Lucien.
Llevo trescientos doce años sosteniendo que no hay nada en el mundo capaz de dejarme sin palabras. Quienes han leído mis memorias, cuatro tomos con notas al pie, saben que he tenido opinión sobre todo: la monarquía, el vino, el uso del gerundio y la posición correcta del cuello de una camisa.
Pues bien, la voz que sonó en la biblioteca me dejó mudo. No por el timbre ni por el mensaje. Me dejó mudo porque era una voz tan aburrida que mi cerebro se negó a registrarla. Fue como intentar recordar el sabor del agua.
—Qué pena —repitió, desde alguna parte—. Con lo bien que se estaba hablando.
Las puertas de la biblioteca, que se habían cerrado con un golpe, mostraban ahora un sello de cera gris del tamaño de un plato, con una palabra grabada: CLAUSURADO. Las ventanas tenían otro. La chimenea, otro. Hasta el montaplatos, por el que yo había llegado, lucía un papelito pegado con celo que decía FUERA DE SERVICIO POR OBRAS.
—Eso no lo ponía antes —murmuró Mortimer, indignado.
—No lo ponía —confirmó Eufrasia, que se había quedado clavada en el suelo con un sello en el pomo—. Y me pica.
De detrás de una estantería de manuales de contabilidad vampírica salió un hombre.
Describirlo es un desafío porque, apenas dejas de mirarlo, la memoria suelta los detalles uno a uno, como migas de pan en un río. Era un hombre de mediana estatura, de mediana edad, de mediana expresión, con traje gris, corbata gris, bombín gris y un maletín gris del que colgaba una etiqueta con un nombre. Tenía el cabello color ceniza y los ojos del color de un jueves por la tarde. Se detuvo junto al atril del libro negro, dejó el maletín sobre la mesa con un golpecito, abrió los cierres y sacó un sello de goma.
—Buenas tardes a todos —dijo—. Perdonen la molestia. Vengo a regularizar una situación.
—¿Quién es usted? —pregunté.
—El Canciller —respondió, con una sonrisita de oficinista que ha esperado veintitrés años para decir la frase—. Aunque ahora, si me permiten, prefiero que me llamen por mi nombre.
Tomó la etiqueta del maletín y la mostró a la sala. La leí con atención. Estaba escrita con una caligrafía clara, bien trazada, y decía algo que empezaba por G. Apreté los ojos para retener el nombre. Lo tenía. Casi lo tenía. Pero en cuanto cerré los párpados, se me escurrió de la cabeza como una anguila untada en mantequilla.
—Gaspard —susurré, con la boca torcida—. ¿Cómo dice que se llama?
—No lo sé, mi señor. Lo he leído tres veces. Cada vez que parpadeo se me borra del cristal.
—Es el hechizo —dijo Isolda, desde el centro de la sala, con los ojos fijos en el recién llegado—. Una ocultación de nombre. La mejor que existe. Cuanto más lo miras, menos lo recuerdas.
—Es un honor que lo diga la reina —se inclinó el Canciller—. Una ocultación perfecta no se improvisa. Lleva años de dedicación. Y de papeleo.
—¡Tú! —bramó Draven, que se había quedado blanco bajo su túnica—. ¡Tú eres el de la llave! ¡Tú abriste las puertas!
—Fui yo, sí. Con todos los permisos en regla.
—¡Mataste a mi padre!
—No lo maté. Lo jubilé anticipadamente. Hay una diferencia administrativa.
—¿Cuál?
—Que él no firmó.
Un murmullo de espanto recorrió la biblioteca. Mi suegra política, quiero decir, Marguerite, se santiguó con un frasco. Edmund se escondió detrás de un calcetín. Bartolomé apuntaba frenéticamente en su libreta, aunque cada vez que levantaba la vista para mirar al Canciller, la frase se le borraba de la página.
—No consigo escribir su nombre —se quejó—. Lo apunto y desaparece. Es una injusticia para la ciencia.
—Es una medida de seguridad, joven —explicó el Canciller, con paciencia—. Vuelva a intentarlo cuando le dé la luz.
Dio un paso al frente, apoyó el sello en una almohadilla y lo hundió con un golpe seco sobre un papel que acababa de sacar de la manga. El estampido resonó como un trueno. Del suelo brotó una niebla gris con olor a tinta y a fotocopiadora, y las estanterías, una tras otra, se cubrieron de etiquetas que decían ARCHIVADO.
—Quiero dejar claro que no soy un hombre violento —continuó, con una voz tan monótona que me dieron ganas de dormir—. Prefiero resolver los conflictos por la vía del procedimiento. Esta mañana, por ejemplo, tramité la ocupación de su castillo. Con acuse de recibo.
—¿Y quién lo recibió? —preguntó Mortimer.
—Yo mismo. Es más práctico.
—¡Fuera de mi biblioteca! —ordené, con toda la dignidad que me permitía un mantel anudado a la cintura.
—Imposible. Está clausurada. —Señaló con la barbilla el sello de la puerta—. Es una cuestión de seguridad e higiene.
Ruperto, que a esas alturas ya había recuperado el hacha, dio un grito de guerra y se lanzó sobre el Canciller con el salchichón al viento. El hombre gris ni siquiera se inmutó. Sacó el sello, lo apoyó en el aire y lo estampó con la mano libre. Una nube de tinta envolvió a la armadura, que se detuvo con el hacha en alto, rígida como una estatua, y en el peto apareció una etiqueta redonda: PENDIENTE DE RESOLUCIÓN.
—No puedo moverme —dijo con voz hueca—. Pero me siento muy tranquilo.
—Es el efecto del trámite —explicó el Canciller—. Quita las prisas.
Baltasar, desde el techo, lanzó un chillido de espanto, soltó la cuerda y cayó como un meteorito azul. Otro estampido. Otra nube. El candelabro quedó suspendido en el aire, con las veinticuatro velas apagadas y un letrerito en la base: EN ESPERA DE INFORME.
—¡Es el infierno! —lloró—. ¡El infierno de la burocracia!
—Qué exagerado —suspiró el Canciller, y se volvió hacia Eufrasia—. Con usted, señora puerta, tengo que hablar. Lleva años abriéndose y cerrándose sin licencia.
—¡Yo tengo todos los permisos!
—No consta.
—¡Me llamo Eufrasia de las Bisagras Doradas!
—No figura en el registro.
—¡Porque lo decidí hace dos días!
—Pues tiene que presentar una instancia.
El estampido siguiente fue sonoro. Eufrasia cayó de plano sobre la alfombra con las patas de silla en el aire y un sello en la frente: DENEGADO.