Lucien.
Hay seres ante los cuales un hombre de trescientos doce años vuelve a tener ocho. No son dragones, ni inquisidores, ni críticos de teatro. Son señoras bajitas con bolso.
Doña Perpetua Gris medía uno cuarenta y dos con el moño incluido. Llevaba un abrigo de lana color ratón, un bastón de nogal con empuñadura de bronce, un bolso del tamaño de un baúl colgado del antebrazo y, en la mano libre, un sello de una vara de largo que sostenía con la misma naturalidad con que otras señoras sostienen un abanico. Cruzó el portón sin prisa. Los mil doscientos funcionarios del patio, que un minuto antes se peleaban a formularios con nosotros, se pusieron firmes a la vez, con un taconazo que levantó una nube de polvo. Hasta los sellos con patas se sentaron en el suelo con las patitas juntas.
—Buenas noches a todos —dijo, sin mirar a nadie—. Disculpen la tardanza. Había cola en el autobús.
Se detuvo frente a su hijo, que seguía arrodillado entre los restos de la tarta, con crema en el bigote y las manos sobre las rodillas, y que había encogido, literalmente, unos diez centímetros.
—Gaudencio.
—Mamá.
—Levántate, que te vas a manchar los pantalones.
—Ya están manchados.
—Pues no empeores la situación.
Gaudencio se puso en pie con un crujido de rodillas. Tenía trescientos veintisiete años, un chaleco con un agujero en el codo y el aspecto de un colegial al que acaban de pillar con el cuaderno en blanco.
—¿Has hecho los deberes? —repitió ella.
—Mamá, tengo trescientos veintisiete años.
—Pues ya podrías tener un reino archivado.
—He archivado uno.
—Uno. A tu edad yo había archivado tres y un virreinato.
—Es que el virreinato era pequeño.
—Cállate. —Ladeó la cabeza y le examinó el rostro con los ojos entornados—. Y has perdido el traje gris. Y el bombín. Y el apellido, por lo que veo, porque todo el mundo lo está diciendo en voz alta como si fuera una receta. Qué desastre. Dos mil años de ocultación familiar tirados por la borda por una tarta.
—Perdóname, mamá.
—No me pidas perdón a mí. Pídeselo al reglamento.
A mi lado, Gaspard susurró desde el bolsillo que aquella señora le recordaba muchísimo a mi institutriz, y que mi institutriz le había dado pánico. Yo no contesté. Notaba el fragmento del medallón latiendo contra mi pecho con un ritmo inquieto, y a tres metros escasos, al otro lado del vacío, Sylvie se había puesto de puntillas, tensa como un arco, con los colmillos fuera y el ceño fruncido.
—Esa mujer no me gusta —murmuró.
—A mí tampoco.
—Huele a naftalina y a poder.
—Es una combinación peligrosa.
—Es la que usaba mi tío en las reuniones de familia —dijo la voz de Draven, desde la torre.
Doña Perpetua alzó la cabeza hacia las almenas con una lentitud de reptil. Sus ojos, pequeños y pálidos como botones de camisa, recorrieron el patio entero, deteniéndose en cada uno de nosotros con una frialdad de archivo: Marguerite y Edmund, abrazados tras una barrica, con los frascos en alto. Bartolomé, subido en su barril, con la libreta. Ruperto y su regimiento de sombrillas. Mortimer a lomos de Fernando. La Condesa Marchita con su punto. Isolda, flotando sobre el pozo, a punto de desvanecerse.
—Vaya —dijo—. Qué reunión tan pintoresca. Veo que mi hijo ha perdido las formas y ustedes la vergüenza.
—Señora —empezó Mortimer, con una reverencia desde la grupa del ácaro—, tendría usted la bondad de explicarnos qué le trae por aquí.
—Con mucho gusto, mayordomo. Pero primero quiero conocer a la bruja.
Se hizo un silencio incómodo. Griselda, que seguía junto a Gaudencio con las manos en el delantal, dio un paso adelante con la barbilla en alto y las enaguas de barro.
—Soy yo.
—La de la tarta.
—La de la tarta, sí.
—La que lleva trescientos años pidiendo una disculpa.
—Y una tarta.
—Qué pretensiones. —Doña Perpetua la miró de arriba abajo con la expresión de quien valora una silla de segunda mano—. Una bruja de pueblo, sin oficio conocido, sin cotizaciones, sin número de afiliada, con un caldero sin licencia y un sombrero con la punta torcida. Hijo, qué gusto tienes.
—Mamá —dijo Gaudencio, con un hilo de voz.
—Me callo. Pero tu padre, que en paz descanse, se habría llevado las manos a la cabeza.
—Mi padre te ayudaba a rellenar los impresos.
—Por eso mismo. Sabía lo que era la vida. —Alzó el sello gigante y lo apoyó sobre el hombro como un soldado su fusil—. Voy a ser breve, que en mis tiempos no se perdía el tiempo en discursos. Mi hijo, el pobre, es un buen chico, pero un poco blando. Le gusta la gente. Se emociona con las tartas. Se enamora de las brujas. Por eso nunca pude dejarle a cargo de nada importante.
—Fui Canciller de la Casa Drácula durante treinta años —protestó Gaudencio.
—Fuiste un mandado.
—Mamá.
—Un mandado con corbata. Yo soy el Registro General de Almas, Linajes y Sucesiones, hijo mío. Llevo mil quinientos años detrás de un mostrador. Tú eras mis ojos dentro del palacio.
Un murmullo recorrió la plaza. Draven soltó la taza de té, que cayó desde la torre y se estrelló en el empedrado con un estrépito de porcelana. Isolda se llevó una mano transparente a los labios. Bartolomé, tras el barril, levantó el lápiz con el rostro iluminado de un detective que ve cómo todas las piezas del caso encajan en un mismo hueco.
—Así que era usted —dijo.
—Siempre fui yo, joven. Las cosas importantes las organiza la gente que se ocupa del papeleo. Los reyes mueren, los ejércitos pasan, los imperios se disuelven. Pero los registros quedan.
—¿Y para qué quería usted una Casa Drácula sin heredero? —preguntó mi suegra política, con los frascos temblándole en las manos.
—Por el artículo catorce del Reglamento de Sucesiones. —Doña Perpetua sacó del bolso un pergamino amarillento con aspecto de haber sobrevivido a tres incendios y lo desplegó con un chasquido—. Léalo en voz alta, Gaudencio.