Sylvie.
Hay muchas formas de presentarse ante la nobleza vampírica del continente. Con una corona sobre la cabeza, con un séquito de sirvientes de sombra, con un título impecable. Yo elegí la peor: empapada, con una burbuja de jabón en la punta de la nariz, un calcetín ajeno enganchado a la falda y un marido al lado cuyo flequillo, otrora una bandera, colgaba sobre su frente como un helecho mustio.
—Majestad —susurró Mortimer, que se había materializado a mi espalda con tres toallas, un peine y una expresión de dolor profundo—. Si me permite, hay que secarse.
—¿Ahora?
—Treinta y seis Casas la están mirando, majestad.
—Pues que miren.
—Con todo respeto, chorrea sobre la alfombra.
—No hay alfombra, Mortimer. Es el patio.
—Chorrea sobre el patio, entonces.
Me envolvió en una toalla enorme, de las de hotel de lujo, con el escudo de la Casa bordado en una esquina, y me frotó la cabeza con una energía de lavandera que me dejó el pelo como un nido de pájaro. Después se volvió hacia Lucien con el peine en alto, la expresión de quien va a salvar un naufragio y los ojos húmedos de antemano.
—Mi señor. Su flequillo.
—No hace falta, Mortimer.
—Cómo que no hace falta.
—Déjalo.
—Pero, mi señor...
—Déjalo así.
Mortimer retrocedió dos pasos con la mano en el pecho. Gaspard, que descansaba sobre una montaña de arroz crudo dentro de un cuenco que había traído la cocinera fantasma, y cuyo cristal, aún desplateado, empezaba a recuperar un brillo tímido, soltó un gemido de alarma.
—Mi señor está enfermo.
—No estoy enfermo.
—No se mira en ningún sitio. Lleva veinte minutos sin tocarse el pelo. Ni una sola vez. Ni siquiera ante la presencia de treinta y seis familias nobles.
—Me la lavó la máquina —dijo Lucien, con una sonrisa extraña, casi tímida—. La necesidad. Esa picazón de mirarme. Se ha ido, Gaspard. Y me siento... —Buscó la palabra con los ojos entornados—. Ligero.
—¡Es una tragedia! —lloró el espejo.
—Es una mejoría.
—Es lo mismo.
—No me lo parece.
Le toqué la mano. Estaba fría, mojada y firme. Lucien entrelazó los dedos con los míos sin mirarme, con la vista fija en la tarima, y noté en la yema de su pulgar un latido pequeño, regular, tozudo, como el de un reloj nuevo. Pensé que, aunque lo había visto despeinado, chamuscado, convertido en sapo y envuelto en un mantel, nunca me había parecido tan guapo como en ese momento, con el pelo lacio, la camisa hecha trizas y la cara limpia de cualquier ensayo.
—Hola —le dije.
—Hola —respondió, sin mirarme, con las orejas encendidas.
—¿Nervioso?
—Estoy casado con una reina delante de treinta y seis familias que hace un rato me vieron salir de una lavadora.
—Es un buen punto de partida.
—Es un récord.
Doña Perpetua golpeó la mesa con el mazo. Tres veces, con una cadencia de juez de pueblo que se sabe dueño de la sala.
—Se abre la sesión extraordinaria del Consejo de las Treinta y Siete Casas —proclamó—. Presido yo, en calidad de Decana de Registros, por antigüedad, por costumbre y porque nadie ha tenido el valor de quitarme el mazo.
—¡Me opongo! —gritó una voz desde la primera fila.
—Denegado.
—¡No he dicho por qué!
—Da igual. Es un trámite.
Se hizo el silencio. Fue entonces cuando pude mirar de verdad a la multitud, y tuve que apretar los labios para no soltar una carcajada ante lo que mi madre habría llamado un desfile de personajes.
En primera fila, con una tiara de hielo sobre una melena plateada y un abanico de plumas de pavo real, la Duquesa de Ravenscroft sostenía en el regazo una carpeta de cuero con un letrero que decía CURRÍCULUM. A su lado, un anciano de barba blanca hasta la cintura, con una capa de lana y una factura enrollada bajo el brazo, resoplaba en voz baja. Era el Gran Maestre de la Casa de los Cuarenta Ataúdes. Detrás, un cuarteto de hermanos rubios, de aire solemne, con trajes de marinero idénticos, afinaba en silencio violines, violas y un violonchelo con una concentración casi religiosa. La Casa Von Trapp. Al fondo, tras una pila de quesos de cinco ruedas, un caballero obeso de bigote caído, con un pañuelo blanco anudado al cuello, saludaba con la mano. Era el patriarca de la Casa Dragomir, y por lo visto había traído el regalo prometido.
Y en medio de todos, con la misma armadura abollada de siempre, el salchichón en el casco y una cara de honda emoción, Sir Ruperto de Valdemar, único representante de su Casa, que se había sentado entre dos duquesas con un cartel en el pecho que decía: SOY EL VOTO DE VALDEMAR.
—Ruperto —susurré.
—¡Majestad! —respondió él, en un susurro que se oyó en Marsella—. Hace trescientos años que nadie me deja votar.
—Vota con el corazón.
—¡Siempre!
—Primer punto del orden del día —prosiguió Doña Perpetua, y sacó de su bolso sellado un pergamino enorme, que se desenrolló con un chasquido hasta el suelo—. Acusación formal contra la pretendiente al trono de la Casa Drácula, alias Sylvia Isolda, alias Sylvie Black, por el delito reiterado de ciento veintitrés homicidios cualificados de miembros de las Casas aquí presentes.
Un murmullo recorrió el patio. Fue un murmullo ancho, ondulante, de gente muy bien educada que acaba de recordar que tiene motivos para estar ofendida. Los abanicos se agitaron. Los bastones golpearon el suelo. El anciano de los Cuarenta Ataúdes levantó su factura con aire acusador.
—Yo perdí a un sobrino —dijo.
—Yo, a un primo segundo —dijo la Duquesa de Ravenscroft.
—Yo, a una tía abuela —dijo el patriarca Dragomir, con un sollozo.
—Yo, a mi suegro —dijo alguien, en voz muy baja—. Aunque, para ser honesto, no lo echo de menos.
Noté cómo se me secaba la garganta. Miré a Lucien. Él me miró a mí. Los dos pensamos a la vez lo mismo: ciento veintitrés. Todos y cada uno de los vampiros que había derrotado desde los dieciséis años. Todos, según mis padres, renegados. Pero ¿y si no?