Sylvie.
Mi madre dice que una mujer debe afrontar las grandes batallas de la vida con el estómago lleno, los zapatos cómodos y el moño bien sujeto. Yo afronté la mía con un croissant en cada bolsillo, las botas desatadas y un pañuelo burdeos en el pelo que no era mío.
Habíamos bajado al patio a las once y media. Allí nos esperaba una escena que mi cabeza se negaba a archivar. Las murallas estaban cubiertas de velas encendidas por Baltasar, que giraba sobre su cadena con la llama azul al máximo, como un faro con complejo de verbena. Fernando, el ácaro, ocupaba el centro con su silla de montar de cortinas, mordisqueando con desgana un cinturón que le tejía la Condesa Marchita. Ruperto formaba al Regimiento de Sombrillas en tres filas de dos, con las sombrillas cerradas sobre el hombro y una cara de solemnidad que a los renegados les salía de maravilla, porque llevaban siglos ensayándola.
Y colgados de la pared maestra, entre dos antorchas, brillaban Anselmo y Gaspard, con sus marcos bruñidos y las placas de bronce recién clavadas.
—Los sellos que nos lancen rebotarán —me explicó Anselmo, con voz de general—. Tengo un ángulo de incidencia perfecto.
—Y yo hago de refuerzo —añadió Gaspard—. Aunque desde aquí solo veo la nariz de Mortimer.
—Es una buena nariz —dijo Mortimer, desde abajo, con dignidad.
Me coloqué en mi puesto, al pie de la escalera izquierda. Lucien ocupó el suyo, al pie de la escalera derecha. Entre nosotros, a tres metros exactos, el aire vibraba apenas, como el calor sobre el asfalto en agosto. Él me miró. Yo le miré. Fue un mirar cortísimo, de dos segundos, pero Gaspard lo anotó con la hora.
—Guarda tu flanco izquierdo —dije.
—Guarda el tuyo derecho.
—Y no te eches a perder el pelo.
—Descuida. Lo llevo dirigido.
Entonces las puertas del castillo crujieron, y una voz de oficina, aguda, cansada y educadísima, resonó al otro lado.
—Buenas noches. ¿Hay alguien en ventanilla?
Eufrasia, que vigilaba el portón con un cartel de TOME NÚMERO colgado del pomo, soltó un chillido de emoción.
—¡Aquí! ¡Pase! ¡Tome número, por favor!
—¿Número?
—Está en la máquina de al lado. Es la del sombrero.
Del otro lado se oyó un trasteo, un tintineo de papelitos, un murmullo de monedas. Y el portón se abrió despacio, con un quejido que me erizó la nuca, mostrando una procesión interminable de siluetas grises. Bombines. Maletines. Sombrillas negras. Mil doscientos funcionarios en formación perfecta, con las corbatas en el mismo nudo y la misma expresión de quien lleva diez años esperando que le suban el sueldo.
Al frente avanzaba una carroza gris tirada por seis caballos grises. Sobre el pescante, con las riendas en una mano y una caja blanca atada con cinta rosa en la otra, venía el Canciller. Se bajó con una elegancia de ujier, se ajustó el bombín y mostró, con dos dedos, un papelito de la máquina.
—Número mil ciento ochenta y cuatro —dijo—. Me temo que hay cola.
—No pasa nada —respondió Eufrasia, tiesa como una vara—. Tiene usted preferencia por llegar con tarta.
—Qué amable.
Cruzó el patio con pasos cortos y exactos, con la caja blanca entre las manos, y se detuvo a diez metros de nosotros. Su ejército se desplegó detrás, en abanico, con un crujido de zapatos de suela fina. Le seguía una tropa de sellos con patas, de cuarenta centímetros de alto, patas de goma y mirada de burócrata, que trotaban en fila india llevando cada uno un sello distinto: ARCHIVADO, DENEGADO, FALTA FIRMA, PASE POR VENTANILLA.
—Son muy monos —susurró mi madre, a mi espalda—. Qué pena que sean enemigos.
—Mamá.
—Perdona, cielo. Es que son tan redonditos.
El Canciller levantó la caja con las dos manos.
—Señores —dijo—. Vengo a ejecutar una resolución definitiva. Pero antes quisiera hacer un gesto de cortesía.
Desató la cinta rosa. Levantó la tapa. Y todos, incluso los renegados, incluso Fernando, nos quedamos mirando.
Era una tarta de boda. De tres pisos. Con merengue blanco, rosas de azúcar, dos figuritas de novios en lo alto y una inscripción en glaseado azul que decía, con una caligrafía temblorosa: Perdóname, Griselda.
Se oyó un golpe seco detrás de mí. Era el caldero, que se había caído de las manos de la bruja y rodaba por el suelo derramando sopa de ortigas.
—Treinta años ensayándola —dijo el Canciller, con una voz que ya no sonaba a oficina—. Dos meses para el glaseado. Le puse almendra, que sé que te gusta.
—No es verdad —dijo Griselda, con un hilo de voz.
—Sí lo es. Llevas trescientos años pidiéndola.
—Pedía una tarta. No una disculpa.
—Pues van juntas. En el segundo piso hay un relleno de crema.
La bruja se llevó las dos manos a la boca. Los ojos le brillaban como cuentas de azabache. Dio un paso hacia él, con las enaguas de barro, el sombrero de punta caído, la barbilla temblando, y yo contuve la respiración. Por un momento pensé que se le iba a echar al cuello.
—Gaudencio —susurró.
—Dime.
—Eres un cretino.
—Lo sé.
—Y me debes tres siglos de cenas.
—Los pagaré a plazos.
—¡Y no pienso perdonarte hasta que me expliques por qué mataste al rey!
—Ah —dijo el Canciller, y cerró la caja con un golpecito seco—. Eso ya es otro trámite.
Dejó la tarta sobre una silla, se enderezó el bombín y chasqueó los dedos. El patio entero estalló.
Los sellos con patas se lanzaron al ataque como una marea de cucarachas de oficina. Cuarenta, cincuenta, cien, doscientos, rodando, saltando, estampándose contra el suelo con un repiqueteo de goma y tinta que me puso los pelos de punta. El primero me alcanzó el tobillo. Sentí un pinchazo frío y vi, con espanto, cómo en la bota me aparecía un letrero que decía PENDIENTE DE ESTUDIO.
—¡Fuego! —gritó Bartolomé desde una barrica, con la libreta en alto.
Marguerite y Edmund sacaron a la vez una docena de frascos verdes y los lanzaron con la sincronía de dos gimnastas olímpicos. Estallaron a ras de suelo con un chasquido sordo y una nube de vapor con olor a disolvente, y los sellos que se encontraban en el radio de acción empezaron a gemir, a hincharse, a derramar manchas azules y negras que se mezclaban en charcos informes.