Lucien
Hay despertares que un hombre recuerda toda la vida. El mío ocurrió a las seis y media de la tarde, dentro de un ataúd de lujo, y se resume en una sola frase: alargué el brazo hacia mi esposa y encontré un almohadón.
Abrí los ojos de golpe. El dosel de mil setecientos seguía sobre mi cabeza. La sábana, perfectamente arropada, olía a lavanda y a jabón. Pero el hueco a mi lado estaba frío. Vacío. Con la forma de un cuerpo que ya no estaba y un pliegue en la almohada que aún conservaba la marca de una corona torcida.
—¡SYLVIE! —grité, y me incorporé tan deprisa que me di con la cabeza en la tapa.
—Buenas tardes, conde —dijo una voz de roble, desde el rincón—. Se ha dado un golpe.
—¿Dónde está mi esposa?
—Arriba.
—¿Arriba dónde?
—En la azotea de la torre este. Se fue con su madre hace diez minutos. Roncaba usted tan a gusto que no quisieron despertarle.
—¡No ronco!
—Tampoco ella, según dice. Y los dos roncan.
Salí del ataúd de un salto, con la camisa arrugada y el pelo hecho un helecho, y me eché a correr sin mirar atrás. Gaspard, que dormitaba en el bolsillo del frac con el cristal ya casi restaurado, soltó un chillido de sobresalto.
—¡Mi señor! ¡Un peine! ¡Siquiera un peine!
—No hay tiempo.
—¡Es un día importante!
—Todos los días son importantes.
—¡Eso lo decís ahora, que tenéis el pelo lacio!
—Cállate y vigila los escalones.
Subí la escalera de caracol de tres en tres, esquivando armaduras dormidas, cuadros somnolientos y un cuenco de gachas que alguien había olvidado en un peldaño. Llevaba en el pecho una sensación extraña, una opresión dulce y aterradora que reconocí al instante, porque la había sentido una sola vez, hacía veintitrés años, la noche en que una reina de voz de lavanda me regaló un pañuelo y me dijo: Cuídala de lejos, Lucien.
Llegué a la puertecita de la azotea sin aliento. Estaba entornada. Por la rendija entraba una luz roja, enorme, de atardecer. Me detuve con la mano en el pomo. No me atreví a empujar.
Oí voces.
—...y no es un adiós, hija —decía Isolda, con esa suavidad que le hacía temblar los bordes—. Las madres no se van. Se mudan.
—¿A dónde?
—Al medallón. Al fondo. Donde hace calor y se oyen latidos.
—Pero yo quiero que te quedes aquí. Con cuerpo. Con vestido.
—Mi cuerpo se quedó en el sótano hace veintitrés años, cariño. Lo que has visto estos días era una prórroga.
—Una prórroga muy bonita.
—Gracias. —Se oyó una risita ligera—. Pero ahora tienes un marido, una corona, una abuela con turbante y un ácaro. No me necesitas de guardia.
—Sí te necesito.
—Necesitas que te recuerde. Y para eso no hace falta que flote. —Un silencio—. ¿Quieres saber un secreto?
—Dime.
—Yo tampoco quería ser reina. Quería ser cocinera.
—¿De verdad?
—Hacía un hojaldre excelente. Tu padre siempre decía que era mi mejor argumento político.
Se oyó un sollozo. Después otro. Una risa entrecortada. Empujé la puerta con dos dedos, muy despacio, y me quedé en el umbral, sin hacer ruido.
La azotea ardía. El sol, gigantesco, se hundía detrás de las montañas tiñendo de oro las Tierras Brumosas, la niebla y las doce torres del castillo. En el centro, junto a la balaustrada, Sylvie estaba arrodillada, con el vestido burdeos arrugado y la corona ladeada, y frente a ella, flotando a un palmo de las losas, con la corona de espinas encendida como un farol, estaba Isolda. Tenía los ojos húmedos. Y por primera vez desde que la conocí, la vi tal como era: una mujer joven, de treinta años, de cabello castaño con destellos rojos, con la misma mirada obstinada de su hija.
—Mamá —dijo Sylvie, con la voz rota—. No estoy lista.
—Nadie lo está nunca.
—Tengo mil preguntas.
—Haz una.
—¿Fui una niña simpática?
—Eras un desastre. Mordías a las niñeras. Tu primer juguete fue una estaca de chocolate.
—Qué bonito.
—Tu primera palabra fue Lucien.
Se me paró el corazón. El que no tenía. El que acababa de estrenar. Sylvie levantó la cabeza de golpe.
—¿Cómo?
—Lo dijiste a los cuatro meses. Con babas. Estaba allí, junto a la cuna, con su pañuelo y su peinado impecable, y le dijiste Lu, y él se puso tan nervioso que se le cayó el sonajero en el pie.
—No es verdad.
—Se lo juro por mi corona —dijo Isolda, y se volvió hacia la puerta con una sonrisa traviesa—. ¿No es cierto, conde?
Me quedé petrificado. No me había movido. No había respirado. No había hecho el menor ruido, y sin embargo ella me había visto.
—Es una exageración, majestad —dije, saliendo a la luz con las orejas ardiendo—. Fue una cosa de segundos.
—Fue un sonajero muy caro.
—Me dolió una semana.
—Qué sensible.
Sylvie se levantó de un salto y se volvió hacia mí con los ojos desorbitados y las mejillas encendidas. Se había quedado sin palabras, que ya es mucho decir en ella. Me tendió la mano. Yo la tomé. Estaba tibia.
—Lo sabías —dijo.
—Lo sospechaba.
—Desde cuándo.
—Desde que me dijiste que tarareaba fatal.
—Y no me lo contaste.
—Es que no quería asustarte.
—Eres un cobarde.
—Soy un esposo prudente.
—Eso también.
Isolda nos miraba con una ternura tan honda que me quemaba por dentro. Se acercó flotando despacio. Se detuvo ante mí, a un palmo, con la luz del atardecer atravesándole el vestido, y levantó una mano luminosa hasta rozarme la mejilla. No sentí nada. Y lo sentí todo.
—Lucien Moreau —dijo—. Conde de las Tierras Brumosas. Mi más leal, mi más vanidoso, mi más tonto camarero.
—Majestad.
—Quiero pedirte tres cosas.
—Las que sean.
—La primera. Cuídala. No de lejos. De cerca. Con los cinco sentidos.
—Con los seis.
—No exageres. —Sonrió—. La segunda. Sigue mirándote al espejo.
—¿Cómo?
—Un poco. No cuatro horas diarias, que es una barbaridad, pero un poco. Porque si dejas de quererte, mi hija no tendrá a quien despeinar.