Un vampiro suelto en Brooklyn.

Capítulo 35: Limpieza.

Sylvie.

Hay cosas que una recién casada espera encontrar en su noche de bodas. Un ramo de rosas. Una vela. Un marido emocionado. Lo que yo encontré fue a Vladimiro Gorgonzola, antiguo rey de las cuevas y emperador del queso azul, roncando en nuestro ataúd de lujo, con un gorro de dormir con borla y una rueda de gorgonzola abrazada contra el pecho como un osito de peluche.

—Se ha puesto cómodo —observó Lucien, con una calma que le temblaba en la barbilla.

—Es evidente.

—Ha quitado los almohadones de seda para poner los suyos.

—Y se ha traído una manta con estampado de vacas.

—Y mi cisne le tapa la cara con un ala.

—Qué descaro.

—Es el ataúd de ocasiones especiales.

—Y lo ha convertido en una ocasión especial para él.

En mi cabeza, la reina Sylvia Primera dejó la taza de té sobre el platillo con un golpecito seco que me retumbó en las sienes.

—Allanamiento de morada real —dictaminó—. Uso indebido de mobiliario soberano. Ocupación ilegal de un lecho nupcial. Pena de decapitación.

—No vamos a decapitar a nadie —respondí, hacia dentro.

—Una amputación leve, entonces.

—Está dormido.

—Eso lo agrava. Un intruso consciente tiene al menos la decencia de justificarse.

—Pues le preguntamos cuando despierte.

—Nos proponemos preguntarle con una estaca.

—Con un chocolate.

Hubo un silencio de reina ofendida. Después, con el tono de quien cede una provincia, murmuró:

—Con nata.

Me acerqué al ataúd de puntillas, con el vestido burdeos susurrando contra el suelo, y le di un golpecito en el hombro. Vladimiro soltó un ronquido largo, rugió algo sobre una vaca, abrió un ojo y me miró desde el fondo de un sueño muy hondo.

—Mamá —dijo.

—No soy tu madre.

—Mamá, no me pegues. Fue un queso pequeño.

—Vladimiro.

—Mamá, hoy no he hecho nada malo. Solo me he pasado de ambicioso.

—¡Vladimiro!

Se incorporó con un chillido de cerdo en una carnicería. Se le cayó el gorro de dormir. Se le ladeó la corona de cartón. Abrazó la rueda con las dos manos y retrocedió contra el cisne, pálido como la leche cuajada, con los bigotes temblándole y los ojos como dos huevos fritos.

—Majestad —balbuceó—. Perdón. Perdón. No sabía que era vuestro ataúd.

—Tiene una placa que dice Sábados de Esplendor.

—Pensé que era un servicio de hospedaje. —Se limpió una lágrima con la manga del camisón—. Es que he caminado toda la noche. Después de lo del queso, de la huelga, del golem, del desahucio... Me echaron de la fortaleza. Los acreedores. Me quitaron hasta el cetro de salami.

—Lo siento —dije, y para mi sorpresa lo dije de verdad.

—Gorgonzola y Asociados ha quebrado. Mis hombres se han ido a un taller de panadería. Mi abuelo, el golem, duerme la mona en un establo. Y me quedaba la rueda. Esta rueda. —La apretó contra el pecho con ternura—. Es lo único que me queda de la familia.

—Es un queso, Vladimiro.

—Es un queso con historia.

Lucien, a mi lado, se llevó la mano al flequillo con un gesto de cansancio que ya le conocía bien. Me miró de reojo. Yo le miré de reojo. Los dos pensábamos lo mismo y ninguno quería ser el primero en decirlo.

—Está en la ruina —murmuró él.

—Es nuestro enemigo —murmuró la reina.

—Es un hombre sin casa —murmuré yo, y me toqué las dos orejas a la vez.

Decidimos, por unanimidad de tres votos y una abstención del queso, ofrecerle empleo. Proveedor Oficial de Lácteos de la Casa Drácula. Con alojamiento en el sótano, un uniforme y la promesa solemne de no volver a secuestrar a nadie. Vladimiro lloró, besó la rueda, besó el ataúd, intentó besarme a mí y recibió un empujón de Lucien que lo dejó sentado sobre los almohadones de vacas.

—Majestad, no sé cómo pagaros...

—Con queso.

—Os doy toda la rueda.

—Con un trozo basta.

—¡Qué generosa!

—Es que huele fatal.

—Es su carácter.

Estábamos terminando de acordar las condiciones cuando un chillido de madera rasgó el silencio. Eufrasia, desde el vestíbulo, había dado la voz de alarma con una intensidad de sirena de bomberos.

—¡VISITAS! ¡VISITAS! ¡HAN LLEGADO LOS VON KESSEL! ¡TRES HORAS ANTES! ¡Y TRAEN UNA LAVADORA!

Nos asomamos a una de las ventanas altas. Lo que vimos en el patio me puso los pelos de punta.

Una columna de carruajes grises, impecables, relucientes como espejos, avanzaba por el camino en formación perfecta, con los caballos peinados, los cocheros de librea y las ruedas recién lavadas. Al frente, tirado por doce ponis blancos con las crines trenzadas, venía un carro descubierto, y sobre el carro, atada con cuerdas de seda, brillaba una enorme caja metálica con un ojo de buey de cristal en el centro, un tambor de acero y una placa de bronce que decía: LAVADORA IMPERIAL DE HECHIZOS. 1.200 REVOLUCIONES. GARANTÍA ETERNA.

Detrás venía una dama.

Era alta, rubia, de una elegancia de reloj suizo, con un uniforme gris planchado hasta el último pliegue, unos guantes blancos que le llegaban al codo, un moño tan tirante que le alzaba las cejas y, en la mano derecha, un plumero de plumas de avestruz que sostenía como un cetro. A su lado, rígido como una estaca, caminaba un joven alto, esbelto, de cabello dorado, ojos azules y una mandíbula tan simétrica que parecía dibujada con regla. Llevaba un delantal blanco sobre el frac, una bayeta doblada en el bolsillo del chaleco y la expresión de un hombre que lleva toda la vida esperando que alguien le deje ensuciarse.

—Casa Von Kessel —susurró mi abuelo Casimiro, que se había asomado a nuestro lado con la capa a modo de escudo—. Los más limpios del continente. Desinfectaron el Congreso de Viena.

—¿Y por qué vienen?

—Por la lavadora —dijo Draven, desde debajo de un escritorio.

—¿Qué lavadora?

—Es una dote.

Nos miramos. Lucien tragó saliva con un ruido que oí desde el otro lado del cuarto.




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