Un vampiro suelto en Brooklyn.

Capítulo 9: Desastre.

Sylvie.

Si alguna vez te despiertas con una venda de seda en el brazo y un cartel pegado en la frente que dice Paciente en recuperación, lo más probable es que hayas pasado la noche anterior en un castillo habitado por objetos con complejo de enfermera.

Yo abrí los ojos el jueves a media mañana, con la boca seca, los músculos hechos un nudo y la certeza de que había soñado con una armadura dentro de un ariete con cabeza de dragón. Después me incorporé, vi el cartel en el espejo del tocador y comprendí que no había soñado nada.

—Buenos días, enferma —dijo Eufrasia desde la puerta, con un crujido de satisfacción—. Te hemos cuidado toda la noche. Bueno, yo no. Yo no puedo moverme. Pero he opinado mucho.

—¿Quién me puso este vendaje?

—El amo.

—¿Lucien?

—No conozco a otro amo. Dijo que no podía permitir que una herida de guerra se infectara en su castillo. Después usó uno de sus pañuelos de seda y se pasó media hora anudándolo para que quedara bonito.

Me miré el brazo. Era un pañuelo de seda color burdeos, anudado con un lazo perfecto, con un bordado diminuto en una esquina que decía Moreau y un dibujito de un murciélago con corbata.

—Uno de los cuarenta y siete —murmuré.

—Del cuarenta y siete, para ser exactos. Era el de las ocasiones solemnes. Cuando lo anudó, se le escapó una lágrima.

—Eso es mentira.

—Es verdad. Pero solo una. Y creo que fue de orgullo.

Retiré la sábana con un suspiro y me puse en pie. Fue entonces cuando noté algo raro. Me dolía el brazo, sí, pero mucho menos de lo que debería doler un corte profundo. Los demás músculos, en cambio, los tenía como nuevos. Me sentía ligera. Fuerte. Con una energía rara que me burbujeaba en las piernas.

Recordé que la noche anterior había saltado desde una muralla de ocho metros y había aterrizado de pie sin torcerme un tobillo. Recordé que había lanzado una estaca a veinte pasos con una puntería que no es normal en una persona. Recordé que, en pleno combate, había oído a un renegado respirar en la otra punta del patio, como si lo tuviera pegado a la oreja.

—Debe de ser la adrenalina —dije en voz alta.

—Seguro —contestó la puerta, en un tono de voz tan comprensivo que me dieron ganas de lanzarle otra almohada.

Me vestí con el abrigo, me anudé las botas, me recogí el cabello en una coleta alta y salí al pasillo dispuesta a enfrentarme al día.

El castillo, por supuesto, estaba hecho un desastre.

No hablo de un desastre normal, de esos que se resuelven con una escoba y una disculpa. Hablo de un desastre de proporciones épicas, de los que dejan huella en la historia de la arquitectura. Faltaban tres cuartas partes de las ventanas del ala norte. El techo del comedor grande tenía un agujero por el que se veía una nube con forma de gato. En la galería de retratos, los cuarenta y tres cuadros de Lucien colgaban torcidos, con marcas de garras y manchas de sopa, y en uno de ellos, el del cisne, alguien le había dibujado un bigote con un trozo de carbón.

—¡Es una barbaridad! —se lamentaba Mortimer en el pasillo, con la peluca blanca torcida y una lista enorme de daños en la mano—. ¡Cuarenta y dos ventanas, seis tapices, nueve puertas, once armaduras, trece alfombras, un órgano, tres candelabros y la dignidad de la familia! ¡Todo en una noche!

—Podría ser peor —dijo Baltasar, que colgaba de una viga, con la llama azul reducida a una chispa—. Podría haber llovido.

—Está lloviendo, Baltasar. Lleva lloviendo desde las seis de la mañana por el agujero del techo.

—Entonces no podría ser peor. Tienes razón.

—¿Y Ruperto? —pregunté.

Mortimer cerró los ojos con la expresión de quien ha estado evitando esa pregunta toda la mañana.

—Sir Ruperto sigue dentro del ariete —dijo despacio—. Lleva toda la noche insistiendo en que está bien y en que el ariete es un hogar acogedor. Hemos intentado sacarlo con tres métodos distintos. Con grasa de cerdo. Con aceite de oliva. Y con una larga conversación sobre el camello.

—¿Y?

—Se quedó atascado más hondo.

Me asomé al patio. Allí estaba el ariete, plantado en el barro, con su cabeza de dragón de madera abierta en un rugido eterno. De la boca sobresalía un brazo de hierro con un guantelete, agitando con mucho entusiasmo una bandera blanca, que era un calcetín.

—¡Buenos días, señorita Black! —gritó una voz hueca desde las entrañas de la bestia—. ¿Cómo amaneció? Yo, de maravilla. Hay muy buena acústica aquí dentro.

—Ruperto, ¿puedes moverte?

—Absolutamente no. Pero me siento muy cómodo.

Fue entonces cuando oí el grito.

Era un grito agudo, largo, estridente, que venía del cielo y que se acercaba a una velocidad aterradora. Alcé la vista. Entre las nubes de lluvia se perfilaba una silueta oscura con forma de escoba, que descendía en picado, dando vueltas sobre sí misma como una peonza descontrolada, con una capa morada ondeando detrás y un sombrero de punta que salió volando en la maniobra.

—¡APARTAAAAAAAAAAD! —gritaba una voz de anciana, ronca como un fuelle.

—¡Cuidado! —aullé, y me lancé contra Mortimer.

La escoba se estrelló contra el tejado de la torre del homenaje con un estrépito colosal. Hubo un chorro de tejas, una nube de polvo, un alarido y el ruido inconfundible de un caldero rodando por las escaleras de piedra. Una teja me rozó la oreja. Otra cayó sobre Baltasar, que gritó que estaba herido de muerte. Una tercera le dio a Mortimer en la peluca.

Cuando se disipó el polvo, en medio del patio, boca abajo sobre un charco de barro, con las piernas en el aire y las enaguas por encima de la cabeza, había una mujer.

Era una anciana pequeña, redonda, de cara arrugada como una manzana pasa y ojos negros y vivos como dos cuentas. Llevaba un vestido morado, botas de goma amarillas y un delantal con la inscripción La Bruja Que Cocina Mejor Que Tú. Del cinturón le colgaban frascos, hierbas, cucharas de madera y una ristra de ajos secos. Sobre el barro flotaba un caldero negro, de hierro, con la tapa abierta y un olor a sopa que parecía de otra época.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.