Un vampiro suelto en Brooklyn.

Capítulo 38: Gris.

Lucien.

En trescientos doce años he asistido a cuatrocientas votaciones, tres revoluciones y una elección de Miss Carnaval en la corte de Borgoña, y puedo asegurar que nunca hubo un silencio como el que cayó sobre aquel patio cuando una anciana con moño de acero levantó un pañuelo negro y su hijo, a un metro escaso, levantó uno blanco.

Treinta y seis Casas contuvieron el aliento. Los abanicos se detuvieron en el aire. El cuarteto de Von Trapp dejó de afinar. Fernando, el ácaro, que llevaba un rato chupando una pastilla de jabón con aire filosófico, la escupió sobre el empedrado con un ruido que sonó a trueno.

—Voto dividido —susurró el Archivista, pálido como una página nueva—. La Casa Gris vota a favor y en contra a la vez.

—Eso no está permitido —dijo alguien.

—No consta que esté prohibido —dijo otro.

—Está en un limbo reglamentario —murmuró Bartolomé, que había sacado la libreta y anotaba con el lápiz entre los dientes.

—Hay que consultar el artículo cuarenta y siete —dijo el Archivista, y abrió el tomo negro con manos temblorosas.

—No hay artículo cuarenta y siete —dijo Doña Perpetua, sin bajar el pañuelo—. Lo he leído quinientas veces. Salta del cuarenta y seis al cuarenta y ocho.

—Lo añadí yo esta mañana —confesó Gaudencio, con un hilo de voz.

—¿Tú?

—Con tasas reducidas.

—¿Y qué dice?

—Que en caso de empate, decide el que tenga la voz más baja.

—¡Eso es absurdo!

—Ya lo sé. Pero tú y yo tenemos exactamente la misma.

Doña Perpetua abrió la boca. La cerró. Una mueca extraña le cruzó la cara, una mueca de funcionaria que acaba de ver cómo su propia obra se vuelve contra ella, y por un momento pensé que iba a lanzar un sello. Pero lo que hizo fue algo mucho más inesperado: dejó caer los hombros, bajó el brazo con el pañuelo negro, y se quedó mirando a su hijo con los ojos muy abiertos y muy húmedos.

—Gaudencio —dijo.

—Madre.

—Te he criado en un mostrador.

—Lo sé.

—Te he enseñado a archivar, a numerar, a sellar y a no sentir.

—Lo sé.

—Y me dices que prefieres el apellido de una bruja con las enaguas llenas de barro.

—Sí, madre.

—¿Por qué?

—Porque me hace una tarta que sabe a almendra.

Se hizo un silencio sublime. Doña Perpetua soltó un sollozo, uno solo, seco, como el crujido de un cajón que se atasca. Se llevó el pañuelo negro a la cara, el número treinta, el de luto, que le había dado yo hacía veinte minutos con el corazón en un puño, y se sonó con un trompetazo que hizo ladrar a Fernando.

—Madre... —murmuró Gaudencio.

—No me hables. Estoy llorando por motivos administrativos.

—Claro.

—Es un asunto de legajos.

—Por supuesto.

Lloró un rato. Fue un llanto breve, ordenado, de señora que no ha llorado desde la caída de un imperio. Y entonces ocurrió algo que ninguno de nosotros previó, ni Bartolomé en su libreta, ni el Archivista en su tomo, ni yo, que me creía bastante informado sobre los efectos secundarios de mi propio guardarropa.

El pañuelo cambió de color.

Empezó por un borde. Una mancha clara, grisácea, que fue extendiéndose por la seda negra como una nube de tormenta que se va despejando. Las lágrimas de Doña Perpetua, mezcladas con los restos de poción de Tinta Corrida que había salpicado el patio en la batalla de los sellos, habían desatado una reacción lenta, silenciosa, inexorable. El negro se aclaraba. Se difuminaba. Se desteñía en hilos pálidos, y en cuestión de segundos, bajo la mirada atónita de treinta y seis Casas, el pañuelo número treinta de la colección Moreau, el de las grandes pérdidas, se volvió de un gris perfecto. Un gris sedoso. Un gris de oficina. El gris exacto de un jueves por la tarde.

—Señora —dijo el Archivista, con la voz rota—. Su pañuelo.

—¿Qué le pasa?

—Es gris.

—¿Gris?

—De un gris impecable.

Doña Perpetua lo miró. Lo sostuvo ante sus ojos con dos dedos, como quien examina una prueba ante un tribunal, y se le contrajo la cara en un gesto que, estoy seguro, no había hecho en mil quinientos años: una sonrisa. Una sonrisa pequeña, torcida, avergonzada, de abuela a la que acaban de pillar con la mano en el tarro de las galletas.

—Es nuestro color —murmuró.

—Lo es.

—Es el color de la Casa.

—Lo sé.

—Y según el Reglamento de Votaciones, año 1341, artículo doce... —Tragó saliva—. El pañuelo gris significa abstención con simpatía.

—¿Abstención con simpatía? —repitió Bartolomé, entusiasmado.

—Es una categoría muy antigua. Se usaba para los votos de los familiares cuando el pariente votado era imbécil, pero querido.

—Qué conmovedor —sollozó Mortimer.

—Es un trámite.

—Es el trámite más bonito que he visto.

—Cállese, mayordomo.

—Callado, señora.

El Archivista, con los ojos desbordados y las gafas empañadas, levantó la pluma con las dos patas, anotó una cifra, la subrayó tres veces y proclamó con una voz que retumbó en las murallas:

—Resultado final de la votación. Dieciocho votos a favor. Diecisiete en contra. Una abstención con simpatía. Queda confirmada la legitimidad de la Soberana de la Casa Drácula.

El patio estalló.

No fue una ovación. Fue un derrumbe. Un alud de gritos, abrazos, bastonazos, abanicos agitados y violines desbocados que subió hacia el cielo como una bandada de palomas. El cuarteto de Von Trapp rompió a tocar una melodía alegre, de las de bailar en un prado, y los cuatro hermanos, con sus trajes de marinero, empezaron a girar sobre sí mismos con los instrumentos al aire. La Duquesa de Ravenscroft arrojó su tiara de hielo por los aires, y alguien tuvo que apartarse para que no le diera en la cabeza. El patriarca Dragomir repartía queso a manos llenas, con lágrimas en la barba. Ruperto, con el salchichón en alto, gritaba que era el voto decisivo, aunque nadie lo desmintió. Úrsula se sonaba con tal estruendo que levantó una nube de polvos de arroz. Mi suegro Ambrosio, en pijama, bailaba una jota con una dama de Valdemar y mi suegra, la humana, aplaudía con un frasco en cada mano, sin soltar el moño.




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