Lucien.
Hay palabras que un hombre de trescientos doce años no espera incorporar a su vocabulario personal. Yerno es una de ellas. Llega sin avisar, se instala en la lengua como un huésped sin invitación y empieza a pesar en el pecho, justo donde acababa de estrenar un latido.
La primera vez que la oí fue en boca de un hombre en pijama.
Había salido del cajón con una voltereta que no figuraba en ningún manual de etiqueta: una pierna, luego la otra, un giro de cadera y un aterrizaje sobre el empedrado con los brazos en cruz, como un gimnasta que espera la puntuación del jurado. Era alto, flaco, pecoso, de melena rojiza revuelta y sonrisa ancha, con un pijama de seda verde bordado con las iniciales A. D. y unas zapatillas de felpa que habían sobrevivido a la caída de un castillo.
Nadie dijo nada. Fernando, el ácaro, dejó de masticar un expediente. Ruperto bajó el hacha. Mortimer, que seguía en lo alto de la silla de montar, se quitó la peluca por respeto, aunque nadie sabía muy bien a qué.
—Perdonad el retraso —dijo el pelirrojo, sacudiéndose el polvo del pijama—. Me quedé dormido. Era el cajón de las Ausencias Justificadas y tenía un colchón muy cómodo. ¿Hemos ganado ya?
—Ambrosio —dijo el rey Casimiro, con la capa ondeando y los ojos entornados.
—Suegro. Qué guapo estás. ¿Te has cortado las patillas?
—Hace veintitrés años que no.
—Pues te sientan muy bien. —Giró sobre sí mismo, estiró los brazos, bostezó con un chasquido de mandíbula y se detuvo de golpe, con la boca abierta a medio bostezo y los ojos clavados en el centro del patio—. Isolda.
La reina flotaba junto al pozo, tan tenue que a ratos se le veía a través el brocal. Se llevó una mano a los labios. Sonrió. Lloró un poco, aunque las lágrimas se le evaporaban antes de llegar a la barbilla.
—Hola, Ambrosio.
—Estás transparente.
—Estoy muerta.
—Qué tontería. Te veo perfectamente.
—Se me ve el pozo.
—Es que el pozo es muy grande.
Dio un paso, luego otro, con las zapatillas arrastrando por el suelo, y extendió los brazos para abrazarla. Los brazos le atravesaron el pecho sin encontrar nada. Se quedó inmóvil, con las manos cerradas sobre el aire, y la sonrisa se le fue apagando poco a poco, como una vela en una corriente.
—Ah —dijo.
—Han pasado veintitrés años.
—Eso me han dicho. Pero yo me he acostado hace diez minutos. —Se miró las manos, se palpó la cara, se tiró de una patilla inexistente—. No he envejecido nada. Eso es lo que tiene el archivo. Conserva.
—Te ves igual.
—Salvo el pelo, que me lo han doblado por la mitad.
Isolda soltó una carcajada húmeda, de esas que se escapan en medio del llanto, y flotó hacia él hasta quedar a un palmo de su rostro. Ambrosio inclinó la frente hacia la suya. No se tocaron. Se quedaron así, con las frentes casi pegadas, él con los ojos cerrados, ella sonriendo, mientras alrededor se hacía un silencio que ni Baltasar se atrevió a romper.
Yo carraspeé. No lo pude evitar. Soy un hombre sensible, y cuando algo me conmueve necesito que alguien tosa.
—¿Y la niña? —preguntó Ambrosio, abriendo un ojo.
—Aquí —dijo Isolda, y señaló con la barbilla.
Sylvie estaba a mi lado, con las estacas colgando, el cabello hecho un desastre y los ojos de un verde tan húmedo que parecían de cristal. Tenía el pañuelo burdeos en el pelo, una mancha de tinta en la mejilla y los colmillos a medio asomar. Me soltó la mano. Dio un paso adelante. Después otro.
El pelirrojo la miró. La miró de arriba abajo, con la boca entreabierta, con un parpadeo lento. Y entonces, sin previo aviso, se llevó las manos a la cabeza y soltó un grito tan agudo, tan estridente y tan lleno de alegría que Anselmo se agrietó por segunda vez en el día.
—¡ES IDÉNTICA A TI! ¡PERO CON MI MAL GENIO!
—¡Papá! —chilló Sylvie, y se lanzó contra él.
Se abrazaron con tal fuerza que los dos salieron disparados hacia arriba. Fue un espectáculo notable. Un padre en pijama y una hija con colmillos, abrazados en el aire, ascendiendo despacio entre las antorchas del patio, entre una lluvia de papeles y de risas, mientras Marguerite sollozaba abajo con un frasco en la mano y Edmund se sonaba la nariz con un calcetín.
—¡Baja, que te caes! —gritó mi suegra humana.
—¡No puedo bajar! —respondió Ambrosio, riendo—. ¡Es la emoción!
—¡Piensa en algo pesado!
—¡Pienso en mi suegro!
—¡Eso pesa mucho!
—¡Eso es lo que digo!
—¡Te he oído! —bramó el rey Casimiro.
Descendieron a trompicones y aterrizaron sobre la grupa de Fernando, que soltó un chillido de entusiasmo y los recibió con un lengüetazo doble. Ambrosio se incorporó con la cara llena de baba, miró a su alrededor con ojos brillantes, y de pronto, con un respingo, se volvió hacia la pareja de calceteros que lloraba en un rincón.
—Vosotros. Los de los calcetines.
—Marguerite y Edmund Black —dijo mi suegra, con una reverencia temblorosa.
—Gracias.
—No hay de qué.
—Sí hay. Hay veintitrés años de qué. —Les tomó las manos con las dos suyas, con los ojos húmedos y la voz quebrada—. Cuidasteis a mi hija. Le cantasteis nanas. Le enseñasteis a cazar vampiros, que es una afición muy sana. Os debo una fortuna.
—Un calcetín —dijo Edmund, con un hilo de voz.
—¿Cómo?
—Con un calcetín estamos pagados.
—Os regalo cuarenta. —Los abrazó a los dos a la vez, con tanta efusión que los levantó del suelo—. Y una capa. Y un castillo. ¿Os gusta el queso?
—Mucho —admitió Edmund.
—Entonces os doy también el de Vladimiro.
—¡Papá! —gritó Sylvie, escandalizada—. ¡No puedes repartir el queso de la gente!
—Es de la familia.
—¡Es un golem!
—Eso es un detalle técnico.
Fue entonces cuando oí el sollozo.
Venía del otro lado del patio, de un rincón sombrío entre dos barricas, donde una anciana de abrigo gris, sentada sobre un bolso sellado, hundía la cara entre las manos. Doña Perpetua Gris había perdido el moño, el bastón y la dignidad, y a su alrededor, en cuclillas, los mil doscientos funcionarios del Registro General la miraban con una expresión de infinita compasión, como un coro de ángeles aburridos. Mortimer, con una bandeja de pastas y la peluca recolocada, se movía entre ellos con la solemnidad de un camarero de funeral.