Sylvie.
Hay despertares buenos y despertares malos. Un despertar bueno es el de un domingo sin despertador, con olor a café y una gata ronroneando sobre la barriga. Un despertar malo es el que tienes cuando abres un ojo a las tres de la madrugada y descubres a un vampiro de trescientos doce años sentado a los pies de tu cama, a la luz de una vela, leyéndose en voz baja su propia biografía.
Grité. Grité tan fuerte que oí cómo, tres pisos más abajo, algo de cristal se estrellaba contra el suelo y alguien gemía con voz de candelabro.
—¡Sylvie, por favor! —susurró Lucien, levantando las dos manos con el libro todavía abierto entre los dedos—. Vas a despertar a los murciélagos.
—¡Los murciélagos que se despierten! ¡Tú qué haces en mi habitación!
—Comprobaba la reja de la ventana.
—¡La ventana está a cinco metros de la cama!
—Es una reja muy grande. Requiere supervisión.
La pata de silla, que seguía abrazada contra mi pecho como un peluche, salió disparada hacia su cabeza. Él la atrapó en el aire sin levantar la vista del libro, marcó la página con la punta de un dedo y dejó la pata sobre el edredón con un gesto de infinita paciencia, como quien devuelve un juguete a un niño malcriado.
—Estaba leyendo para ti —explicó con tono dulce—. Es un capítulo muy emotivo, el de mi nacimiento. Aunque técnicamente no nací, sino que me transformé, pero los editores insistieron en poner nacimiento porque vende más.
—¿Escribiste una biografía de ti mismo?
—Escribieron cuatro. La mía es la mejor. La firmé yo.
—¡Fuera!
—Un momento. Quiero leerte la parte de mi infancia en Borgoña. Hay una escena con un caballo que te va a encantar.
—¡Fuera de mi cuarto, Lucien Moreau!
—Mi nombre en tus labios suena mejor que en los míos.
—¡FUERA!
Se levantó con un suspiro de artista incomprendido, se alisó la bata de seda negra, que llevaba abierta hasta un punto que no pienso describir, cerró el libro con ternura y me hizo una reverencia.
—Buenas noches, mi querida cazadora. Que sueñes con mi perfil izquierdo.
—Que sueñes tú con una estaca en el corazón.
—Qué amable. Lo apuntaré en mi diario.
Cruzó la habitación con la vela en alto, la capa arrastrando como una cola de pavo real, y al llegar a la puerta, esta se cerró de golpe y le pilló la bata.
—¡Ay! —dijo Lucien, que se quedó pegado a la madera como una mariposa en un alfiler.
—Lo siento —dijo la puerta, sin el menor arrepentimiento—. Se me resbaló la bisagra.
—Puerta, abre.
—No me llamo Puerta.
—Abre, por favor.
—Si me dices mi nombre.
—No sé tu nombre. Nunca me lo has dicho.
—Ahí está el problema.
Hubo un silencio. Después, con mucha dignidad, Lucien se soltó la bata del cierre de un tirón, dejando un jirón de seda colgando de un herraje, abrió la puerta con el hombro y salió al pasillo con la cabeza muy alta, sin mirar atrás.
Me quedé sentada en la cama. Oí sus pasos alejarse. Oí a Baltasar, desde algún lugar, preguntar si estaba todo bien. Oí la voz de Lucien contestar con orgullo herido que todo estaba perfecto, que era una cuestión de bisagras. Y entonces, sin poder evitarlo, me tapé la cara con la almohada y me reí.
Me reí un buen rato. Después me enfadé conmigo misma por haberme reído.
Mi madre siempre decía que una cazadora que se ríe con un vampiro ya ha empezado a perder. Y yo, Sylvie Black, no pensaba perder nada. Me senté en el borde de la cama, miré la reja de la ventana, miré mis pantuflas de seda, miré el medallón que tenía otra vez tibio sobre el pecho, y tomé una decisión.
Iba a matarlo. Esa misma mañana. Mientras dormía.
—Es un plan muy sensato —comentó la puerta desde su rincón.
—No te he preguntado.
—Lo digo como puerta imparcial. Aunque, para que lo sepas, él tiene doce ataúdes.
—¿Doce?
—Doce. Y nunca sabes en cuál va a dormir. Es una medida de seguridad. O de vanidad, depende de a quién le preguntes.
—Genial —murmuré—. Me encanta.
—Sé que te encanta. Se te nota en la cara.
No dormí más. Pasé las horas que faltaban para el amanecer fabricando una estaca. No tenía cuchillo, no tenía sierra, no tenía nada que no fuera una pata de silla del siglo diecisiete y una cucharita de plata que había guardado del desayuno. Con una paciencia monástica me puse a afilar la punta de la madera contra el borde de piedra de la chimenea, a golpecitos suaves, escuchando el roce rítmico del roble contra la roca. Un trabajo lento y noble. Cuando terminé, a eso de las seis y media, tenía en las manos una estaca de cuarenta centímetros, rugosa, irregular y bastante fea, pero con una punta que atravesaría a cualquier criatura.
Le puse nombre. Se llamaba Bernarda. Gertrudis estaba en la colección del vampiro, y una cazadora necesita siempre una estaca con personalidad.
—Es horrible —opinó la puerta.
—Es funcional.
—Es una pata de silla con ambiciones.
—Ábreme.
—Tengo órdenes de no abrirte.
—Tienes órdenes de no abrirme mientras él esté despierto. Ahora duerme. Es de día. Así que técnicamente no estás desobedeciendo.
La puerta se quedó callada, que es el equivalente de una puerta a rascarse la barbilla.
—Eso es un razonamiento legal bastante bueno —admitió.
—Soy muy lista.
—Pues sí. Mmm. —Bisagras, crujidos, un suspiro de madera—. Está bien. Pero si me pillan, diré que me forzaste.
—Dirás lo que quieras.
—Y si me convierte en leña, te perseguiré en espíritu.
—Perfecto. Ábrete.
La puerta chasqueó. La cerradura giró sola. Y yo salí al pasillo con Bernarda en la mano, el corazón desbocado y las pantuflas de seda, en una misión suicida que, desde luego, no había aprendido en ningún manual del gremio.
El castillo de día es un lugar distinto. Las antorchas están apagadas, las armaduras duermen, los fantasmas se retiran a lo más profundo de las paredes y la luz pálida de la mañana entra por los vitrales dibujando rombos de colores sobre el mármol. Tendría que haber sido bonito. Habría sido bonito, de no ser porque todos los objetos del lugar tenían el sueño ligero y la lengua larga.