Un vampiro suelto en Brooklyn.

Capítulo 36: Centrifugado.

Lucien.

Llevaba sin bañarme desde 1923, y debo decir en mi defensa que la decisión no fue un descuido sino una postura estética. Un vampiro de buena familia no se moja. Se perfuma, se empolva, se refleja, se contempla, pero no se sumerge. El agua, ese elemento vulgar, tiene la mala costumbre de arruinar un peinado.

Por eso, cuando el tambor de la Lavadora Imperial de Hechizos empezó a girar con nosotros dentro, lo primero que pensé, antes que el pánico, antes que el amor, antes que cualquier otro pensamiento digno de un hombre recién casado, fue: mi flequillo.

—¡Lucien! —gritó Sylvie, agarrada a mi cuello con las dos manos—. ¡Sujétate a algo!

—¡Me sujeto a ti!

—¡Eso no es algo, soy una persona!

—¡Es lo mejor que tengo!

El mundo se había convertido en un remolino de agua tibia, espuma de lavanda y ropa blanca. Éramos dos cuerpos en un tambor de acero con un ojo de buey redondo, a través del cual se veía, deformada por el cristal, la cara enorme y satisfecha de la Baronesa von Kessel, que contaba las revoluciones en voz alta con su plumero en alto.

—Ciento doce. Ciento trece. Ciento catorce.

—¡Sáquenos de aquí! —aulló Sylvie, golpeando el cristal.

—Es un ciclo completo, majestad. Mil doscientas. Después, secado con aire caliente.

—¡Voy a matarla!

—Qué temperamento. Se nota la sangre.

Giramos. Giramos hacia la izquierda, hacia la derecha, boca arriba y boca abajo, entre sábanas, toallas, calcetines de procedencia dudosa y un número incierto de cojines que alguien había metido en el armario. Una funda de almohada se me enroscó en la cabeza. Un calcetín solitario, sin pareja, me golpeó en la nariz con una puntería casi personal. Sylvie, que tenía el velo de sombrilla convertido en una nube de espuma, escupió un chorro de jabón y gritó algo en un idioma que, estoy seguro, no figura en ningún diccionario de Brooklyn.

—¡Gaspard! —chillé—. ¿Dónde estás?

—¡Aquí, mi señor! —respondió una voz de cristal, desde el fondo de mi bolsillo—. ¡Entre un calcetín y una crisis existencial!

—¿Estás bien?

—¡Me estoy quedando sin plata!

—¿Cómo?

—¡Me desazogo! ¡Mi marco se afloja, mis ojos se desvanecen, y el flequillo, mi señor! ¡Noto que el flequillo del espejo me abandona!

Lo saqué del bolsillo con la mano libre. Lo que vi me heló la sangre. Gaspard, mi fiel espejo de mano, mi compañero de trescientos años, mi crítico, mi consuelo, mi única voz sincera, estaba perdiendo el brillo. Se le habían empañado los bordes. Los ojos pintados, esos ojos enormes y pestañudos que me habían mirado con adoración desde 1709, se iban desdibujando en dos manchas grises, como acuarelas bajo la lluvia. Y la plata, la plata de su cristal, se desprendía en hilos finos que subían flotando hacia el ojo de buey.

—¡Aguanta! —le dije.

—Mi señor —susurró él, con una vocecita que casi no se oía—. Si no salgo de esta, quiero que sepáis que os he mentido.

—¿Cuándo?

—Cada día. Hay días que parecéis un lenguado.

—Ya lo sabía.

—Pero os quiero igual.

—Cállate, que me estás poniendo triste.

—Y que el flequillo os queda bien con esa forma.

—¡Gaspard!

—Es la verdad.

Lo envolví en el pañuelo burdeos, el número cuarenta y siete, el que Sylvie llevaba en el pelo y que yo le había arrancado sin pensar, y lo apreté contra el pecho. El chorro de agua, mientras tanto, seguía subiendo. Nos llegaba al pecho. Al cuello. A la barbilla. Y entonces ocurrió lo que nadie esperaba.

La máquina empezó a quitarnos cosas.

No fue un dolor físico. Fue algo más sutil y más inquietante. Una sensación de ligereza, de vacío, como cuando uno se saca una piedra de la bota. Noté que algo me abandonaba del pecho, una letra tras otra, hasta que miré hacia abajo y vi, entre las burbujas, cómo la palabra FRÍVOLO, esa tipografía de oficina grabada en mi esternón, se deshacía en una nube gris que subía hacia el techo del tambor y desaparecía por el filtro.

—Se va —murmuré.

—¿Qué?

—El tatuaje. Lo está lavando.

—Qué bien.

—No sé si me gusta.

—¿Por qué?

—Me había acostumbrado.

Sentí cómo mi mano se aflojaba, y con ella algo más profundo. Un tirón en la nuca. La necesidad, antigua e irrefrenable, de mirarme en un espejo, de ajustarme el mechón, de comprobar si el perfil izquierdo seguía en su sitio, se fue apagando como una vela en una corriente. Por primera vez en trescientos doce años, en un tambor de acero, con el pelo hecho una alga y la camisa convertida en un trapo, no me importó cómo me veía.

—Lucien —dijo Sylvie, con una voz extraña.

—Dime.

—No me gusta lo que está pasando.

—A mí tampoco.

—Me está quitando cosas.

—¿Cuáles?

—Los colmillos. —Se los palpó con la lengua—. Se me retraen.

—¿Cómo?

—Y los ojos. Mira.

Me incliné. Entre la espuma, bajo la luz azulada del ojo de buey, los ojos de Sylvie, que durante todo el día habían sido de un verde con destellos rojos, se estaban volviendo de un castaño suave, de color café con leche. Los hilos dorados que flotaban a su alrededor se deshacían en el agua como azúcar. Y sobre su cabeza, la corona de espinas negras, esa diadema que había pesado trescientos kilos y que ahora flotaba entre calcetines, se hacía transparente, ligera, como una burbuja.

—¡Sylvia! —gritó Sylvie, hacia dentro.

—Me desvanezco —respondió una voz lejana, desde algún rincón de su cabeza, tan débil que apenas se oía—. Me lavan. Me van a lavar entera.

—¿Cómo es posible?

—Es la herencia. La máquina elimina herencias.

—¡Pero eres mi sangre!

—Soy tu tatarabuela. Una herencia de manual.

—¡No te vayas!

—No es una decisión mía, querida.

El agua nos subió por encima de la cabeza. Contuve la respiración, que ya es mucho decir. Sylvie, con los ojos entornados y el cabello flotando como un abanico, se aferró a mi cuello con una fuerza desesperada. A través del agua verdosa vi cómo el medallón, el rubí entero sobre su pecho, perdía poco a poco el resplandor.




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