Lucien.
En mi larga y brillante existencia he suspendido exactamente tres exámenes. El de equitación, en 1741, porque el caballo no colaboró. El de baile, en 1789, porque me pisé yo solo. Y el de conducción de carruajes, en 1923, porque atropellé un cartel con la silueta de un peatón y me pareció una descortesía no pararme a disculparme.
Los tres los atribuyo a una injusticia académica. Lo digo para que se entienda mi estado de ánimo cuando una anciana jubilada, sentada sobre un bolso sellado, anunció con una sonrisa fina que a mi esposa y a mí nos quedaban tres pruebas por superar antes del mediodía.
Eran las siete y veinte de la mañana. Me había casado hacía ocho minutos. Mi corazón, estrenado esa misma madrugada, latía a un ritmo que mi pulso consideraba excesivo, y mi esposa, la mujer más peligrosa de tres siglos, acababa de invocar a un ejército de sirvientes de sombra para pedirles chocolate.
—Explíquese, señora —dijo Sylvie, y se llevó una mano a la oreja izquierda.
Debo aclarar este gesto, porque rigió la mañana entera. Desde que la sangre antigua había despertado, Sylvie compartía el cuerpo con la reina Sylvia Primera, una dama del siglo catorce con una voz de acabar conversaciones. Las dos hablaban por turnos, a veces sin avisar, y yo, que había pasado doce horas aprendiendo a distinguirlas, había establecido un sistema. Cuando se tocaba la oreja izquierda, hablaba la de Brooklyn. Cuando se tocaba la derecha, la corona. Cuando se tocaba las dos a la vez, estaban discutiendo, y convenía retirarse.
—Con mucho gusto —respondió Doña Perpetua—. Reglamento de Sucesiones, artículo noventa y uno. Toda nueva soberana deberá superar el Examen de Aptitud Real, consistente en tres pruebas, una por cada Puerta del Castillo. En caso de matrimonio reciente, las pruebas se superan en pareja.
—¿Y si las suspendemos? —pregunté.
—Cualquiera de las treinta y siete Casas podrá impugnar la coronación. Y entonces habrá guerra.
—Ya hemos tenido una guerra esta semana.
—Es un trimestre muy movido.
—Un momento —dijo Mortimer, que se había adelantado con la bandeja de chocolate—. ¿Quién examina?
—Un tribunal.
—¿Compuesto por?
La anciana sonrió con una dulzura inquietante. Junto a ella, sin que nadie los hubiera visto moverse, estaban sentados en tres sillones de respaldo alto el rey Casimiro, con la capa de armiño sobre las rodillas, la reina madre Úrsula, con el turbante torcido y los prismáticos de ópera en alto, y Gaudencio Gris Gris, con el sello y un cuaderno de actas, que levantó el dedo con timidez.
—Yo soy el secretario —dijo—. Me han dado el cargo por simpatía.
—Y por tasas reducidas —añadió Úrsula.
—Y por tasas reducidas.
—Yo presido —declaró Casimiro, con una voz tan solemne que Fernando se sentó.
—Yo califico —dijo Úrsula.
—Yo apelo —murmuró Draven, desde debajo de una mesa.
—Tú no apelas nada. Tú estás castigado.
—Es injusto.
—Por la capa.
—Eso es otro tema.
Doña Perpetua se puso de pie, se sacudió el abrigo de lana y señaló con el bastón hacia el fondo de la biblioteca, donde las sombras de los sirvientes se abrían en dos hileras para formar un pasillo de oscuridad.
—Las pruebas empiezan ahora. Primera puerta, la del Vestíbulo. Segunda puerta, la de la Armería. Tercera puerta, la del Espejo. Quien falle una, repite las tres. Les ruego que aprovechen la oscuridad, porque dura hasta que Su Majestad se canse.
—No me canso —dijo mi esposa, tocándose la oreja derecha.
—Sí que te cansas, cariño —respondió la izquierda.
—Estamos siendo muy profesionales.
—Estamos siendo muy mandonas.
Nadie dijo nada. Me incliné hacia ella y le ofrecí el brazo con la mejor de mis reverencias.
—Majestades —dije—. ¿Me conceden este examen?
—Con mucho gusto —respondieron las dos a la vez, y me parecieron la misma voz, solo que más bonita.
La primera puerta era Eufrasia.
Yo lo había sospechado. Desde que había oído la palabra puerta, sabía en el fondo de mi corazón recién estrenado que alguna de las tres iba a ser ella. Estaba plantada en el vestíbulo, en su marco de roble, con los herrajes bruñidos, un lazo de seda en el pomo y una expresión tan solemne que incluso el ojo de madera le brillaba con una dignidad nueva.
—Buenos días, Majestades —dijo—. Bienvenidos al primer examen. Se llama la Prueba de la Memoria.
—Qué elegante —murmuré.
—Es de mi invención.
—¿Tuya?
—He tenido muchas horas libres. Me abro y me cierro, pero entre medias, pienso.
—¿Y en qué consiste?
—En responder preguntas. Todas sobre el castillo. Todas sobre las personas que viven en él. Si contestan bien, me abro. Si fallan, me quedo cerrada. Y si me insultan, grito.
—Entendido.
—Empiezo yo. —Carraspeó con un crujido de bisagra—. Pregunta número uno. ¿Cómo se llama el mayordomo?
—Mortimer —respondí, con una seguridad radiante.
—Su apellido.
Se hizo el silencio. Sentí cómo la sangre, que ya no sabía si tenía, me abandonaba la cara.
—¿Su... apellido?
—Doscientos años de servicio, conde.
—Es que siempre se ha llamado Mortimer.
—Todos tenemos apellido.
—Yo creía que Mortimer era un nombre completo.
—Qué descuido —dijo Mortimer, que acababa de aparecer junto a mí con la bandeja y la peluca recolocada—. No pasa nada, mi señor. Estoy acostumbrado.
—No, no, no. Me siento fatal. ¿Cuál es?
—Cuervo.
—¿Mortimer Cuervo?
—Mortimer Cuervo Tristán de la Aflicción.
—Es magnífico.
—Gracias, mi señor.
—¿Y por qué nunca me lo dijiste?
—Es que nunca me lo preguntó.
Sylvie, a mi lado, se tocó la oreja izquierda con una sonrisa traviesa.
—Mortimer Cuervo Tristán de la Aflicción, nacido en las Tierras Brumosas en 1702, huérfano de padre y de gato, aficionado a las novelas románticas y a las pastas de valeriana. Me lo contó la segunda noche, mientras me servía el desayuno.