Un vampiro suelto en Brooklyn.

Capítulo 13: Chapuza.

Sylvie.

Quiero dejar constancia de que no grité el nombre de Lucien por miedo, ni por costumbre, ni por ninguna razón romántica.

Lo grité por pura eficiencia. Era el vampiro que tenía más cerca, tenía una espada y estaba desocupado. Es un razonamiento táctico que cualquier cazadora profesional entendería. Si alguien me pregunta, esa es mi versión, y no pienso cambiarla aunque me lo pidan con una sopa de la sinceridad en la mano.

Pero conviene contar las cosas desde el principio.

Cuando salí del salón con Mortimer, a la carrera, esquivando a los renegados llorosos que se abrazaban entre sí, no tenía otra idea en la cabeza que encontrar a mis padres. Bajamos por una escalera de caracol resbaladiza, con peldaños de queso curado que crujían como galletas. Mortimer iba delante, con su cesta de bocadillos colgada del brazo y la peluca torcida, murmurando sobre los daños del mobiliario.

—Señorita, quiero decirle que esto es una falta de respeto a la arquitectura —dijo—. Un castillo de queso. Con ratones. Se lo advertí a mi señor hace tres siglos, cuando conocimos a los Gorgonzola. Le dije que aquella gente no tenía futuro.

—¿Y qué te contestó?

—Que tenían muy buen gusto para los quesos. Lo cual es cierto, pero es un criterio insuficiente para elegir amistades.

Doblamos una esquina. En ese preciso instante, desde la oscuridad, voló hacia nosotros una rueda de queso de tamaño mediano, lanzada con una puntería admirable, y golpeó a Mortimer en pleno rostro. El mayordomo cayó de espaldas con un gemido, la cesta salió despedida, los bocadillos rodaron por los peldaños y el queso se hizo añicos contra la pared.

—Señorita... —murmuró desde el suelo, con la cara cubierta de requesón—. Siga sin mí. Dígale a mi señor que lo serví con orgullo. Y que me debe cuatro siglos de vacaciones.

—Mortimer, no te vas a morir.

—Me siento muy dramático, señorita. Déjeme disfrutarlo.

Lo dejé disfrutándolo. Seguí corriendo por el pasillo con una estaca en cada mano y el corazón latiéndome en la garganta. A medida que bajaba, el aire se volvía más frío y más húmedo, y el olor a leche agria se mezclaba con otro, más antiguo, más familiar. Olía a romero. Olía a sopa de cebolla.

Olía a casa.

Al fondo del corredor había una puerta de barrotes, abierta de par en par, y detrás de ella un calabozo grande, iluminado por varias velas. Me detuve en el umbral con la respiración entrecortada. Lo que vi me hizo olvidar el miedo, la prisa y las estacas.

Mis padres estaban sentados en torno a una mesita de campaña, en una celda decorada con cortinas de cuadros, un tapete de ganchillo y un jarrón de flores de papel. Mi madre, Marguerite Black, con su moño canoso, sus gafas gruesas y el delantal lleno de manchas, repartía cartas con la destreza de un croupier de casino. Mi padre, Edmund, remendaba un calcetín a toda velocidad, con la lengua entre los dientes. Y entre ambos, sentado en un cojín, con un sombrero de detective y una pipa de burbujas, estaba mi primo Bartolomé, un gnomo de metro diez, con el bigote engrasado y una expresión de gravedad absoluta.

Alrededor de la mesa, en una silla coja, había dos renegados con cuernos y armadura que miraban sus cartas con un interés febril. En un rincón, sobre una bandeja de plata, humeaba una torre de croissants dorados.

—Pareja de reyes —decía uno de los guardias, con los ojos llorosos.

—Trío de damas —replicó mi madre, mostrando sus cartas—. Os gano otra vez, queridos.

—¡Siempre ganas! ¡Esto es una injusticia!

—Es mi talento natural. Servíos un croissant, que se enfría.

—¡Gracias, señora Black! —sollozó el otro guardia—. ¡Es usted tan amable! ¡Llevo veinte años sin que nadie me trate con tanta delicadeza!

—Pobrecito. Toma, un pañuelo.

Me quedé inmóvil en el umbral, boquiabierta, con las dos estacas colgando de las manos como las de un cazador que llega a su propio funeral y se encuentra una fiesta de cumpleaños.

—¿Mamá? —dije.

Marguerite levantó la cabeza. Se le cayeron las cartas. Se le cayeron las gafas. Se le cayó el moño. Y de pronto, con un grito que hizo temblar los barrotes, se puso de pie de un salto y echó a correr hacia mí con los brazos abiertos.

—¡SYLVIE! ¡MI NIÑA! ¡MI VIDA! ¡MI CORAZÓN!

Me abrazó con tanta fuerza que se me cayeron las estacas. Mi padre llegó a continuación, con el calcetín a medio coser colgándole de la mano, y me envolvió con sus brazos flacos, sollozando contra mi hombro. Bartolomé se unió al abrazo por la cintura, porque no le llegaba más arriba, y aprovechó para presentarse con una voz emocionada.

—Detective Bartolomé Black, prima. Caso resuelto. Te he encontrado.

—Te hemos encontrado nosotros a ti.

—Es lo mismo, con otro orden.

Lloramos los cuatro durante casi cinco minutos. Mis padres me toqueteaban la cara, el pelo, los brazos, el cuello, buscando heridas. Mi madre dio un respingo al ver las dos marquitas del mordisco, ya casi desvanecidas, y soltó un alarido que hizo callar a los guardias.

—¡Te mordió! ¡Te mordió ese monstruo!

—Fue una vez. Y fue un mordisco muy educado.

—¡Edmund, ha dicho educado!

—¡Está perdida!

—¡Ha empezado el proceso!

—¿Qué proceso? —pregunté.

—¡Ninguno! —dijeron los dos a coro, con la misma voz aguda.

Me aparté con las cejas arqueadas. Mi madre se secó la nariz con el delantal. Mi padre se puso a remendar el calcetín con una prisa sospechosa. Bartolomé encendió la pipa y echó una burbuja con aire de experto en misterios.

—Mamá —dije despacio—. Papá. ¿Cómo estáis? ¿Cómo os han tratado?

—Ay, hija, muy bien —sonrió Marguerite, recuperando el aplomo—. Aquí han sido muy atentos. Nos trajeron mantas, una mesa, unas cartas. Y estos dos jóvenes, Gregorio y Hugo, nos han cuidado muy bien. Son unos chicos con mucho potencial.

—¡Gracias, señora Black! —lloró Hugo, el guardia de los cuernos—. Es la primera vez en mi vida que me dicen que tengo potencial.




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