Un vampiro suelto en Brooklyn.

Capítulo 16: Beso.

Lucien.

Hay besos que se recuerdan por su ternura, otros por su pasión y otros por su duración. El mío se recordará por su humedad.

Debo ser justo con la cronología. Sylvie cerró los ojos, apretó los labios y los posó sobre lo que, en ese momento, era mi boca: una línea ancha, fría y viscosa que iba de una oreja a la otra y que en cualquier otra circunstancia habría considerado un insulto a mi mandíbula. Durante un segundo no pasó nada. Un segundo largo, absurdo, de esos en que el universo parece hacer una pausa para escoger una melodía.

Lo que sentí a continuación, en orden, fue lo siguiente. Primero, el aroma de su piel, lavanda, humo y un fondo de ajo que me pareció el perfume más exquisito de la creación. Segundo, el calor de su respiración, que me erizó cada verruga. Tercero, un tirón en el centro del pecho, ese sitio donde no tengo nada, como si alguien hubiera enganchado un hilo en mis costillas y tirara de él hacia arriba con muchísima delicadeza.

Y cuarto, una explosión de luz verde que llenó el carruaje de humo, de chispas y de un olor a pantano recién fregado.

—¡Cuidado con las cortinas! —gritó Eufrasia.

—¡Que alguien abra una ventana! —gritó Baltasar desde el techo.

—¡Yo no veo nada! —gritó Ruperto, que no tenía motivo para ver nada.

Mi cuerpo creció. Describirlo con exactitud es difícil. Imaginad un fuelle que se hincha, un globo que se infla, una hogaza de pan que sube en un horno. Las patitas se me alargaron. La barriga se me hundió. La lengua de tamaño absurdo se convirtió en una lengua normal, que fue lo primero que agradecí, y la piel verde se fue volviendo pálida, lisa y deliciosamente seca. En cuestión de tres segundos pasé de siete centímetros a un metro ochenta y cinco, en un carruaje pensado para cuatro personas, con ocho a bordo, y debo decir que la logística no estuvo a la altura.

Me incorporé de golpe. Me di con la cabeza en el techo. Sentí un bulto instantáneo y una oleada de aire frío por todas partes, y comprendí con el espanto de un hombre que despierta en mitad de una ópera que mi ropa había quedado en un calabozo, tres kilómetros atrás, en forma de montón arrugado.

Estaba sentado en el regazo de Sylvie Black. Desnudo. Con los ojos abiertos de par en par. Y con un pañuelo de seda color burdeos, el que ella se había anudado al cuello sin darse cuenta, como único complemento de vestuario.

Hubo un silencio.

Fue un silencio muy particular. Duró apenas un segundo y medio, pero tuvo tiempo de albergar muchas cosas: el crujido de las ruedas sobre la grava, el goteo de una cortina chamuscada, el estertor de Bartolomeo en el pescante, que se quejaba de la tibia, y los ojos de seis personas, un espejo y una puerta, fijos en mí con una variedad de expresiones que no puedo olvidar.

Después, todos gritaron a la vez.

—¡AAAAAAAAH! —gritó Marguerite, y se llevó las manos a la cara, aunque dejó una rendija entre los dedos.

—¡MIS OJOS! —gritó Edmund, y se tapó con un calcetín, que le quedó corto.

—¡Hay un caballero desnudo! —gritó Baltasar, asomándose por la ventanilla del techo, colgado de la cadena como un murciélago de cristal.

—¡Un caballero! —chilló Ruperto, que no veía nada—. ¡Dónde! ¡Qué honor!

—Para la ciencia —dijo Bartolomé, apuntando en su libreta con una expresión de absoluta profesionalidad—, esto es de gran valor documental.

—¡LUCIEN! —gritó Sylvie, y creo que pudo haber gritado cualquier otra cosa, pero era mi nombre lo que le salía, lo cual, por una vez, no me importó.

Me quedé inmóvil. Sé que un caballero debe mantener la compostura incluso en circunstancias adversas, y que lo correcto en un momento así es hacer una reverencia, pronunciar una frase ingeniosa y retirarse con la barbilla en alto. Pero el techo estaba muy bajo, el asiento muy estrecho, las piernas de Sylvie muy cálidas y la situación, en términos generales, muy poco propicia para la elegancia.

—Buenas noches —dije, con una voz que no era la mía—. O buenos días. No sé a qué hora estamos.

—¡Tápate! —gritó Sylvie, con las mejillas del color de una amapola.

—Con mucho gusto. ¿Con qué?

—¡Con lo que sea!

—¡Esto me parece una situación muy poco higiénica! —exclamó Marguerite, que ahora miraba abiertamente entre los dedos—. ¡Un vampiro en cueros sobre mi hija! ¡Edmund, haz algo!

—¡Estoy haciendo algo! —sollozó Edmund—. ¡No miro!

—¡No es suficiente!

—¡Pues miro menos!

Griselda, que se había limitado a observar con una sonrisa de oreja a oreja, se desabrochó con parsimonia el delantal que decía La Bruja Que Cocina Mejor Que Tú y me lo lanzó con una puntería de lanzadora olímpica. Lo cogí al vuelo, me lo coloqué alrededor de la cintura con las dos manos y lo anudé por detrás con el mayor decoro posible.

El delantal era pequeño. Muy pequeño. Me llegaba a media pierna y tenía, bordada en el centro con hilo rosa, una frase que me ha acompañado hasta hoy como una marca de fuego: Besos de la abuela.

—Una prenda muy apropiada —comentó Bartolomé, sin levantar la vista de su libreta.

—Gracias —murmuré.

—¡Mi señor! —sollozó Gaspard, desde el suelo, con el marco empapado en lágrimas—. ¡Habéis vuelto! ¡Estáis entero! ¡Estáis de una pieza! ¡Estáis...! —Se detuvo, miró hacia arriba con unos ojos pintados que se abrieron más de lo que nunca se habían abierto, y soltó un suspiro de admiración—. Estáis magnífico, mi señor. Hasta con ese delantal.

—Gracias, Gaspard.

—Con perdón de la señorita, pero tenéis un cuerpo que mueve a la estatuaria.

—¡GASPARD! —gritó Sylvie.

—Lo digo desde el respeto profesional.

Fue entonces cuando la ventanilla del carruaje se abrió y por ella, con un paso ceremonial que no se interrumpió ni siquiera por la velocidad del vehículo, entró la figura alta, flaca y pálida de Mortimer, con la peluca blanca bien colocada y un bulto doblado sobre el brazo.

—Buenos días, mi señor —dijo, con una inclinación—. Me alegra comprobar que ha recuperado su forma habitual.




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