Un vampiro suelto en Brooklyn.

Capítulo 18: Usurpación.

Lucien.

Existe una injusticia que un caballero no debería sufrir jamás: llegar a su propia casa y encontrar a sus enemigos durmiendo en su ropa de cama.

Fue lo primero que pensé cuando entré por la puerta de servicio de mi castillo, a las doce y cuarto del mediodía, a hurtadillas, descalzo, envuelto en un mantel de lino y un delantal que decía Besos de la abuela, protegido del sol por una sombrilla de encaje que sostenía Mortimer a dos pasos de mi coronilla con la solemnidad de un paje de coronación.

Lo segundo que pensé fue que la sombrilla me favorecía.

—Mi señor, le ruego que no se detenga en la puerta —susurró Mortimer—. Hay una mancha de luz en el umbral. Se le va a quemar el pie.

—Es un pie excelente, Mortimer.

—Es un pie que, si se asa, ya no tendrá arreglo.

—Tienes razón. Adelante.

Pasamos de uno en uno por la cocina, que olía a sopa fría y a miedo antiguo. Éramos una expedición de rescate bastante ecléctica. Delante iba Sylvie, con una estaca en cada mano y el cabello recogido en una coleta tensa, flotando sin darse cuenta a un dedo del suelo, lo que le daba un andar de fantasma elegante que me parecía la cosa más fascinante que había visto en tres siglos. Detrás, Marguerite y Edmund Black, cogidos del brazo, ella con tres frascos de poción en cada bolsillo y él con una cesta de calcetines de combate. Después Bartolomé, el detective, con la pipa apagada por precaución y la libreta lista. Griselda, con el caldero a rastras, que dejaba un rastro de burbujas verdes sobre las baldosas. Y cerrando la marcha, Ruperto y Baltasar, que habían decidido por votación unánime, de dos votos, comportarse con el máximo sigilo posible.

—¡Silencio! —susurró Ruperto, con una voz que habría despertado a un muerto.

—Eres tú el que hace ruido —respondió Baltasar, balanceándose de una cuerda, con las velas apagadas y la llama azul reducida a un parpadeo discreto.

—Yo soy un caballero sigiloso.

—Llevas una armadura.

—Es una armadura sigilosa.

—Lleva un salchichón en el casco.

—Es un adorno táctico.

Sylvie levantó la mano sin volverse. Todos nos quedamos inmóviles, como un cuadro vivo de gente a punto de ser descubierta. Se oyó, en algún lugar del castillo, un ronquido largo y profundo, seguido de otro, más agudo, y de un tercero, que parecía el de una trompeta mojada.

—Están durmiendo —murmuró.

—Es de día —dije yo—. Los vampiros duermen de día. Incluso los renegados. Incluso los que usan sombrillas.

—¿Dónde?

—Donde yo duermo.

Sylvie me miró con la ceja levantada. Yo asentí con una gravedad lúgubre, y le hice una seña para que me siguiera hasta la puerta del sótano, que abrí con el cuidado de un hombre que sabe lo que se va a encontrar y no quiere encontrarlo.

Bajamos la escalera de piedra en fila india. Al llegar abajo, tras la última curva, nos detuvimos en seco, y yo cerré los ojos para no ver lo que ya veía.

La Sala de los Ataúdes. Mi sala. Mi santuario. Mi retiro espiritual de trescientos años. Doce ataúdes de lujo, colocados en dos filas perfectas, cada uno con su placa de bronce, su forro de seda y su nombre solemne. Y en cada uno, durmiendo a pierna suelta, con la cabeza sobre mis almohadones bordados, un renegado.

Había un renegado dormido en el ataúd de los lunes, con una babilla colgándole de la comisura, abrazado a un osito de peluche que no era mío. Había una renegada en el de los martes, con una mascarilla de pepino que sí era mía, y que estaba extremadamente satisfecha con su descanso. Había uno en el de los miércoles, de lado, con un pijama de rayas. Y había otro, el que más me dolió, en el cisne, en el ataúd reservado para ocasiones especiales, con las alas desplegadas sobre su cara y una sonrisa de felicidad absoluta.

Me llevé una mano a la boca. Sentí que el mundo daba vueltas. Gaspard, desde mi bolsillo, que había recuperado en el carruaje y que ahora asomaba con un ojo entreabierto, soltó un gemido de angustia.

—Mi señor. Reaccionad. Estáis a punto de desmayaros.

—No me desmayo —susurré—. Me indigno.

—Es una indignación muy elegante.

—Es una indignación silenciosa. Son los peores.

—¡Eh! —susurró Sylvie—. ¡Mira ese de ahí!

Señaló con la estaca al ataúd de los domingos de contemplación, el de caoba, el de las notas de piano y las cortinas bordadas. Había alguien tumbado dentro, boca arriba, con los brazos cruzados y una expresión de infinita placidez. Era el Barón Escalofrío, el del resfriado, que además de roncar tenía en la mano mi libro de memorias, Cómo ser irresistible, con una página doblada en la esquina.

—Está leyendo mi libro —murmuré con una voz estrangulada.

—Se ha quedado dormido en el capítulo del peinado —observó Bartolomé, con los ojos entornados.

—Tiene excelente gusto.

—Tiene un resfriado terrible.

Fue entonces cuando Marguerite carraspeó con una intención sospechosa.

—Querido Lucien —dijo, rebuscando en uno de los bolsillos del vestido con un tintineo de frascos—. Tengo una idea magnífica para esto.

—¿Una poción?

—Una poción.

—¿De qué tipo?

—De sapo.

—¡No! —gritaron a la vez Sylvie, Griselda y yo.

—¿Por qué no? Es muy eficaz. Les echamos una gota a cada uno y los metemos en un tarro. Lo hizo mi abuela con un duque en 1842.

—Mamá, no vamos a convertir en sapos a doce renegados.

—Nueve, hija. Tres están en el patio de los quesos.

—¡Nueve renegados en sapos! ¡Se nos llena la casa!

—Tendríamos que ponerles un estanque —dijo mi padre, con interés práctico—. Y comprar moscas.

—Ni hablar —zanjó Sylvie—. Seamos civilizados. Aprovechemos que duermen para atarlos.

—¿Con qué? —preguntó Bartolomé.

Hubo un silencio pensativo. Edmund abrió su cesta de combate y, con la solemnidad de un mago que saca un conejo, extrajo del fondo un rollo enorme de lana de colores, con ovillos, agujas y una docena de calcetines a medio terminar.




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