Sylvie.
Hay un principio básico en el oficio de cazadora que mi madre me enseñó cuando tenía siete años y que hasta ese día había considerado infalible: nunca pelees con alguien que te cae bien en pijama.
No me lo había explicado con esas palabras, claro. Lo que dijo exactamente fue que a los vampiros hay que verlos como monstruos, no como personas, y que el día que descubras que tu enemigo tiene un osito de peluche, ya has perdido la mitad de la batalla.
Pues bien, el renegado del ataúd de los lunes tenía un osito de peluche. Y lo sostenía con las dos manos contra el pecho, con los ojos hinchados de sueño, el pelo pegado a un lado de la cara y un pijama de cuadros con las rodillas remendadas. Tenía pinta de llamarse Hermenegildo. Y yo estaba a tres metros de él, con una estaca en cada mano y el medallón latiendo contra mi esternón, y no tenía ni idea de cómo atacar a un hombre que acababa de preguntar con voz ronca y educada:
—¿Perdone, ha dicho que venían a revisar el mobiliario?
—Eso ha dicho el vampiro —respondí, señalando a Lucien con la barbilla.
—Qué raro. Nadie nos avisó de ninguna inspección.
—Es que fue de improviso.
—Ah. Claro. —Hermenegildo bostezó, se frotó un ojo con el puño del osito y miró a sus compañeros—. ¿Alguien sabe qué hacemos en estos casos?
—Draven dijo que había que dar la alarma —respondió la renegada de la mascarilla de pepino, que se había puesto de pie con el aire de una dama a la que han interrumpido la siesta—. Y que había que capturar a la chica.
—¿Y qué hacemos con los demás?
—Draven no dijo nada de los demás.
—Entonces improvisamos.
—Me da pereza.
—A mí también.
Tengo que decir que fue el momento más desconcertante de mi carrera. Delante de mí, nueve vampiros asesinos de reyes, con sus caras de sueño, sus pijamas y sus peluches, discutían en voz baja sobre si les apetecía o no atacar. Detrás, mi madre había sacado un frasco de poción y mi padre, un calcetín, y los dos esperaban mi señal con la cara de quien aguarda el pistoletazo de salida de una maratón.
Y a mi lado, Lucien, con el mantel y el delantal de Besos de la abuela, seguía de pie con la barbilla en alto y el mechón perfecto, como si estuviera a punto de dar un discurso en una inauguración.
—Caballeros —repitió, con esa voz de terciopelo que me daba ganas de hacerle algo muy desagradable—. Señoras. Les ruego que mantengan la calma. Estamos entre personas civilizadas. Les propongo un trato.
—¿Qué tipo de trato? —preguntó Hermenegildo, con cierto interés.
—Ustedes se van de mi casa de manera pacífica, y yo no les denuncio al gremio de cazadores por allanamiento de morada, uso indebido de ataúdes, lectura no autorizada de memorias ajenas y apropiación de pijamas.
—Los pijamas son nuestros —dijo el de las rayas, ofendido.
—Yo hablo de la mascarilla de pepino.
—Es mía —puntualizó la renegada.
—Es mía, señora. La compré en París. Me costó ochenta euros.
—La encontré en el cajón.
—Mi cajón.
—Yo no lo sabía.
—Pues ahora lo sabe.
La renegada de la mascarilla entrecerró los ojos, que le brillaban con una luz sospechosa entre las capas de pepino.
—Oiga —dijo con voz peligrosa—. ¿Usted me está llamando ladrona?
—Le estoy llamando propietaria accidental de un producto de mi propiedad.
—Eso es lo mismo.
—Con más estilo.
—Qué descaro.
—Eso me dicen siempre.
No sé cuál de los dos tiró el primer objeto. Creo que fue ella, porque lo siguiente que vi fue una mascarilla de pepino volando por el aire con un ruido húmedo y estrellándose contra el pecho de Lucien, que gritó de indignación.
—¡Mi mantel!
—¡Mi mascarilla!
—¡Mi dignidad!
—¡Nunca la tuvo!
Aquello fue la señal. Hermenegildo lanzó su osito de peluche con una puntería sorprendente, que me dio en plena frente, y mientras yo parpadeaba, aturdida, los otros siete renegados saltaron de sus ataúdes con un rugido colectivo y se lanzaron sobre nosotros, desordenados, descalzos y en pijama, agitando almohadas, colchas, zapatillas y, en el caso del Barón Escalofrío, mi libro de memorias de Lucien.
—¡Por el honor de la Casa! —gritó el Barón, con una voz gangosa.
—¡Estás resfriado! —le replicó Bartolomé, esquivándolo con una pirueta—. ¡No deberías pelear!
—¡Es un resfriado leve!
—¡Los resfriados leves son los más contagiosos!
Fue una batalla de campeonato. Una batalla campal, en un sótano, entre doce ataúdes de lujo, con una puerta de roble que repartía portazos, un candelabro que lanzaba velas encendidas desde lo alto, una armadura con un salchichón en el casco y una familia de brujos de Brooklyn armada hasta los dientes con pociones y calcetines.
Mi padre lanzó el primero, un calcetín de lana gris con un agujero en el talón, que se estrelló en la cara del renegado del pijama de rayas y le tapó la nariz con tal eficacia que el pobre se quedó boqueando, inmóvil, con los ojos en blanco. Mi madre arrojó un frasco verde que explotó contra el suelo en una nube de humo violeta, y de pronto tres renegados empezaron a estornudar sin parar, con una cadencia musical que acabó por convertirse en un coro.
—¡Poción de Rinitis Instantánea! —gritó, orgullosa—. ¡Receta de mi bisabuela!
—¡Achís! —respondieron los tres.
—¡Salud! —dijo Mortimer, que acababa de aparecer entre la humareda con la sombrilla en una mano y una bandeja de pastas en la otra—. ¿Alguien quiere un bocadillo de valeriana?
—¡Mortimer, ahora no!
—Perdón, señorita. Soy muy sociable.
Yo, mientras tanto, me había lanzado hacia el centro de la sala con las estacas en alto. Fue una embestida impecable, de manual, la que me enseñaron en mis primeras clases de caza. Salté, giré, ataqué por la izquierda, bajé por la derecha. Ahí fue cuando noté el problema.
No tocaba el suelo.
Es difícil explicar lo que se siente al saltar y no volver a bajar. Es como dar un paso en una escalera que no existe. Mi cuerpo, ligero como una pluma, siguió ascendiendo con una elegancia propia mientras yo agitaba las piernas y las estacas, y de pronto me vi flotando a metro y medio del suelo, con el cabello de punta, dando vueltas lentas sobre mí misma y llevándome por delante a un renegado y a un candelabro.