Sylvie.
Hay situaciones en la vida de una mujer en las que conviene hacer inventario antes de actuar. Yo hice el mío, agachada en medio de un patio de queso, con el sol quemándome el hombro desnudo y un sapo vanidoso pegado al pecho, bajo la camisa.
Primero: la camisa. Era de algodón, de las baratas, con un botón de menos.
Segundo: el sapo. Estaba tibio, húmedo, y respiraba a un ritmo que me hacía cosquillas en las costillas.
Tercero: el sapo era Lucien Moreau. Un hombre de trescientos doce años, que me había visto la espalda y que ahora tenía las patitas apoyadas, con todo su aplomo, a la altura de mi esternón.
—Señorita Sylvie —susurró Gaspard, desde el abrigo que yo había tirado al suelo—. Quizá ya sea el momento de sacar a mi señor de ahí.
—No puedo. Le da el sol.
—Cierto. Pero él lleva cuarenta segundos con los ojos cerrados y una expresión de felicidad que me inquieta profundamente.
—Croac —dijo la camisa, muy bajito.
—Dice que está concentrado en sobrevivir —tradujo Gaspard, sin una pizca de convicción.
Aparté la vista, roja como un tomate, y levanté la cabeza justo a tiempo para ver cómo Draven, plantado sobre la muralla con las alas negras desplegadas, hacía un gesto teatral con la mano. Detrás de él, los once figuras enmascaradas descendieron del cielo con un aleteo de capas y aterrizaron sobre el patio en una formación impecable, tres filas de cuatro, sin que se les moviera un solo pliegue.
Entonces ocurrió algo que no esperaba.
Los doce, a una orden silenciosa, sacaron de debajo de sus capas una sombrilla negra. Y las abrieron a la vez, con un chasquido seco, como un solo paraguas multiplicado por doce.
—Sombrillas —murmuró mi padre, con la boca abierta.
—Doce —contó Bartolomé, apuntando en una libreta—. Las compraron por encargo. Se nota por el encaje.
—Y llevan guantes —añadió mi madre, entornando los ojos—. Y el de la izquierda, mira, lleva un pañuelo en la solapa a juego con la sombrilla. Qué esmero.
Draven, el único que no necesitaba protección porque su ala le hacía de toldo, se aclaró la garganta con la elegancia de quien lleva meses ensayando una entrada.
—Heredera Drácula —proclamó—. Moreau. Compañeros de sufrimiento. Tengo el honor de presentaros a los Doce Renegados, azote de la noche, terror de los pueblos, vengadores de la sangre derramada.
—¿Qué sangre derramada? —preguntó mi madre.
—La nuestra.
—¿Os habéis cortado?
—¡No! ¡Es una figura retórica!
—Ah. Es que parecéis gente muy torpe.
Draven apretó los dientes y señaló con un dedo largo al primer enmascarado de la fila, un tipo alto, de armadura negra, con una careta de hierro en forma de calavera.
—Os presento a Morbidus el Sombrío —dijo.
—Hola —saludó Morbidus, con una voz tímida, y agitó la mano—. Encantado.
—Segundo, Lady Calavera, la Dama de los Huesos Rotos.
—Hola, ¿qué tal? —dijo una voz femenina, aguda y simpática—. Perdón por el retraso. Había tráfico.
—Tercero, el Barón Escalofrío.
—Qué tal. Perdonen si llevo moco, tengo un poco de resfriado.
—Cuarto, Doña Pesadilla.
—Buenos días. Yo, por favor, quisiera aclarar que soy una más del equipo.
—Quinto...
Fue una presentación larga. Muy larga. Los doce tenían un nombre tenebroso y un carácter de maestro de escuela. Estaba la Vengadora de Medianoche, que se disculpó por haber llegado con el pelo sin lavar. Estaba el Segador Silente, que tuvo que repetir su nombre tres veces porque no se le oía. Estaba Don Cuervo Infausto, que se puso a hablar de su abuela. Estaba la Condesa Marchita, que pidió permiso para sentarse. Y estaba el último, un chaval de aspecto adolescente con la careta torcida, que dijo llamarse Gómez, a secas, porque aún no había ganado su título.
—Gómez es el becario —susurró Hugo, desde detrás de Fernando.
—¡Silencio en las filas! —gritó Draven, con un tic nervioso en el ojo—. ¡Esto no es una reunión de vecinos!
—Es que nos están presentando, jefe —replicó la Dama de los Huesos Rotos—. Hay que ser educados.
—¡Pues sed educados con más rapidez!
—Lo intentamos.
Fue entonces cuando Mortimer, que se había acercado con pasos fúnebres y una bandeja llena de pastas, hizo una reverencia que habría enorgullecido a un cortesano de Versalles.
—Señores —dijo con su voz de pésame—. Si me permiten. Veo que han madrugado y que quizá no hayan desayunado. Les ofrezco unas pastas de té, hechas esta misma noche con una receta de mi abuela.
—¿Pastas? —preguntó el Barón Escalofrío, con el hocico goteando.
—De mantequilla y valeriana.
—¿Valeriana?
—Es un aroma delicioso. Muy digestivo.
Los doce se quedaron inmóviles. Se miraron entre ellos con unas caretas que no dejaban ver ni un gesto. Después, uno a uno, con una dignidad tímida, tendieron la mano. Morbidus cogió una pasta. Lady Calavera, dos. La Condesa Marchita se llevó una al bolsillo para más tarde. Doña Pesadilla preguntó si tenían sin gluten.
—¡No comáis! —gritó Draven—. ¡Es una trampa!
—Está muy rica, jefe —opinó el Barón Escalofrío con la boca llena—. Un poco seca, pero con encanto.
—¡Es valeriana, imbécil!
—Es... un... —El Barón dio un bostezo largo, de esos que cierran los ojos y abren la boca como un buzón—. Qué... sueño...
Y se desplomó sobre el suelo con un ruido de hierros, roncando con las manos cruzadas sobre el pecho. Doña Pesadilla lo siguió. Después la Vengadora de Medianoche, que se quedó de rodillas, apoyada en su sombrilla, con la cabeza colgando. Tres menos. Tres Renegados dormidos en un patio, bajo el sol naciente, con las sombrillas a medio cerrar.
—¡Maldito mayordomo! —bramó Draven.
—Se me ha ido la mano con la valeriana —admitió Mortimer, sin una pizca de remordimiento—. Pido disculpas. Siempre he tenido una vena generosa.
Entre tanto, yo seguía arrodillada, con el sol ardiéndome en la piel, el sapo pegado a la camisa y una sensación creciente de estar en medio de un número de circo mal ensayado. Mi madre se había puesto a mi lado, con las gafas torcidas y un frasquito verde en cada mano. Mi padre, con una carpeta de calcetines. Bartolomé, con la pipa y la libreta. Y detrás de nosotros, enorme, babeante y feliz, Fernando, el ácaro, con los ocho ojillos fijos en las sombrillas.