Sylvie.
Uno imagina que enterarse de que es una vampira de sangre real tiene que sentirse como un trueno. Una campanada. Un golpe de gong en lo más hondo del alma.
En mi caso se sintió como un hipo.
Un hipo largo, flojo, que me subió desde el estómago mientras seguía masticando el bocadillo de jamón y miraba a siete personas, un espejo y una puerta con la expresión de quien acaba de oír que mañana cambian el horario de los trenes. Tragué. Me limpié las migas de la camisa. Y levanté el dedo índice, como en las clases de la escuela, para pedir la palabra.
—Tengo preguntas —dije.
—Todas las que quieras, cielo —respondió mi madre, con las manos entrelazadas y los ojos enrojecidos.
—Primera. ¿Por qué me crié en una casa que huele a romero y no en un castillo de las Tierras Altas?
—Porque en el castillo de las Tierras Altas te habrían matado —dijo mi padre.
—Segunda. ¿Por qué nadie me lo dijo antes?
—Porque un hechizo así solo funciona si la persona no sabe que lo lleva —explicó Griselda—. Si lo hubieras sabido, la magia se habría resentido. Los hechizos de ocultación son muy susceptibles. Se ofenden con facilidad.
—Tercera. —Respiré hondo—. ¿Por qué me enseñasteis a matar vampiros?
Silencio. Mis padres se miraron. Bartolomé tosió con la pipa. Mortimer, desde el suelo, repartió otro bocadillo con una discreción exquisita.
—Era el mejor disfraz —confesó por fin mi padre, con un hilo de voz—. Una niña que se pasa la vida cazando vampiros jamás sería sospechosa de serlo. Es de lógica elemental.
—Y además, mi niña —añadió mi madre, con una sonrisita culpable—, tenías muchísimo talento.
—¿Y qué hay de los ciento veintitrés?
—¿Los ciento veintitrés qué?
—Los vampiros que he matado.
Mi madre y mi padre se miraron otra vez, con tanta intensidad que casi se oyó un chasquido. Bartolomé levantó el lápiz con entusiasmo.
—Eso lo puedo explicar yo —dijo—. Es mi especialidad. Verás, prima, tus padres siempre filtraron los encargos.
—¿Cómo que filtraron?
—Que cada vez que el gremio te asignaba un objetivo, ellos lo investigaban primero. Si el vampiro era un tipo pacífico, un jubilado, un artista, un chaval que solo quería tocar el violín en paz, le avisaban para que se mudara de barrio.
—¿Cómo?
—Les mandábamos una postal —dijo Edmund, orgulloso—. Con una nota que decía: Se acerca una cazadora pelirroja. Te recomendamos unas vacaciones en Florida.
—Y los que se quedaban —añadió Marguerite, bajando la voz—, eran todos renegados. Gente cruel. Asesinos. Los que habían participado en la caída del castillo. Los que llevaban años haciendo daño. Esos sí te los dejábamos pasar.
Me quedé boquiabierta. Lo juro: el bocadillo se me cayó de las manos.
—¿Me estabais usando para eliminar renegados?
—Te estábamos entrenando para cuando llegara el día —protestó mi madre—. Una madre práctica sabe combinar la educación con el bien común.
—¡Soy una mercenaria involuntaria!
—Eres una heroína anónima.
—¡Con una cuenta bancaria muy pobre!
—Eso es del gremio. Nosotros no tenemos la culpa de que paguen tan mal.
Lucien, que seguía sentado a mi lado envuelto en un mantel de lino negro con bordados de plata, con un delantal de Besos de la abuela atado a la cintura y las rodillas pegadas como una señorita en la iglesia, levantó la mano con prudencia.
—Un momento. ¿Eso significa que los cuarenta vampiros que mataste este año...?
—Eran todos renegados, sí.
—¿Incluido el de Queens?
—El del contenedor era un traficante de colmillos postizos. Lo mandamos a buscar nosotros.
—Qué buen detalle. —Lucien asintió despacio—. Entonces, en un sentido muy amplio y poético, tú ya estabas luchando por mí.
—No por ti. Por mi apellido.
—Lo que yo decía. Por mí.
—¡Que no!
—Por mi linaje, entonces.
—¡Por mi linaje!
—Eso está mejor. Pero en el fondo, es lo mismo.
Le pegué un codazo en las costillas. Él soltó un quejido muy digno, con una sonrisa en los labios, y Gaspard, desde el suelo, murmuró algo sobre una pareja que se entendía de maravilla.
Debo confesar que, a esas alturas, la información había empezado a asentarse en mi cabeza con la lentitud de un poso de café. Era vampira. Era hija de un rey. Mis padres no eran mis padres, aunque lo eran mucho más que muchos padres de verdad. Mi madre no era la tendera sin aspiraciones que remendaba calcetines con una escoba, sino la defensora de una niña con corona, y mi padre, el hombre que me cantaba nanas desafinadas, había sido el guardián de una heredera real con un calcetín como arma secreta.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Ay, no —dijo Marguerite, alarmada—. Va a llorar. Edmund, va a llorar.
—¡Que no llore! ¡Que alguien le dé un pañuelo!
—¡Aquí tienes uno! —gritó Lucien, y me tendió el suyo, el burdeos, el que yo llevaba al cuello. Estaba un poco arrugado, un poco húmedo, y olía a su colonia—. Es el pañuelo número cuarenta y siete. Es de las grandes ocasiones.
—Ya lo sé —gimoteé—. Lo llevaba puesto.
—Qué casualidad.
—No es casualidad. Es que me lo dejaste en el abrigo.
—Fue un acto de generosidad.
—Fue un acto de vanidad.
—Es una combinación sublime.
Me eché a reír entre lágrimas, con un hipo, con otro, con la nariz moqueando, hasta que mi madre me abrazó con todas sus fuerzas y mi padre se unió con el calcetín en la mano. Bartolomé, desde su esquina, se limpió el bigote con un pañuelo, y Mortimer se enjugó una lágrima con la punta de un guante, murmurando que la escena estaba siendo de lo más digno de la Casa.
—No tenéis que preocuparos —les dije, cuando recuperé la respiración—. No estoy enfadada.
—¿De verdad?
—Estoy muy enfadada. Pero lo estoy más con otros.
—¿Con quién?
—Con los renegados. Con el tal Draven. Con el gordo del queso. —Me soné la nariz—. Y conmigo misma, por haber lanzado jarrones a la cabeza de un hombre que, técnicamente, era un compatriota.