Lucien.
Antes de continuar, quiero dejar algo claro, porque la historia suele contarse mal y porque hay una cazadora pelirroja que seguramente ya ha dado su versión, llena de exageraciones y de insultos poco imaginativos.
Yo no suelo morder en el primer encuentro.
Soy un caballero. Llevo trescientos doce años perfeccionando el arte de la seducción elegante, de la conversación a la luz de las velas, del beso en la mano y del vino tinto servido a la temperatura exacta. Cuando una dama accede a que yo pruebe su cuello, lo hace después de una cena de tres tiempos, de un paseo por mis jardines de rosas negras y de una conversación brillante en la que casi siempre se demuestra que soy un hombre de gran cultura y mejor perfil.
Pero esa noche, en el Gran Teatro Lúgubre, Sylvie Black me había lanzado una estaca al chaleco.
Mi chaleco favorito. Terciopelo de Lyon, 1847. Insustituible.
Así que, si lo piensas con calma, el mordisco fue casi un acto de legítima defensa.
Hundí los colmillos en su cuello con la delicadeza de un cirujano y la reverencia de un sacerdote. Ella contuvo un jadeo. Sus manos, que yo sostenía por encima de su cabeza, se tensaron un segundo y luego se aflojaron. Y entonces la sangre llegó a mi lengua.
Debo hacer una pausa para hablar de mi paladar.
Mi paladar es una obra maestra. He probado la sangre de reyes, de bardos, de generales, de damas de la corte, de un panadero francés especialmente jugoso en 1789 y de un cardenal con un regusto de incienso que todavía me da escalofríos. Puedo distinguir la edad, la dieta, el estado de ánimo y hasta la profesión de una persona con un solo sorbo. Soy, sin falsa modestia, el mejor catador de sangre de los dos hemisferios, y quien lo dude puede preguntárselo a Gaspard.
Lo que sentí al probar a Sylvie Black no estaba en ninguno de los libros.
Sabía a lavanda, claro. Sabía a ajo, a rabia y a tres días de pizza fría. Sabía a café cargado y a una terquedad tan concentrada que casi me hizo toser. Pero debajo de todo eso había algo antiguo. Algo cálido y profundo que me tiró del pecho, justo donde un hombre normal tendría el corazón. Algo que sabía a hogar. A una casa grande con chimenea. A una canción de cuna cantada en una lengua que hace siglos que no oigo. A algo que perdí hace mucho tiempo y de lo que no tenía ningún recuerdo claro.
Me quedé inmóvil. Tenía los colmillos clavados en el cuello de mi enemiga y las rodillas flojas como las de un recién nacido.
—Mi señor —susurró Gaspard desde el bolsillo de mi capa, con una vocecita temblorosa—. Mi señor, ¿os encontráis bien? Os ha cambiado la cara. Y vuestra cara es lo único que no puede cambiar.
No le respondí. Bebí dos sorbos más, solo dos, porque soy un hombre de principios. Después me aparté con una lentitud casi dolorosa y le cerré las dos pequeñas heridas del cuello con la punta de la lengua, como mandan las normas del buen vampiro. En ese momento Sylvie dejó escapar un suspiro, puso los ojos en blanco y se desplomó en mis brazos como una muñeca de trapo.
La sostuve contra mi pecho. Pesaba muy poco. Tenía el cabello rojo revuelto sobre la cara, las pestañas oscuras sobre las mejillas y una expresión de enfado dormido que me pareció lo más adorable que había visto en tres siglos.
Entonces el medallón que llevaba al cuello me quemó los dedos.
No me quemó como el agua bendita, que es un cosquilleo desagradable, ni como la plata, que es una molestia pasajera. Me quemó con una descarga cálida y rojiza, como si la piedra me reconociera. Aparté la mano de golpe. En el centro de la joya, bajo el brillo del rubí, se veía un grabado diminuto: una corona de espinas rodeada de alas de murciélago.
La reconocí. Maldición, la reconocí. Pero mi cabeza se negó a decirme de dónde.
—Gaspard —dije despacio, sin apartar los ojos del medallón—. Dime una cosa. ¿Esa joya te suena de algo?
—Me suena a que la dama debería quitársela, mi señor, porque le queda horrible con la chaqueta.
—Te hablo en serio.
—Yo también. Es una cuestión estética.
Suspiré. Los objetos encantados tienen muchas virtudes, pero la discreción y la lucidez no suelen figurar entre ellas.
Miré a la cazadora desmayada, miré el teatro vacío, miré las estacas clavadas en las columnas, la trenza de ajos tirada en el suelo y las gotas de agua bendita que todavía me resbalaban por el cuello, y tomé una decisión tan sensata como egoísta.
No podía dejarla allí.
Primero, porque la cazadora tenía derecho a un buen colchón. Segundo, porque en cuanto despertara volvería a intentar matarme, y no conviene que una mujer así ande suelta por la ciudad sin supervisión. Tercero, y esto lo digo con una absoluta honestidad, porque el gremio de cazadores no iba a quedarse de brazos cruzados cuando su mejor cazadora desapareciera, y yo necesitaba tiempo para averiguar qué diablos significaba ese sabor a hogar y ese medallón con un símbolo que me daba dolor de cabeza.
Cuarto, y esto no se lo dije a Gaspard, porque quería volver a verla enfadada.
La alcé en brazos con cuidado. Recogí con mi mano libre las estacas que había en el escenario, porque la ropa de cuero que lleva una cazadora es un tesoro que no se debe abandonar, y guardé a Gertrudis en mi cinturón. Era una estaca de buena calidad. Pensé que quedaría bien en mi colección.
Salí del teatro por la puerta principal con la capa ondeando al viento, la cazadora desmayada en mis brazos y el flequillo en perfecto estado. Sé que el flequillo estaba perfecto porque Gaspard me lo confirmó tres veces en el trayecto hasta la calle.
—Tres de tres, mi señor. Mirad cómo os ha respondido el viento. Ha entendido el mensaje.
—El viento siempre entiende mi mensaje, Gaspard.
—Cierto, mi señor. Hasta las corrientes de aire os adoran.
En la esquina del muelle me esperaba mi carruaje.
Debo describirlo porque es un vehículo de gran categoría. Es negro, lacado, con adornos de plata y cortinas de terciopelo granate, tirado por dos caballos hechos de sombra pura que relinchan sin hacer ruido, lo cual resulta de una gran ayuda cuando uno vive en un vecindario con normas de convivencia estrictas. En el asiento del cochero iba Bartolomeo, un esqueleto de dos metros con sombrero de copa, que lleva a mi servicio doscientos años y se queja sin parar de que le duelen los huesos.