Lucien.
Hay sonidos que un hombre no olvida jamás. El chasquido de una botella de champán en 1789. El crujido de un violín antes del primer compás. El golpe seco de un pañuelo de seda cayendo al suelo en un salón de baile.
Y el sonido de un medallón real partiéndose en dos en medio de la oscuridad, a tres metros de distancia, con una mujer pelirroja doblándose de rodillas, y yo sin poder tocarla.
—¡SYLVIE! —grité.
—Estoy bien —respondió su voz en las tinieblas, un poco ronca, con un hipo al final—. Creo. Hic. No lo sé.
—¡Que alguien encienda una vela!
—¡No tengo cerillas! —gritó Mortimer.
—¡Eres un mayordomo!
—¡Soy un mayordomo con la pólvora mojada, mi señor!
—Yo puedo dar luz —dijo una vocecita de cristal desde mi bolsillo—. Soy un espejo. Si alguien me coloca frente a una fuente luminosa, la devuelvo.
—¿Y dónde hay una fuente luminosa, Gaspard?
—Mmm. Esa es la parte complicada.
Fue entonces cuando la luz llegó sola.
Empezó como un resplandor rojizo en el rincón donde estaba Sylvie, un fulgor lento, cálido, que fue creciendo hasta dibujar su silueta contra las estanterías. Estaba de rodillas sobre la alfombra, con el cabello suelto sobre los hombros, el pañuelo burdeos caído a un lado y las dos manos apretadas contra el pecho. Entre sus dedos asomaban dos pedazos de un metal antiguo, brillantes, con una piedra roja partida limpiamente por la mitad, de la que goteaba una luz líquida, dorada y espesa como la miel.
Levantó la cabeza. Y mi cuerpo, que no suele sentir cosas, sintió un vértigo en las rodillas.
Tenía los ojos rojos.
No como un animal ni como una pesadilla. Eran un rojo profundo, limpio, de rubí recién tallado, que brillaba en la penumbra con una belleza inquietante. Sus colmillos asomaban entre los labios, largos y perfectos. Y a su alrededor, en el aire, flotaban hilos finísimos de luz, como cabellos dorados movidos por un viento que no existía.
—Lucien —susurró—. Me siento muy rara.
—Lo sé.
—Siento que puedo oír todo.
—Es normal.
—Oigo el latido de tus sirvientes. Y el de Fernando. Y el de una polilla que está en la cuarta estantería. Y el de... —Se detuvo, bajó la vista hacia mis manos vacías, que colgaban a mis costados como dos pájaros sin nido, y frunció el ceño—. Y el tuyo, aunque no tienes.
—Es un fantasma de latido.
—Es muy bonito.
—Es la costumbre.
Se puso de pie con una gracia nueva. Sus pies, por supuesto, no tocaban la alfombra. A medida que se erguía, el cabello se le alzaba con ella, los hilos dorados la envolvían como una capa, y el techo de la biblioteca, donde Baltasar colgaba con su letrerito de EN ESPERA DE INFORME, se encendió con un parpadeo de velas, una a una, por simpatía.
—Esto —dijo el Archivista, desde detrás de un atril, con la voz quebrada— es lo más bonito que he visto en mis tres mil años de lecturas.
—Pero no es el momento de ponerse sentimental —chilló Marguerite—. ¡Que se rompe el medallón!
—¡Ya se ha roto! —dijo Edmund.
—¡Pues que se rompa más despacio!
—Hija mía —dijo Isolda, y el tono de su voz me heló la sangre. Estaba más pálida que de costumbre, casi transparente, con los contornos temblándole como una vela a punto de apagarse—. Cuidado con la piedra. Es lo único que ancla mi espíritu a este lugar.
—¿Qué quieres decir?
—Que si se rompe del todo, me voy.
—¡No! —grité yo, antes de poder evitarlo.
—¡No! —gritó Sylvie.
—¡Nada de irse! —gritó Draven, que se había abalanzado hacia su hermana con las alas abiertas y una expresión de pánico tan sincera que por un momento me cayó bien—. ¡Aguanta, Isolda! ¡Tengo cosas que decirte! ¡Llevo veintitrés años ensayando un discurso!
—¿Y qué dice el discurso?
—No lo sé. Se me ha olvidado.
—Qué pena.
—Es que la mitad es sobre la capa.
El resplandor de Sylvie subió una octava. Los dos fragmentos del medallón empezaron a vibrar entre sus dedos con un zumbido grave, un canto de metal, como el de dos diapasones que buscan la misma nota. De pronto, con un movimiento que no supe prever, uno de los pedazos salió disparado de su mano, cruzó el aire en línea recta y vino hacia mí.
Choqué con la barrera. Esperé el golpe. Pero el pedazo de medallón, ligero como una hoja, atravesó la pared invisible sin esfuerzo, con un tintineo cristalino, y vino a posarse en mi mano abierta, a medio metro de mi pecho.
Era tibio. Y latía.
—Se ha pasado —dijo Bartolomé, con los ojos como platos—. Un objeto inanimado atraviesa el cerco. ¡Esto no está en ninguna jurisprudencia!
—No es inanimado —murmuró Griselda, que se había acercado con una vela—. Es un fragmento de sangre real. Es suyo. Es de ella. Y por eso... —Se interrumpió, me miró con los ojos muy brillantes, y no terminó la frase.
—¿Por eso qué? —pregunté.
—Por eso te reconoce.
Tragué saliva. Cerré la mano. La piedra roja, partida por la mitad, me quemó la palma con una calidez amable, casi cariñosa, y noté una vibración que me subía por el brazo hasta el pecho, justo donde antes había un corazón. Por un instante, un instante largo y cegador, sentí que algo dentro de mí se movía. No el corazón. Algo más antiguo. Algo que dormía desde hacía trescientos años y que acababa de abrir un ojo.
—Quédatelo —dijo Sylvie, desde el otro lado de la barrera.
—No puedo.
—Es una orden.
—No acepto órdenes de nadie.
—Pues es una petición.
—Eso ya me gusta más.
—Guárdalo. Para que te acuerdes. Para que me encuentres. Para que, si todo sale mal, sepas dónde estoy.
—Siempre sabré dónde estás.
—No lo sabes. No tienes olfato para eso.
—Tengo mucho olfato.
—Para el vino. No para mí.
—Sylvie, sé exactamente dónde estás. Estás a tres metros, un poco hacia la izquierda, con una mancha de tinta en la mejilla izquierda y una expresión de estar a punto de llorar.