Un vampiro suelto en Brooklyn.

Capítulo 26: Estrategia.

Lucien.

Existen tres grandes tratados sobre el arte de la guerra: el de Sun Tzu, el de Clausewitz y el mío, que escribí en 1791 durante una tormenta y que consta de un único consejo: nunca ataques con el pelo mal puesto.

Lo menciono porque, a las tres de la tarde, con nueve horas por delante, mil funcionarios en camino y medio medallón colgándome del cuello, tuve que traicionar por primera vez mi propia doctrina.

—Mi señor —dijo Mortimer, en el umbral de la biblioteca, con un peine de marfil en una mano y un frasco de aceite de argán en la otra—. Sé que juró no peinarse hasta el amanecer. Pero la campaña exige imagen.

—Presenté un recurso despeinado, Mortimer. Fue un sacrificio histórico.

—Y se desestimó. De modo que el sacrificio, si me permite, ha caducado.

Miré a Gaspard, que asomaba del bolsillo del mantel con los ojos pintados llenos de esperanza.

—Dime la verdad.

—Mi señor, el despeinado le da un aire de héroe romántico. Pero un héroe romántico con mil enemigos delante necesita al menos un flequillo dirigido.

—¿Dirigido hacia dónde?

—Hacia la victoria.

Cedí. Mortimer me peinó con una destreza de cirujano, domando el desastre sin borrarlo, hasta dejarme un desorden elegante, intencionado, con un mechón rebelde cayéndome sobre la frente como una bandera que no se ha rendido. Cuando me volví hacia la sala, Sylvie, sentada en el borde de una mesa a tres metros exactos, levantó la vista de la estaca que afilaba, me miró dos segundos y dijo sin ninguna entonación:

—Está bien.

—¿Solo bien?

—Está bien para una guerra.

—¿Y para otra cosa?

—Para otra cosa ya veremos.

Se puso a afilar con una energía sospechosa, y yo tuve que sentarme.

El consejo de guerra se celebró en torno a la mesa central de la biblioteca, que Eufrasia había recompuesto tendiéndose sobre dos cajas de libros. Asistían todos. Mis suegros políticos, que seguían sin que nadie les hubiera preguntado si lo eran. Griselda, con su caldero. Draven, con las alas plegadas y la taza de té. La reina Isolda, flotando a un palmo del suelo, más tenue que por la mañana, con los contornos temblándole como una llama en un pasillo. Bartolomé con la libreta, Ruperto con el salchichón, Baltasar con las velas encendidas, Gregorio y Hugo con una bandeja de croissants y la Condesa Marchita con su punto, que dijo asistir en calidad de observadora.

—Caballeros, señoras, y señores con alas —empecé—. Nos enfrentamos al ejército más aburrido de la historia.

—Eso es lo peligroso —dijo Draven—. Un ejército que no se cansa de rellenar formularios no se cansa de nada.

—¿Cuántos son?

—Mil doscientos. Oficiales de ventanilla, ujieres, notarios, un cuerpo de archiveros de choque y un batallón de sellos con patas.

—¿Con patas?

—Los crían en una oficina de Bruselas.

Hubo un silencio de respeto. Bartolomé extendió sobre la mesa un mapa del castillo dibujado con una pulcritud de arquitecto y varias manchas de mantequilla, y empezó a señalar con el lápiz.

—Tenemos tres puntos débiles. El primero es la burocracia. Todo trámite depende de una forma. Si le oponemos una forma mejor, el enemigo queda atrapado.

—¿Una forma mejor? —preguntó Marguerite.

—Un Formulario de Oposición en Triplicado, con anexo, tasas y sello de agua. Lo he redactado esta tarde. Tiene cuarenta y una páginas y un apartado sin gluten.

—¿Para qué el apartado sin gluten?

—Para despistar.

—Brillante —murmuré.

—El segundo punto débil son los sellos —continuó—. Tienen tinta. Y la tinta, como todo líquido, tiene un enemigo natural.

—El agua —dijo Edmund.

—El disolvente —corrigió Marguerite, sacando un frasco verde con un orgullo de bruja—. Poción de Tinta Corrida. Receta de mi tía abuela, que fue correctora de pruebas. Una gota y cualquier sello se convierte en una mancha informe.

—Tenemos cuarenta frascos —añadió mi suegro, abriendo su cesta—. Y unos calcetines en reserva por si acaso.

—¿Y el tercer punto débil? —preguntó Sylvie, sin levantar la vista de la estaca.

Bartolomé se aclaró la garganta, cerró la libreta y miró a Griselda. Todos hicimos lo mismo, con una lentitud de coro griego. La bruja, que removía el caldero con un empeño sospechoso, levantó la vista.

—No —dijo.

—Griselda —empecé.

—No, no y no.

—El nombre completo, en presencia del Canciller, rompe su ocultación —dijo Isolda, con suavidad—. Y él no puede ignorar a la única persona que lo llamó por su nombre sin apellido de oficina durante treinta años.

—Me dejó plantada.

—Lo sé.

—Con la tarta.

—También lo sé.

—Es un asunto personal.

—Lo ha sido siempre —dijo Isolda, con una sonrisa triste—. Los asuntos de Estado casi siempre lo son.

Griselda dejó la cuchara sobre el borde del caldero, se alisó el delantal, respiró hondo y asintió despacio, con los ojos brillantes y la barbilla temblando.

—Está bien. Lo diré. Pero que conste que si se echa a llorar, me voy.

—Constará —prometió Bartolomé, y lo apuntó.

Hasta las ocho de la tarde, el castillo se convirtió en un taller de guerra con una organización que habría emocionado a un general prusiano y espantado a un inspector de trabajo.

Ruperto instruía al Regimiento de Sombrillas, es decir, a los seis renegados reconvertidos, que formaban en fila con las sombrillas cerradas y el ceño solemne, bajo las órdenes de una armadura con un salchichón en el casco. Gregorio y Hugo horneaban croissants en el horno de la cocina, que según Mortimer no se había usado desde la Revolución Francesa, y los iban apilando en cestas como munición, porque Bartolomé había descubierto en un tratado que un croissant duro lanzado con efecto desorienta a un funcionario durante tres minutos. Baltasar, colgado del techo del patio, ensayaba los destellos de aviso, uno para infantería, dos para caballería y tres para tarta.




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