Lucien.
Existen interrupciones elegantes y existen interrupciones como la de aquella mujer.
Yo había ensayado durante cuarenta minutos, frente a un espejo que me corregía la puntuación, la frase más importante de mi eternidad. Faltaban once minutos para el amanecer. Sylvie Black, con un vestido tejido a mano y un velo de sombrilla, estaba a punto de pronunciar una sola palabra, y esa palabra, de ser la que yo deseaba, me convertiría en el hombre más feliz y más desconcertado de la historia de los vampiros.
Entonces una voz de ultratumba hizo temblar los vitrales.
—¡ALTO! ¡ESTA BODA ES NULA!
Todas las cabezas se giraron hacia el fondo de la biblioteca. Fue un giro coral, sincronizado, que habría merecido un aplauso en cualquier teatro de provincias. Las puertas dobles, que Eufrasia había cerrado con cariño, salieron despedidas de sus goznes con un estampido y cayeron planas sobre la alfombra. Eufrasia, que aún conservaba un ojo abierto en el pomo, soltó un gemido.
—¡Me han abierto sin cita!
En el umbral, recortada contra la luz gris del pasillo, había una mujer.
Debo describirla con respeto, porque es lo que ella exige. Era alta, ancha, majestuosa, con una nariz aguileña capaz de cortar el queso de Vladimiro y unos hombros tan imponentes que el abrigo de pieles que llevaba encima parecía quedarle justo. Se cubría la cabeza con un turbante violeta del que sobresalía un penacho de plumas de avestruz. Del cuello le colgaban unos prismáticos de ópera, dos collares de perlas gordas como huevos de codorniz y una bolsa de mano de cocodrilo auténtico, con un cierre de oro. Llevaba la boca pintada de carmín negro y, cuando la abrió para volver a gritar, exhibió dos colmillos de un tamaño tan notable que Fernando dejó de mover las patas.
—¡HE DICHO QUE ESTA BODA ES NULA! ¡Y QUE ME TRAIGAN UNA SILLA, QUE VENGO DEL BALNEARIO DE LAS TIERRAS FRÍAS Y ME HE DEJADO LAS RODILLAS EN EL TREN!
Un silencio de iglesia envolvió la biblioteca. El rey Casimiro, sentado en primera fila con la capa de armiño sobre las rodillas, se fue encogiendo despacio, centímetro a centímetro, hasta ocultarse tras el respaldo de la silla con la solemnidad de un cangrejo ermitaño.
—Úrsula —murmuró.
—¡CASIMIRO!
—Creí que estabas en el balneario.
—¡Y ESTABA! ¡HASTA QUE ME LLEGÓ UNA NOTIFICACIÓN, POR PALOMA, CON ACUSE DE RECIBO, DICIENDO QUE MI MARIDO ESTABA JUBILADO! ¡VEINTITRÉS AÑOS DE BARRO CALIENTE Y NI UNA CARTA!
—Pensé que me habías dejado.
—¡TE DEJÉ EN EL TRONO, IMBÉCIL, Y TE ENCONTRARON EN UN CAJÓN!
—Fue un malentendido administrativo.
—¡Todo contigo es administrativo!
Cruzó el pasillo central con zancadas de guerrera, arrastrando una cola de abrigo que barrió los pétalos de rosa negra, derribó un candelabro y se llevó por delante a media fila de renegados reconvertidos. Los seis de las sombrillas se pegaron a las sillas con los ositos apretados contra el pecho. Hermenegildo murmuró algo sobre un tsunami. La mujer llegó al altar, se plantó frente a nosotros con los brazos en jarras y barrió la escena con sus ojos de águila: el arco de rosas, el libro negro, el funcionario con corbata, la bruja con sombrero torcido, el ácaro con el cojín y, por último, a mí.
—¿Y este quién es?
—Lucien Moreau, señora —dije, con una reverencia que me salió sola.
—¿El del cisne?
Se me heló la sangre, que ya es una hazaña en un cuerpo sin riego.
—¿Perdón?
—Lo vi en una revista. En el balneario. Había un reportaje de coleccionistas, y salía usted en una galería con cuarenta y tres retratos. En uno estaba con un cisne. —Alzó una ceja—. Muy mal compuesto, por cierto. El cisne le robaba protagonismo.
—Eso mismo digo yo —murmuró Gaspard, desde mi bolsillo.
—¡Calla, espejo!
—Perdón.
—Abuela —dijo Sylvie, con una voz que le salió de la garganta como un hilo.
La mujer se volvió despacio. La mirada de águila se posó sobre mi futura esposa, y por un instante, un instante largo y casi físico, la sala entera contuvo el aliento. Vi cómo las pestañas de aquella reina de turbante temblaban. Vi cómo apretaba los labios. Y vi cómo, sin avisar, una lágrima negra de rímel le resbalaba por la mejilla.
—Ven aquí, niña —dijo, con una voz de pronto muy baja.
Sylvie dio un paso. Dos. Se encontró entre aquellos brazos de piel y perlas con un golpe seco que levantó una nube de polvos de arroz. Úrsula la estrechó con una fuerza que me hizo temer por sus costillas, la meció de un lado a otro, le besó el pelo y las mejillas y los colmillos, mientras murmuraba cosas en una lengua antigua que no logré traducir y que sonaban a canción de cuna con acento de portera.
—Mi niña. Mi nietecita. Qué alta estás. Qué delgada. ¿No te dan de comer? Ese pelo es de tu abuelo. Esos dientes, míos. El genio, de tu madre.
—Abuela, vas a aplastarme.
—Es que me hace falta.
—Lo sé.
—Veintitrés años sin verte.
—Yo no sabía que existías.
—Qué falta de tacto la del destino.
Se separaron con un hipido. Úrsula sacó de la bolsa un pañuelo del tamaño de una sábana y se sonó con un trompetazo. Casimiro, desde su silla, murmuró algo que sonó a «qué escena tan bonita» y recibió un golpe de bolso en la nuca.
—Y ahora —dijo la reina, recuperando el tono de general— voy a explicar por qué esta boda es nula.
—Abuela —dijo Sylvie.
—No me interrumpas, niña. Ley de Anclajes de 1503, artículo siete, apartado de la rama materna. Dice textualmente: Todo matrimonio de heredera de la Casa Drácula requerirá el consentimiento, expreso o tácito, de la abuela materna superviviente, previa inspección física del pretendiente.
—Es mi abuela paterna —señaló Sylvie.
—Es la madre de tu madre. Isolda es mi hija.
—Entonces es la materna.
—Eso he dicho.
—Perdona.
—No hay de qué. —Se volvió hacia el Archivista, que se había asomado por encima del atril con las gafas empañadas—. Archivista. Lee el artículo siete.