Un vampiro suelto en Brooklyn.

Capítulo 3: Indignada es poco.

Sylvie.

Lo primero que pensé al despertar fue que el colchón era demasiado cómodo para ser el mío.

Lo segundo fue que mi colchón es un rectángulo de espuma barata comprado en una liquidación, y que ni siquiera tengo sábanas negras, ni edredón de plumas, ni un dosel con cortinas de terciopelo que parecían sacadas de una novela gótica para señoras con mucho tiempo libre.

Lo tercero, y fue entonces cuando abrí los ojos de golpe, fue que me dolía el cuello.

Me llevé la mano a la garganta con el corazón en la boca. Allí estaban, bajo mis dedos: dos pequeñas marcas, apenas dos puntos hinchados, tibios y sensibles. No dolían. Eso fue lo peor. Dolían menos que una picadura de mosquito, y lo que sentía al tocarlas era un cosquilleo extraño que me subió por la nuca y me hizo apretar los muslos sin saber por qué.

Retiré la mano como si me hubiera quemado.

—No —dije en voz alta, al techo de la habitación—. No, no, no. Eso no ha pasado. Eso no pasó.

—Pues pasó —respondió una voz ronca desde la puerta—. Y de qué manera. Aquí todos lo vimos.

Me incorporé de un salto y busqué una estaca. Mis manos encontraron almohadones, plumas y una sábana de seda. Ni una triste estaca. Me habían quitado hasta el cinturón. Me habían descalzado. Me habían dejado el abrigo de cuero doblado sobre una silla, como si fuera un huésped en un hotel de cinco estrellas con servicio de secuestro.

—¿Quién habla? —pregunté, en una posición de combate que habría dado mucho más miedo si no hubiera llevado un calcetín de cada color.

—La puerta, evidentemente —contestó la voz—. ¿Quién va a ser? ¿El fantasma de tu abuela?

Miré la puerta. Era de roble macizo, con herrajes en forma de garra, y en el centro de la madera, donde normalmente habría una mirilla, se abrió lentamente un ojo enorme y amarillo que me observó con desprecio.

Grité. No con elegancia. Grité como grita una persona normal cuando una puerta la mira.

—Qué dramática —dijo la puerta, y cerró el ojo con un suspiro—. Lo sabía. Todas gritan. Llevo tres siglos abriéndome y cerrándome para gente que grita.

—¡Las puertas no hablan!

—Las normales no. Yo no soy normal. Soy una puerta de calidad.

Me froté la cara con las dos manos. Respiré hondo. Conté hasta diez, que es una técnica que me enseñó mi madre para no convertir en sapo al cartero. Después recordé que yo no sé convertir a nadie en sapo, que mis padres sí pero yo no, y que lo mío era clavar estacas, no hechizos.

Entonces vi la nota.

Estaba sobre la mesita de noche, escrita con una caligrafía tan elegante y tan insoportable que me dieron ganas de arrugarla. Junto a ella descansaba un ramo de rosas negras con las espinas limadas, atado con una cinta de seda roja. Leí el mensaje con los dientes apretados.

Querida Sylvie: Bienvenida a mi hogar. Es probable que desees matarme. Te ruego que esperes a que desayunes. Atentamente, Lucien Moreau, Sir Drácula. P. D.: Me gustó mucho tu estaca.

Leí la posdata tres veces. Cuando terminé, tenía las mejillas tan calientes que podría haber hervido agua.

—Me gustó mucho tu estaca —repetí entre dientes—. Me gustó mucho tu estaca. Ese cretino. Ese pavo real con colmillos. Ese presumido con pañuelo de seda.

—Lo del pañuelo es verdad —admitió la puerta—. Tiene cuarenta y siete. Uno para cada día de la semana, más los de gala.

—¡No me interesa!

—Yo solo informo.

Tiré la nota al suelo, pisé las rosas con un pie descalzo y fui corriendo hacia la ventana. Tenía una reja de hierro forjado, gruesa como mi muñeca, y detrás de la reja se abría un paisaje que me cortó la respiración.

Un acantilado. Un abismo de piedra negra, cien metros de caída libre hasta un mar gris que rompía contra las rocas con un rugido aterrador. Más allá, un bosque de pinos oscuros tan denso que parecía una mancha de tinta, y sobre todo eso, un cielo cubierto de nubes bajas y moradas, con un sol débil que apenas lograba atravesarlas. Ni una casa. Ni una carretera. Ni una señal de civilización. Solo niebla, murciélagos y un viento que aullaba como si tuviera una mala noticia que dar.

—Esto no es Brooklyn —dije.

—Muy aguda —contestó la puerta—. Estás en las Tierras Brumosas. A tres días de camino del pueblo más cercano, y los aldeanos no se acercan porque creen que el castillo está habitado por demonios.

—¿Y es verdad?

—No, por demonios no. Los demonios tienen mejor ortografía.

Lo que quería era sentarme en el suelo y llorar, pero una cazadora de vampiros no llora. Una cazadora de vampiros se pone las botas, se ata el pelo con una goma y busca una manera de salir. Eso hice. Me calcé las botas, me recogí el cabello en un moño apretado, me puse el abrigo y me revisé los bolsillos por si algún milagro se había olvidado de confiscarme una estaca de reserva.

Tenía un pañuelo, un chicle de menta (el mismo que el troll del taxi me debía, y que por fin encontré, aplastado, en el fondo del bolsillo) y una horquilla del pelo.

—Perfecto —murmuré—. Una horquilla. Con esto derroto a un conde milenario.

—Trescientos doce años —corrigió la puerta—. No es milenario. Es joven. Se ofende mucho si le añaden siglos.

—Cállate, puerta.

—Tengo nombre, y no es ese.

—¿Cuál es?

—Todavía no lo he decidido.

Me acerqué a ella y probé el picaporte. Estaba cerrado con llave, por supuesto. Saqué la horquilla y empecé a hurgar en la cerradura como me enseñó un duende ladrón de la calle Flatbush por veinte dólares y una bolsa de pistachos. Era un oficio sucio, pero un buen cazador conoce todos los oficios.

—Eso me hace cosquillas —dijo la puerta.

—Aguanta.

—Es de mala educación.

—Secuestrar gente también lo es.

—Fantástico, discutimos de modales. —Hubo una pausa—. Para tu información, ese truco de la horquilla no funciona conmigo. Tengo una cerradura encantada. El que la abre es el amo, y el amo está durmiendo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.