Lucien.
Existen gritos que un hombre no debería soltar jamás en presencia de sus sirvientes. El que solté cuando la trampilla se tragó a Sylvie Black fue uno de ellos.
No fue un grito heroico. Tampoco fue un grito de barítono, como los que practico frente al espejo para las ocasiones solemnes. Fue un chillido agudo, desgarrado y largo, con un vibrato que habría hecho llorar a una soprano, y que alcanzó una nota tan alta que Anselmo, el espejo de cuerpo entero, se agrietó por una esquina.
—¡Mi marco! —aulló.
—¡Sylvie! —seguí yo, sin hacerle caso, lanzándome sobre el lugar donde un segundo antes había una baldosa y ahora había una superficie perfectamente lisa, sellada, sin una sola junta—. ¡Sylvie, responde!
—No te oye, mi señor —dijo Gaspard desde mi bolsillo, con la voz quebrada—. Se la ha tragado el castillo.
—¡Mi castillo no se traga a la gente!
—Su castillo hace lo que le ordena quien ocupa la sala del trono, mi señor. Y ahora la ocupa Draven.
—¡Maldito sea!
Golpeé el suelo con los puños. Una, dos, tres veces. Me hice daño en los nudillos y en la dignidad. Detrás de mí, el sótano seguía convertido en un campo de batalla de baja intensidad. Los seis renegados de ropa de calle que habían bajado con Draven se habían desplegado en abanico, con las sombrillas abiertas como escudos, y avanzaban hacia nosotros con pasos cortos y miradas de funcionarios que cumplen una orden desagradable.
—Rendíos —dijo el primero, un tipo calvo con gafas de cerca—. Es un trámite sencillo. Entregáis las armas, firmáis un papel y os llevamos a las mazmorras con todos los honores.
—¿Qué papel? —preguntó Bartolomé, que nunca desaprovechaba una oportunidad documental.
—Un formulario de rendición. Está en triplicado.
—¿Y hay que rellenarlo a mano?
—A bolígrafo. Negro o azul.
—Qué horror —murmuró Mortimer, escandalizado—. Qué falta de cuidado con la burocracia.
Marguerite dio un paso al frente con un frasco en cada mano. Tenía el moño desecho, las gafas torcidas y una expresión que no le había visto jamás: la de una madre a la que acaban de arrebatarle a su hija por segunda vez en veintitrés años.
—Escúchame bien, calvo —dijo, con una voz tranquila y terrible—. Me han quitado a mi niña. Y todavía no te he convertido en sapo porque tengo una educación exquisita. Pero se me está agotando.
—Señora, no queremos violencia.
—Yo sí.
Lanzó los dos frascos a la vez. Uno estalló contra el suelo con una nube rosa que olía a caramelo, y de pronto tres renegados se pusieron a bailar un vals sin poder parar, con las sombrillas en alto y la cara de espanto. El otro se estrelló contra el pecho del calvo, que se quedó inmóvil, con los ojos vidriosos, y empezó a recitar en voz alta la tabla del siete.
—Siete por uno, siete. Siete por dos, catorce. Siete por tres...
—¡Poción de Aritmética Compulsiva! —gritó Edmund, orgulloso—. ¡Receta de mi suegra!
—Tu suegra era un genio —suspiró Marguerite.
—Lo era.
—Y yo me voy —dije, porque ya no podía soportarlo más.
—¿Adónde, mi señor? —preguntó Mortimer.
—A buscar a Sylvie.
—Es imposible. La trampilla está sellada.
—Entonces buscaré otra entrada.
—No hay otra entrada.
—¡Siempre hay otra entrada! —Miré alrededor con desesperación, con el mantel arrastrando y el delantal de Besos de la abuela ondeando como una bandera de rendición—. ¡Es un castillo de trescientos años! ¡Tiene pasadizos, conductos, chimeneas, ventilaciones, secretos, trampillas!
—Tiene un montaplatos —dijo Mortimer.
Me quedé inmóvil. Giré despacio sobre los talones y lo miré con unos ojos que seguramente brillaban con la intensidad de un faro.
—¿Un qué?
—Un montaplatos, mi señor. Lo mandó instalar usted en 1887 para subir la cena desde la cocina hasta la biblioteca, porque le gustaba leer comiendo y no quería mancharse los puños de la camisa. Llega hasta el tercer piso. Cabe una persona delgada y de rodillas.
—Soy delgado.
—Muy delgado, mi señor.
—Y tengo unas rodillas excelentes.
—Es un hecho conocido.
—¡Llévame!
Corrimos juntos entre los ataúdes, esquivando renegados que bailaban, almohadas voladoras y un candelabro que giraba por el aire gritando que no era un arma arrojadiza. Llegamos a una puertecita de madera, apenas más grande que un horno, escondida tras un cortinaje de terciopelo. Mortimer la abrió con una reverencia. Dentro había una caja de madera con dos cuerdas, una polea y un olor a sopa de 1887.
—Suba, mi señor.
—No cabré.
—Cabrá con un poco de fe.
Me metí a presión. Debo señalar que, en trescientos doce años de existencia, nunca me había visto en una posición tan poco decorosa. Tuve que doblar las piernas contra el pecho, encajar la cabeza entre las rodillas, sujetar el mantel con los dientes y aplastar a Gaspard contra mi costado con una mano. Desde dentro, por una rendija, vi cómo la cara fúnebre de Mortimer me miraba con una expresión grave y emocionada.
—Mi señor —dijo—. Ha sido un honor servirlo.
—No me voy a morir, Mortimer.
—Nunca se sabe. Hay una cuerda floja.
—¿Qué cuerda floja?
—La de la derecha. Desde 1923.
—¡Tira, Mortimer!
Tiró. La caja se elevó con un chirrido tremendo, golpeando las paredes del conducto, y yo salí disparado hacia arriba como un cohete de feria. Al segundo piso, me di con el codo contra una viga. Al tercero, con la cabeza contra una polea. A la mitad del cuarto, la cuerda de la derecha, la floja, la de 1923, dio un chasquido seco.
—¡Mi señor! —gritó la voz de Mortimer, desde muy lejos—. ¡Agárrese a algo!
—¿A QUÉ?
—¡No lo sé! ¡Improvise!
La caja se bamboleó, se ladeó y se quedó colgando de una sola cuerda, con un crujido que me heló hasta el último mechón. Miré hacia abajo por la rendija. Había un vacío oscuro, profundo, con olor a repollo. Miré hacia arriba. Una trampilla de madera, a un metro, entreabierta, de la que salía una luz dorada y un murmullo de voces.