Un vampiro suelto en Brooklyn.

Capítulo 21: Parentesco.

Sylvie.

Hay frases que, dichas en el momento justo, cambian el rumbo de una vida. Otras, dichas por un tío con una taza de té en la mano, solo consiguen que a una le entren ganas de lanzarle un diccionario.

—Que sigas pensando que soy yo el malo de esta historia —repitió Draven, que debió de notar que la primera vez la frase había quedado muy bien y quiso rematarla.

—Eres el malo de esta historia —dije yo.

—Eso es una simplificación.

—Secuestraste a mis padres.

—Estaban muy cómodos.

—Intentaste sacrificarme en una ceremonia de queso.

—Era una puesta en escena.

—Mataste a ciento veintitrés vampiros, bueno, los mató mi familia, pero tú los tenías en nómina.

—Eso es verdad —admitió, y tomó un sorbo de té, con el meñique levantado—. Pero eran bastante malos. Los contraté por catálogo.

Sentí cómo la mano de Lucien apretaba la mía. Estaba fría, como siempre, pero firme, y en medio de aquel disparate me pareció lo único sólido de la biblioteca. Los seis renegados de las sombrillas habían formado una línea detrás de Draven con las manos en la espalda, como un coro de iglesia, y el calvo de las gafas seguía recitando la tabla del siete en voz baja, ya por el siete por veintitrés.

—Hermano —dijo el fantasma de mi madre, y flotó un palmo hacia delante, con el vestido ondeando sin viento—. ¿Puedes dejar de dramatizar un minuto?

—Yo no dramatizo.

—Llevas tres siglos dramatizando.

—Soy un hombre de intensidades.

—Eres un pesado. Siempre lo fuiste. Cuando teníamos seis y ocho años, te escondiste en el armario de mamá para asustarme y te quedaste dormido hasta el día siguiente.

—¡Eso es mentira!

—Tengo los testimonios de tres doncellas y un perro.

—El perro no cuenta.

—Te encontró él.

Me froté los ojos con la mano libre. Iba a volverme loca. Mi madre fantasma y mi tío vampiro discutían como dos hermanos de una telenovela mientras mis colmillos recién estrenados me pinchaban el labio y el medallón latía con una intensidad que empezaba a darme dolor de cabeza. Detrás de mí, Lucien susurró algo al oído de Gaspard, y el espejo contestó con un hilo de voz que aquello era mejor que cualquier ópera.

—Perdón —dije, levantando la mano como en la escuela—. ¿Podríais explicarme lo que pasa? Con claridad. Sin recuerdos de infancia.

Los dos hermanos se callaron a la vez. Isolda bajó los ojos con una sonrisa culpable. Draven carraspeó, dejó la taza sobre el atril del libro negro, con un tintineo que hizo gemir al Archivista, y se alisó la túnica con una dignidad herida.

—Sylvia Isolda —empezó.

—Sylvie.

—Sylvie. Está bien. Es un nombre fresco. —Respiró hondo—. Hace veintitrés años yo llevaba once desterrado. Vivía en una cueva muy bonita de los Cárpatos, con vistas, y no pensaba en el trono, ni en la corona, ni en mi padre, el viejo rey, que me había echado por una cuestión de herencia que ahora me parece una tontería.

—¿Qué cuestión?

—Una colección de capas.

—¿Perdón?

—Mi padre dejó su capa de gala a mi hermana. Yo siempre pensé que me correspondía a mí. Era roja, con forro de armiño. Una pieza espléndida.

—Te desterraron por una capa —dijo Lucien, con una voz de pura admiración.

—Era una capa muy buena —replicó Draven, con una sonrisa sombría—. ¿Tú no habrías hecho lo mismo?

—Yo habría hecho algo peor.

—Lo sé. Lo vi en tu galería de retratos. Hay un cuadro en el que sales con un cisne.

—No hablemos del cisne —pidió Lucien, y se le subieron los colores.

—¡Draven! —gritó mi madre.

—Perdón. Vuelvo al relato.

Se pasó una mano por el pelo, y por un instante, un solo instante, me pareció ver bajo la máscara de villano de opereta a un hombre viejo, cansado, con una pena enorme que llevaba muy bien escondida debajo de las sombrillas.

—Una noche me llegó una carta. Anónima. Decía que alguien dentro del castillo iba a abrir las puertas a un grupo de vampiros para asesinar a mi padre. Y que ese alguien lo hacía con la ayuda de una llave que no podía ser copiada. Una llave que solo conocían tres personas: el rey, la reina y el Canciller.

—¿El Canciller? —preguntó Lucien.

—Un tipo gris. Sin carácter. Con una voz de oficinista. Llevaba treinta años en la corte y nadie recordaba nunca su nombre. —Draven frunció el ceño con una mueca de disgusto—. Yo tampoco. Es un problema grave de esta historia, por cierto. Nadie recuerda cómo se llama.

—¿Y cómo lo sabes tú, entonces?

—Porque lo vi aquella noche. Entrando en la sala del trono, con la llave en la mano, antes de que cayera el rey. Y su cara me dio tanto miedo que durante años me dediqué a olvidarla.

—¿Por qué?

—Porque cuando lo miraba, mi mente se negaba a retenerlo. Es un hechizo, hermana. Lo sabes. Lo lleva puesto desde siempre. Una ocultación perfecta. Una de las mejores que he visto. —Se volvió hacia mi madre—. Parecida a la que le hicisteis a tu hija.

—Parecida no —replicó Isolda, con un destello de orgullo—. La de mi hija es mucho mejor.

—Claro, claro. Tú siempre tan modesta.

—Draven.

—Perdón.

Yo seguía de pie, con las manos heladas, intentando ordenar los datos en mi cabeza como quien ordena calcetines desparejados. El Canciller. Un hechizo de ocultación. Una llave. Un rey muerto.

—Entonces —dije despacio—, ¿tú no mataste a mi padre?

—Jamás.

—¿Y los renegados?

—Los reuní después. Con mucho esfuerzo. Con un presupuesto ajustado. Durante veintitrés años me he dedicado a infiltrarme en la banda del Canciller. He fingido ser un villano. He comprado sombrillas. He aprendido a decir muajajá con convicción. —Suspiró con la tristeza de un actor mal pagado—. Todo para encontrar la prueba que lo desenmascare.

—¿Y por qué no me lo dijiste desde el principio?

—Porque tú me habrías clavado una estaca.

—Seguramente.

—Eso pensaba.

—¿Y los secuestros? ¿Y el queso? ¿Y la ceremonia?




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