Un vampiro suelto en Brooklyn.

Capítulo 14: Anfibio.

Lucien.

Si me hubieran preguntado hace una semana cuál era mi mayor miedo, habría respondido sin dudar: una arruga. Dos, si se trataba de una convención de arrugas. Jamás habría imaginado que mi mayor miedo, en realidad, era acabar convertido en un sapo de siete centímetros dentro del bolsillo de un abrigo de cuero que olía a lavanda, a ajo y a baba de ácaro.

Y sin embargo, ahí estaba.

Debo hacer constar, para la posteridad, que no era un sapo cualquiera. Era el sapo más guapo de la historia de los anfibios. Lo sé porque me lo dijo Gaspard, que acababa de acomodarse junto a mí en el bolsillo, con el marco ladeado y las pestañas empapadas de lágrimas.

—Mi señor, nunca he visto una piel verde con tanto carácter.

—Croac.

—Y esos ojos dorados. Parecen dos monedas de oro viejo.

—Croac.

—Y el mechón. Os ha quedado un mechón insuperable. Habéis hecho del flequillo una cuestión de Estado.

—Croac, croac.

—Dice que es una verdad como un templo —tradujo Gaspard, para los que no hablaban anfibio.

La parte peor de ser un sapo, dicho sea de paso, es que mi cabeza seguía funcionando a la perfección. Pensaba en frases largas, ingeniosas, llenas de subordinadas y de metáforas. Pero la boca, esa boca ancha, sin labios, con una lengua pegajosa de tamaño absurdo, solo sabía emitir un sonido. Un sonido profundo, vibrante, con muchísima personalidad. Pero un único sonido.

Asomé la cabeza por el borde del bolsillo, con la barbilla temblorosa, y contemplé la escena del patio con la indignación de un monarca destronado.

El cielo clareaba por el este. Una franja gris, delgada, sucia, se abría sobre las Montañas del Cuajo, y yo sabía, con la certeza de un reloj, que me quedaban unos cuarenta minutos antes de que el sol me convirtiera en un sapo frito. Tenía a mi derecha a Sylvie, con las dos estacas en alto y el pelo revuelto, rodeada por sus padres, un primo detective y un ácaro gigante. Tenía a mi izquierda a una bruja anciana con un caldero, a una armadura con un salchichón en el casco, a un candelabro colgado de una viga y a una puerta de roble que se sostenía sobre dos patas de silla. Y delante de nosotros, bajo un arco de ladrillos de queso, tenía a Vladimiro Gorgonzola con su corona de cartón, su capa de oso y una sonrisa de loco.

A los pies de Vladimiro, burbujeaba con un olor nauseabundo un caldero negro de la altura de una barrica.

—Damas y caballeros —proclamó, abriendo los brazos con teatralidad—. Bienvenidos a la ceremonia más importante de la historia de los vampiros. Hoy, antes del amanecer, me convertiré en el soberano absoluto de la noche. Con la sangre de la última heredera de los Drácula, mi poción alcanzará su plenitud. Y yo, Vladimiro I, rey de las tinieblas, señor del queso azul, emperador de las cuevas, brindaré con vosotros por el nuevo orden.

—Es un discurso penoso —murmuró Gaspard.

—Croac.

—Lo sé, señor. Ha usado la palabra queso demasiadas veces.

—¡Silencio en las filas! —aulló Vladimiro, mirando alrededor—. ¿Dónde está mi ejército? ¿Dónde están mis hombres?

Los renegados, que se habían reunido en semicírculo alrededor del patio, sentados sobre barriles y sacos, se secaron las lágrimas con los pañuelos que mi madre adoptiva política, Marguerite, había ido repartiendo con la generosidad de una abuela. Gregorio, el panadero frustrado, ofrecía croissants recién hechos a quien se acercaba. Hugo lloraba abrazado a un osito de peluche. Un grupo de ballesteros cantaba, a coro y muy bajito, una nana en un idioma que ni siquiera yo reconocí.

—Jefe —dijo uno, levantando la mano con timidez—. Es que... estamos un poco sensibles.

—¿Sensibles?

—Sí. Hoy nos hemos puesto a pensar en nuestras vidas. Y creemos que quizá no queremos ser malos.

—¿No queréis ser malos?

—Estamos barajando alternativas.

Vladimiro se quedó inmóvil. Su cara, ya de por sí rojiza, pasó por todos los tonos del tomate hasta llegar a un morado intenso. Alzó el cetro de salami y lo agitó en el aire con una furia incontenible.

—¡TRAIDORES! ¡OS DESPEDIRÉ A TODOS! ¡OS QUITARÉ LA PAGA DE CUARENTA EUROS! ¡OS DEJARÉ SIN SEGURO DENTAL!

—¡Ya no teníamos seguro dental! —lloró Hugo.

—¡Pues os lo quitaré igualmente!

—¡Qué injusticia!

—¡Qué crueldad!

—¡Qué desastre de liderazgo! —murmuró Griselda, y apuntó el caldero hacia el cielo—. Aprovechemos el momento.

Fue entonces cuando Vladimiro, harto, se volvió hacia Sylvie con los ojos inyectados en sangre, descolgó de su cinto una daga de plata con mango de hueso y la blandió ante todos.

—¡Basta de dilaciones! ¡El sol está a punto de salir! ¡Que traigan a la heredera!

Dos renegados corpulentos dieron un paso al frente, pero se detuvieron en seco. Delante de Sylvie, como una pared humana, se habían colocado Marguerite y Edmund Black, tomados de la mano, con las gafas torcidas y las caras de dos padres dispuestos a morir por su hija.

—Sobre mi cadáver —dijo Marguerite, con una voz de acero.

—Sobre nuestros calcetines —añadió Edmund.

—Y sobre mi sombrero —remató Bartolomé, que acababa de ponerse a su lado con la pipa en alto.

—Vaya, vaya —sonrió Vladimiro—. Una familia unida. Qué conmovedor. Os dejaré a todos como ingredientes secundarios.

—¡Fernando! —gritó Sylvie—. ¡Aquí, chico!

El ácaro gigante, que había permanecido detrás de ella con la lengua colgando, dio un salto de alegría y se plantó de pronto frente a Vladimiro con los ocho ojillos centelleando. Los dos guardias, Gregorio y Hugo, gritaron al unísono.

—¡Fernando, no! ¡Es tu amo!

—¡Ya no es su amo! —dijo Sylvie, y señaló a Vladimiro con la estaca—. ¡Fernando! ¡Muerde!

El bicho soltó un chillido de entusiasmo, abrió la bocaza, se lanzó sobre el vampiro gordo y le dio un lametón de arriba abajo que lo dejó chorreando baba desde la calva hasta las botas.

—¡PUAJ! —aulló Vladimiro, retrocediendo con las manos en la cara—. ¡Qué asco! ¡Qué repugnancia! ¡Que alguien me traiga un trapo!




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