Un vampiro suelto en Brooklyn.

Capítulo 23: Recurso.

Sylvie.

Cuando una muere, dicen que ve pasar la vida entera por delante de los ojos. Yo, mientras un sello del tamaño de una bandeja descendía hacia mi cabeza con la lentitud de una factura de la luz, solo vi pasar una lista de cosas pendientes: la devolución de unas botas, una llamada a mi casero y un helado que dejé a medias en el congelador.

Es muy poco épico. Pero es lo que hay.

—Resolución definitiva —anunció el Canciller, sosteniendo el sello negro con las dos manos—. Un trámite indoloro. Dura unos tres segundos.

—¿Y qué pasa al terminar? —pregunté.

—Queda usted archivada.

—¿En el sentido de guardada en una carpeta?

—En el sentido de guardada en una carpeta.

—¿Y cuánto tiempo dura el archivo?

—Es un archivo permanente. Aunque, si se porta bien, puede solicitarse una revisión pasados cincuenta años.

Fue entonces cuando mi cuerpo decidió actuar por su cuenta.

No sé si fue el pánico, la rabia o el hecho de que acababa de oír la palabra cincuenta años en boca de alguien con maletín, pero lo cierto es que sentí un tirón en el estómago, un calor dulce subiéndome por las piernas, y mis pies se despegaron de la alfombra como si alguien hubiera cortado un hilo. Subí. Subí con una rapidez tan inesperada que el sello bajó sin encontrarme y se estampó contra el suelo con un estruendo seco, dejando sobre la alfombra una mancha negra con la palabra DEFINITIVA, muy bien impresa.

—Vaya —dijo el Canciller, levantando la vista con un parpadeo—. La interesada ha abandonado el procedimiento por vía ascendente.

—¡Estoy en el techo! —grité, agarrada a la lámpara de araña, la de repuesto, ya que Baltasar seguía colgado en el aire con su cartel de EN ESPERA DE INFORME.

—Lo veo.

—¡No pienso bajar!

—Tampoco hace falta. Puedo esperar. Tengo hasta las cinco.

Chasqueó los dedos. Las escaleras móviles de la biblioteca, que obedecían al ocupante de la sala y no al dueño, se pusieron en marcha con un traqueteo de ruedas, se alinearon bajo mis pies y empezaron a subir, una detrás de otra, como en un desfile de bomberos con vocación administrativa.

—¡Lucien! —chillé.

—¡Voy! —gritó él, desde abajo, y dio un salto.

Chocó contra el aire. Un choque sordo, blando, como el de una mosca contra un cristal, y volvió a caer sentado en la alfombra con el mantel por la cabeza y una expresión de profunda indignación. El mensaje de su mano, NO ADMITIDO, parecía brillar con un orgullo particular.

—¡Tres metros! —recordó el Canciller, sin darse la vuelta—. Es la distancia reglamentaria.

—¡Pues voy a tomar otro camino!

—No hay otro camino.

—¡Siempre hay otro camino!

Lucien se levantó con los dientes apretados y se puso a dar vueltas en círculo, buscando una solución, con las manos en las caderas, el flequillo en pie de guerra y la capa de lino arrastrando como un vestido de novia. Yo, desde las alturas, veía cómo la primera escalera se acercaba a mis tobillos con un chirrido amenazante. Me agarré con más fuerza a la lámpara.

Entonces vi que Lucien se detenía en seco.

Se había quedado mirando a Bartolomé, que seguía agazapado tras el busto de Calígula, con la libreta abierta y un lápiz, intentando por décima vez escribir el nombre del Canciller sin que se le borrara de la página.

—Bartolomé —dijo Lucien, con una voz extrañamente serena.

—¿Sí, primo político?

—¿Tienes papel?

—Tengo una libreta.

—¿Y un sello?

—Tengo un pisapapeles.

—¿Y una pluma?

—Tengo un lápiz de detective, con goma.

—Perfecto. —Lucien dio una palmada—. Vamos a presentar un recurso.

Hubo un silencio. En la sala se oyó cómo el calvo de las gafas dejaba de recitar la tabla del siete. Mi padre levantó la cabeza de detrás de un tomo de heráldica. Mi madre dejó caer un frasco, que rodó por la alfombra sin romperse. Y el Canciller, que acababa de poner un pie en la primera escalera, se detuvo con una expresión nueva, casi un respingo, como si le hubieran tocado un nervio muy antiguo.

—¿Un qué? —preguntó.

—Un recurso —repitió Lucien—. De alzada. Contra la orden de alejamiento, contra la clausura de la biblioteca y contra la resolución definitiva, que me parece una desproporción.

—Eso no se presenta así.

—Se presenta por escrito, ¿verdad?

—Naturalmente.

—Con firma del interesado.

—Por supuesto.

—Y con registro de entrada.

—Exacto.

—Pues lo tengo todo.

Lucien arrancó una hoja de la libreta de Bartolomé, se agachó sobre una mesita de ébano y empezó a escribir con una caligrafía tan fina y tan florida que el Canciller se quedó mirándola con auténtica fascinación. Dictaba en voz alta mientras escribía, con la lengua entre los dientes.

—Primero. Que yo, Lucien Moreau, propietario del castillo, dueño de la biblioteca y vampiro de buena familia, interpongo recurso contra todo lo que haga falta. Segundo. Que la orden de alejamiento es abusiva, arbitraria y de mal gusto. Tercero. Que el sello de resolución definitiva tiene un diseño deplorable.

—¡Eso no es motivo de recurso! —protestó el Canciller.

—Cuarto. Que solicito la suspensión cautelar de todos los trámites. Quinto. Que pido audiencia con el funcionario responsable, para exponerle mis alegaciones con la debida calma. Y sexto, que me reservo el derecho de enviar una carta de queja a su superior jerárquico.

—Yo no tengo superior jerárquico.

—Ah, ¿no? Pues entonces será una carta a su madre.

El hombre gris se puso, por primera vez, del color de la ceniza que ya era. Dio un paso atrás, se agarró el bombín, y comprendí que Lucien había tocado un punto débil.

—Firmado —terminó, con un trazo largo y vistoso—. Lucien Moreau, Sir Drácula, conde de las Tierras Brumosas. Y listo.

Se incorporó con el papel entre los dedos y avanzó hacia el Canciller con paso firme.

—¡Alto! —gritó el funcionario—. Un recurso debe presentarse con la debida corrección.




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