Un vampiro suelto en Brooklyn.

Capítulo 4: Caos.

Lucien.

Existen en el mundo muy pocas cosas que puedan sorprender a un hombre de trescientos doce años. He visto caer imperios. He visto nacer la pólvora, la imprenta y el pantalón ajustado. He visto a un rey francés perder la cabeza literalmente. Pero hasta esa noche no había visto a una mujer pelirroja con el moño deshecho lanzarme un jarrón de la dinastía Ming a la cara mientras yo bajaba una escalera de mármol con música de órgano.

Reaccioné con la rapidez de un depredador. Me aparté un paso a la izquierda, extendí la mano derecha y atrapé el jarrón a veinte centímetros de mi nariz, con los dedos perfectamente curvados y la expresión de un hombre que ha ensayado ese gesto frente al espejo durante décadas.

Que es exactamente lo que había hecho.

—Dinastía Ming, año 1403 —dije con la voz más serena que logré componer, examinando el fondo del jarrón—. Es auténtico. Vale cuatro millones de dólares. Lo compré en una subasta en Pekín y me costó una guerra con un coleccionista de Hong Kong.

—¡Pues cuídalo mejor! —gritó Sylvie, y agarró un candelabro de pie.

—¡Mi señor! —gimió Gaspard desde mi bolsillo, con un hilo de voz—. ¡Ha sido una mala idea decirle el precio! ¡Ahora ella querrá romperlo todo!

—Ya quería romperlo todo, Gaspard. El precio solo le ha dado un incentivo.

El candelabro salió volando por los aires. Lo esquivé con un giro de cadera que hubiera arrancado un aplauso en cualquier teatro de Viena. El candelabro se estrelló contra la armadura de Sir Ruperto, que lanzó un grito agudo muy poco caballeroso y cayó de espaldas con un estruendo de hierros.

—¡Estoy herido! —gritó desde el suelo—. ¡Digan a mi madre que morí con honor!

—Tu madre murió hace ochocientos años, Ruperto —dijo Baltasar desde lo alto, y su llama azul tembló de la risa—. Y no te ha dado ni un rasguño.

—¡Me ha dado en el orgullo!

—Eso no cuenta.

Dejé el jarrón sobre el aparador con una delicadeza exagerada, me alisé el chaleco y le dediqué a mi invitada la mejor de mis sonrisas, esa que provoca desmayos en tres continentes.

—Querida Sylvie, te veo descansada. Tienes un brillo muy favorecedor en las mejillas. ¿Es el rubor de la ira o es que has descubierto mi colección de rosas?

—Es el rubor de las ganas de arrancarte la cabeza —contestó ella, jadeando, con una pata de silla en la mano que acababa de arrancar de un taburete de roble.

Me quedé mirando la pata de silla. Era una pieza antigua, del siglo diecisiete, tallada a mano, con la punta ligeramente afilada por el uso. Una estaca improvisada de muy buena calidad, hay que reconocerlo. Me la imaginé clavada en mi pecho con un reconocimiento profesional.

—Debo felicitarte por tu ingenio —dije, haciendo una pequeña reverencia—. Has convertido un mueble en un arma de destrucción masiva en menos de un minuto. Eres una joya.

—¡Estoy furiosa!

—Lo noto. Es parte de tu encanto.

—¡Me has secuestrado!

—He ejercido una hospitalidad intensiva.

—¡Me mordiste!

—Fue un mordisco de cortesía.

—¡Me dejaste una nota con una posdata!

—Fue un detalle personal.

Sylvie lanzó un alarido de frustración que hizo vibrar los vitrales. Después corrió hacia mí con la pata de silla en alto, gritando una serie de insultos que no repetiré por respeto a mis oyentes. Yo, que soy un caballero, retrocedí con elegancia hasta la mesa del comedor, la esquivé con un salto por encima del respaldo de una silla, rodé por el suelo con una pirueta que Gaspard calificó después de espectacular, y terminé de pie junto a la chimenea, ligeramente despeinado pero con la dignidad intacta.

Fue entonces cuando me di cuenta de que había cometido un error de planificación.

Había mandado preparar una cena de gala.

Quiero explicar esto antes de que alguien me juzgue. Yo había pasado el día entero, o la parte del día en que no estaba durmiendo para conservar mi belleza, organizando el banquete de bienvenida más espectacular de la historia del castillo. La mesa del gran comedor medía veinte metros de largo y estaba cubierta con un mantel de lino negro bordado con hilo de plata. Había cuarenta velas encendidas, doce candelabros, una docena de rosas negras en jarrones de cristal, platos de porcelana de Sèvres, cubiertos de plata maciza y una copa de cristal para cada una de las siete bebidas que había planeado servir. En el centro, sobre una bandeja enorme, tenía un pavo asado con una manzana en el pico, porque la cazadora era humana y tenía que comer algo más que huevos.

Todo estaba colocado con una precisión geométrica. Cada servilleta doblada en forma de cisne. Cada tenedor alineado con el borde. Cada vela encendida a la misma altura. Era un trabajo de orfebrería, un monumento al buen gusto.

Y Sylvie Black acababa de entrar en él como un huracán.

—¡Ahora sí! —gritó, y cogió con las dos manos el pavo asado de la bandeja—. ¡Cómete esto!

—¡El pavo no! —grité yo, con un tono que no me reconocí—. ¡Es la pieza central!

El pavo voló por los aires con la manzana en el pico, describió una parábola preciosa sobre las velas y aterrizó con un chof sonoro en la cabeza de Mortimer, que acababa de entrar con una bandeja de copas.

Mortimer se quedó inmóvil. La bandeja le temblaba en las manos. Un hilo de salsa le resbalaba por la frente. Con una paciencia sobrenatural, levantó una mano enguantada y retiró el pavo de su cabeza, lo depositó con cuidado en una silla y dijo, con la misma voz de funeral con la que anunciaba la hora de la cena:

—Si el amo me permite una observación, creo que el banquete se ha complicado.

—Gracias, Mortimer. Tu capacidad de síntesis es admirable.

—Siempre a su servicio, mi señor. Me iré a cambiar de peluca.

—Pero tú no usas peluca.

—Ahora sí.

Mientras tanto, Sylvie se había armado con dos tenedores de plata y un plato de Sèvres, que lanzó como un disco olímpico. Se estrelló contra la pared y se hizo mil pedazos. Gaspard lanzó un grito de desolación.




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