Lucien.
Me desperté el viernes a las seis y cuarto con la sensación de que alguien me había frotado la cara con una lija caliente.
Abrí un ojo. Después el otro. Después me llevé las dos manos a la nariz con un presentimiento terrible y la toqué con la punta de los dedos. Estaba caliente, tirante y, a juzgar por el tacto, de un color que no figuraba en mi paleta.
—Gaspard —susurré desde el ataúd de los viernes, el de ébano con nácar, el llamado Misterio—. Dime la verdad. Con delicadeza.
—Mi señor —respondió el espejo desde la mesita, con una voz tan fúnebre que supe lo peor antes de que continuara—. Tenéis la nariz de un rosa muy vivo. Casi diría que de un rojo decidido.
—¿Parezco un payaso?
—Parecéis un hombre que ha estado cinco segundos al sol, lo cual es mucho más heroico, pero visualmente menos favorecedor.
Salí del ataúd con una dignidad que ya no me quedaba, me planté frente al espejo de cuerpo entero y me contemplé con los ojos entrecerrados. Era cierto. En medio de mi rostro de mármol brillaba una nariz de color fresa, hinchada, con una pequeña ampolla en la punta. Parecía una remolacha con ínfulas.
—Es una catástrofe —dije, con la voz quebrada.
—Es pasajera, mi señor.
—Es una tragedia nacional. Tres siglos de perfil perfecto, arruinados por un rayo de sol y una bruja que aterriza en picado.
—Yo no he arruinado nada —dijo una voz cascada desde una esquina de la sala.
Di un salto tan alto que me di con la cabeza en una lámpara de pared. Madame Griselda estaba sentada con las piernas cruzadas en el ataúd de los domingos, con su delantal de La Bruja Que Cocina Mejor Que Tú, un termo de té en una mano y un frasco de ungüento en la otra. A su lado, en el suelo, burbujeaba pacíficamente su caldero negro.
—Griselda, estás en mi cámara privada.
—Lo sé. Llevo aquí desde las cuatro de la tarde. Roncas bajito, por cierto. Es un ronquido muy elegante.
—¡Es una violación de la intimidad!
—Es una visita de cortesía. Anda, ven aquí, que te pongo esto en la nariz.
—No pienso ponerme eso.
—Es de bardana y barro del pantano.
—¡Huele a pantano!
—Pues claro, hombre, es del pantano.
Me senté en el borde del ataúd con los brazos cruzados, derrotado. Griselda me untó la nariz con una pasta verde y fría que me dejó la cara como la de un pantano con complejo de rey. Gaspard, desde su mesita, ahogó un sollozo.
—Ya está —dijo la anciana, limpiándose los dedos en el delantal—. En una hora estarás como nuevo. Ahora escúchame, Lucien, que traigo cosas serias.
Por la forma en que lo dijo, sin una sola broma, sin una pizca de sopa en la voz, me pasó un escalofrío por la espalda.
—La carta de hace tres noches —continuó—. La que te mandé por cuervo. ¿Ya sabes lo que significa?
—Lo sospecho.
—Dilo.
—Que la cazadora es la hija de Isolda.
—Sylvia Isolda Drácula. La heredera desaparecida. —Griselda cerró los ojos con un suspiro—. Lo supe en cuanto la vi bajar de ese carruaje con su pelo rojo y su cara de mal humor. Es la viva imagen de su madre.
Me sentí tambalear. Una cosa es sospechar y otra muy distinta oírlo en voz de una bruja con un caldero. Me dejé caer sobre la tapa del ataúd con la mano en la frente.
—Isolda era mi reina —murmuré—. Yo era un joven vampiro sin importancia que le servía el té. Tenía una voz como un campo de lavanda. Y me regaló uno de sus pañuelos. Lo conservo.
—Lo sé.
—Cuando los renegados tomaron el castillo y asesinaron al rey, yo no estaba. Estaba en Londres, comprando un chaleco. —Se me quebró la voz—. He vivido veintitrés años con esa vergüenza.
—Fue el chaleco lo que te salvó la vida —dijo Griselda con ternura—. Y fue Isolda la que salvó a su hija. En su último aliento le encargó a sus súbditos más fieles que se llevaran a la bebé lejos de allí, que la criaran como a una humana cualquiera y que le hicieran un hechizo para ocultar su sangre. Mis amigos Marguerite y Edmund, que eran brujos de confianza, aceptaron el encargo. Y yo fui quien lanzó la maldición.
—¿La maldición?
—El hechizo, quise decir. —Se aclaró la garganta—. El hechizo de ocultación. Es muy sofisticado, Lucien. Hace que Sylvie sea una humana en cuerpo y alma. Que respire, que sangre, que se queme con el sol. Que ni siquiera tú, con tu olfato, puedas oler lo que realmente es.
—Pero yo noté algo en su sangre. Un sabor antiguo. A hogar.
—Eso es la sangre de Isolda, que asoma por las grietas. —Me clavó una mirada afilada—. Pero lo que importa es la cláusula.
—¿Qué cláusula?
—La del hechizo. Todo hechizo tiene una cláusula de salida. Es una norma de la brujería. Un conjuro sin cláusula es una cárcel, y yo nunca he querido que Sylvie viviera en una cárcel. Así que escribí una. Una sola. La más sencilla y la más difícil.
—Dila.
—El hechizo se rompe únicamente si Sylvie se enamora de un vampiro.
Silencio.
Un silencio de los gordos, de los que se pueden cortar con una espada de familia. Gaspard abrió la boca y la volvió a cerrar. En el fondo del caldero hizo plop una burbuja. Alguien, muy lejos, en alguna sala del castillo, dejó caer una bandeja.
—Repite eso —dije.
—Si Sylvie se enamora de un vampiro, el hechizo se rompe. Recuperará su sangre, su poder, su fuerza y su memoria. Despertará como la verdadera heredera de la Casa Drácula.
—¿Y por qué una cláusula tan absurda?
—Porque el amor entre dos criaturas de la oscuridad es la única magia lo bastante fuerte para deshacer un conjuro de esa clase. —Me miró con una expresión seria—. Y porque Isolda, en su último momento, pidió que su hija pudiera volver a ser quien era cuando encontrara a alguien que la quisiera por lo que era, no por lo que tenía.
Me quedé muy quieto. Sentí cómo el nudo de la garganta se me apretaba.
—Griselda —dije, y mi voz sonó rara—. Esto es un problema.
—Es un problema enorme.