yo. Es mi familia.
—Es mi queso.
—¡Qué importa tu queso!
—Tienes razón. Es una discusión secundaria. —Se enderezó, se sacudió la zanahoria de la ceja y se subió el cuello de la bata con una dignidad lastimosa—. Madame Griselda, ¿cuánto falta para el amanecer?
—Diez horas, más o menos.
—¿Y cuánto se tarda en llegar a la fortaleza de Vladimiro?
—Con escoba, tres horas. Con carruaje, seis. Con Ruperto, once.
—¡Eso es calumnia! —gritó la armadura desde el suelo, con la cabeza metida en un cuenco.
—Es estadística, querido.
—Pues vamos en carruaje —decidió Lucien—. Mortimer, que Bartolomeo prepare los caballos de sombra. Baltasar, tú te quedas aquí a vigilar el castillo.
—¡Ni hablar! —saltó el candelabro, balanceándose en su cable—. ¡Yo voy! ¡Hace doscientos años que no salgo de casa! ¡Quiero ver mundo!
—Eres un candelabro, Baltasar.
—Soy un candelabro con ambiciones.
—¡Yo también voy! —proclamó Ruperto, que acababa de sacar la cabeza del cuenco y había enderezado el penacho—. ¡Por el honor y el camello!
—¡No hubo camello! —le recordó Baltasar.
—¡Por el honor y el cocodrilo!
—Qué lástima. Perdió fuerza.
—¡Y yo! —añadió una voz de madera, desde la puerta del comedor. Todos nos volvimos. En el umbral, con las bisagras temblando de emoción, estaba Eufrasia, que se había soltado del marco por sí sola y se sostenía a duras penas sobre dos patas de silla—. ¡Yo también voy! ¡Estoy harta de abrirme y cerrarme! ¡Quiero aventuras!
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —pregunté.
—Corriendo. Aunque creo que me he dislocado un gozne.
Lucien se tapó los ojos con la mano, derrotado.
—Está bien. Que vengan todos. Pero nadie se mueve sin mi permiso, nadie habla sin mi permiso y nadie se pone delante de mí con un hacha.
—¡Entendido, mi señor! —dijo Ruperto, y se puso delante de él con un hacha.
Salimos del castillo a las nueve de la noche, en una procesión que habría hecho llorar de risa a un director de circo.
El carruaje negro, lacado, con adornos de plata y cortinas de terciopelo granate, esperaba en el patio, tirado por dos caballos hechos de sombra pura que relinchaban sin hacer ruido. En el asiento del cochero, con su sombrero de copa, sus dos metros de huesos y una expresión de martirio, esperaba Bartolomeo.
—Me duele la rótula —informó cuando nos acercamos.
—Lo sé, Bartolomeo.