Sylvie.
Los martes, según el calendario personal de Lucien Moreau, son el día de la melancolía.
Lo descubrí a las siete de la tarde, cuando bajé al comedor dispuesta a clavarle a Bernarda en el pecho entre el primer plato y el postre, y me encontré con que el vampiro más presumido del hemisferio norte estaba sentado en un diván de terciopelo gris, con la camisa abierta hasta el ombligo, un violín entre las manos y una expresión de dolor tan estudiada que merecía un premio de interpretación.
Había velas por todas partes. Había pétalos de rosa negra esparcidos por el suelo. Había una lluvia fina cayendo sobre la ventana, que sospecho que era artificial, porque llovía únicamente sobre el cristal del comedor y no sobre el resto del castillo. Y había, colgado de un gancho en la pared, un cuadro nuevo de Lucien con el título Retrato del Artista Contemplando el Vacío, que todavía olía a pintura fresca.
—Llegas en el momento justo —murmuró sin mirarme, con voz de ultratumba—. Estoy a punto de tocar mi pieza más triste.
—No me interesa.
—Es una composición propia. Se llama Sonata para un corazón que no late.
—Qué original.
—Es autobiográfica.
Se acomodó el violín bajo la barbilla, cerró los ojos, levantó el arco con una lentitud dramática y empezó a tocar. Lo hacía bien, y eso fue lo que más me molestó. Las notas se alargaban en el aire, graves y dulces, con un temblor tan elegante que hasta los candelabros dejaron de cuchichear. Tocó con los ojos cerrados y el ceño fruncido de dolor, balanceándose despacio, con el cabello cayéndole sobre la frente y una lágrima, una sola, resbalándole por la mejilla pálida con una puntería de actor profesional.
Debo admitir que durante dos minutos me conmoví. Después descubrí que Gaspard, desde el brazo del diván, sostenía un pañuelo de seda y se lo pasaba a Lucien en el momento exacto en que la lágrima llegaba a la barbilla, y que Baltasar, desde lo alto, controlaba la intensidad de la luz con la llama para que le iluminara el perfil izquierdo.
—Esto está coreografiado —dije en voz alta.
—Shhh —susurró Gaspard.
—Esto está ensayado. Es una trampa emocional.
—Es arte, señorita. Cállese, que llega el momento de la modulación.
Lucien terminó con un largo acorde final, que sostuvo con los ojos cerrados y la barbilla alzada. El silencio se instaló en la sala como un gato. Después abrió los ojos, que estaban húmedos y brillantes, me miró con la tristeza infinita de un poeta incomprendido y preguntó en voz baja:
—¿Qué te ha parecido?
—Que ensayas demasiado.
—Qué cruel. Qué deliciosamente cruel. —Dejó el violín en el diván con reverencia y se secó la mejilla con el pañuelo—. Es por eso que me gustas, Sylvie. Eres la única persona que me dice la verdad sin anestesia.
—Pues te voy a decir otra. Voy a matarte.
—Hoy es martes, querida. Los martes soy vulnerable. Tienes mi permiso para intentarlo.
Y se tumbó en el diván con los brazos abiertos, la camisa abierta, los ojos cerrados y la expresión de un mártir en un cuadro del Renacimiento.
Yo me quedé de pie, con Bernarda en la mano y la boca abierta. Dudé un momento. Dos. Tres. El corazón me latía con una fuerza ridícula. Me acerqué despacio, levanté la estaca con las dos manos, apunté al pecho pálido, contuve la respiración...
Y entonces Lucien abrió un ojo.
—Tienes una pequeña mota de harina en la mejilla —dijo, con ternura—. Estuviste en la cocina otra vez.
—¿Qué?
—Aquí. —Levantó una mano y me rozó la cara con el pulgar, con tanta suavidad que me quedé congelada—. Ya está.
Me aparté de un salto. Se me cayó Bernarda al suelo. Un fantasma sirviente que pasaba por allí con una bandeja se llevó las manos a la boca con un suspiro.
—¡No me toques! —grité.
—Perdón. Es una costumbre de caballero.
—¡Es una costumbre de pervertido!
—Son dos caras de la misma moneda. —Se incorporó con una sonrisa traviesa, recogió la estaca, me la devolvió con una reverencia y añadió—: Inténtalo mañana. Los miércoles soy elegante. Es más difícil.
Me fui con la cara ardiendo, los puños cerrados y la sensación de que me habían robado una victoria que ni siquiera había ganado.
Esa noche no pude dormir.
Di vueltas y vueltas en la cama de dosel, con los ojos clavados en el techo y la estaca abrazada contra el pecho. Repasé mentalmente todos los motivos por los que debía odiar a Lucien Moreau: había asesinado a cuarenta personas más o menos, me había mordido sin permiso, me había secuestrado, había lanzado mi estaca favorita a su colección, se había leído su propia biografía en mi cuarto y llevaba cuarenta y siete pañuelos de seda. Eran razones de peso. Razones sólidas.
Y sin embargo, cada vez que cerraba los ojos, lo único que veía era su sonrisa dormida y una lágrima fabricada en la mejilla.
—Estoy perdiendo el juicio —murmuré.
—No eres la primera —respondió la puerta desde su rincón, con un bostezo de bisagras—. Aquí todo el mundo lo pierde. Es el aire. Tiene mucho polvo de ego.
—Tú no puedes hablar. Eres una puerta.
—Por eso mismo sé de lo que hablo. Llevo tres siglos viendo entrar y salir a gente con cara de bobos.
—Yo no tengo cara de boba.
—Claro que no. La tienes de cazadora enamorada.
Le tiré una almohada. La almohada rebotó contra la madera y cayó al suelo sin gloria alguna.
—Mal tiro —se rio la puerta—. Tu puntería ha empeorado desde que llegaste.
—Cállate. Duérmete.
—Soy una puerta. No me duermo. Me aburro.
—Pues aburre a otro.
—No hay otro. Todos están muy ocupados esta noche.
Algo en el tono de su voz me hizo incorporarme.
—¿Ocupados con qué?
—No sé de qué hablo.
—Puerta.
—No me llamo Puerta.
—Dime qué pasa.
—No puedo. Es secreto. Mortimer me lo prohibió.
—¿Mortimer te prohibió algo?
—Dijo que no te asustara. Y que no te lo contara hasta que fuera necesario. —La puerta carraspeó con un crujido nervioso—. Pero ya me he ido de la lengua, ¿verdad?