Un vampiro suelto en Brooklyn.

Capítulo 25: Cosquillas.

Sylvie.

Si alguna vez alguien me pregunta cuál ha sido el espectáculo más fascinante que he presenciado, no mencionaré la coronación de una reina, ni el despertar de una sangre milenaria, ni siquiera la caída del flequillo de Lucien Moreau en pleno combate. Diré que fue ver a un vampiro de trescientos doce años, envuelto en un mantel de lino y con el pelo hecho un nido de cuervos, acercarse con las manos extendidas a un ácaro del tamaño de un autobús mientras susurraba: Tranquilo, amigo, esto no te va a doler.

—Chiii —respondió Fernando, con una esperanza que me encogió el corazón.

—Que conste que no lo hago por gusto —dijo Lucien, mirando a su alrededor—. Lo hago por la Casa.

—Por la Casa —repitió Ruperto, desde el suelo, aún con el cartel de PENDIENTE DE RESOLUCIÓN pegado al peto.

—Por la Casa y por la sopa —añadió Baltasar.

—Por el queso —dijo Gregorio, que no sabía muy bien qué hacía allí.

Lucien levantó los dedos, los movió en el aire como un pianista a punto de empezar un concierto y los hundió en la barriga peluda del ácaro con una delicadeza de cirujano.

La reacción fue inmediata.

Fernando abrió los ocho ojillos, soltó un chillido agudo que hizo temblar los vitrales y se retorció sobre el lomo con las ocho patas pataleando en el aire. Después se echó a reír. No sé cómo describir la risa de un ácaro del queso. Imaginad un fuelle de acordeón con hipo, mezclado con un silbato de tren y un pato estornudando. Era un sonido tan absurdo, tan feliz y tan contagioso que Hugo se tapó la boca con las dos manos para no unirse.

—¡Funciona! —gritó Bartolomé, con la pipa temblándole en los labios—. ¡Es el capítulo doce! ¡Siempre funciona!

—¡No pares, Lucien! —chillé.

—¡No paro! ¡Pero él no me deja respirar!

—¡No respiras!

—¡Por eso lo digo! ¡Es una cuestión de principios!

Fernando rodó hacia un lado. Lucien rodó con él, agarrado a un mechón de pelo del ácaro como a un salvavidas, y los dos desaparecieron tras una estantería de tratados de etiqueta, de la que salieron volando cuatro volúmenes, un busto de Voltaire y una silla de campaña de la Condesa Marchita, que protestó con voz suave desde su rincón, sin levantar la vista del punto.

—Qué falta de modales.

Reapareció a los dos segundos, rodando, a lomos de Fernando, con el mantel convertido en una bufanda y los ojos desorbitados, gritando algo que sonó como que no sabía cómo se frenaba aquello. El ácaro, entre carcajadas, dio un salto de tres metros, aterrizó sobre la mesa central y la partió en dos con un crujido de nogal. El libro negro de heráldica voló por el aire y fue a parar a las manos del Archivista, que lo atrapó con un gemido de dolor y lo abrazó contra el pecho como a un hijo.

—¡Mi tomo! —aulló.

—¡Está a salvo! —gritó Isolda, flotando entre un montón de pergaminos.

—¡Es mi obra maestra!

—¡Es mi cárcel!

—¡Es una cuestión de punto de vista!

Fue una escena de caos absoluto. Los libros volaban en bandadas. Las escaleras móviles perseguían a los curiosos. Mi madre, con una cesta de pociones, intentaba lanzar frascos a Fernando para que se calmara, pero con tan mala puntería que uno estalló contra la pared y convirtió la cuarta estantería en un campo de margaritas. Mi padre le tiraba calcetines. Mortimer repartía bocadillos a los renegados dormidos. Eufrasia hacía de barrera humana, es decir, de barrera de roble, intentando contener la estampida, y gritaba que su nombre era Eufrasia de las Bisagras Doradas y que no iba a permitir que nadie pasara sin licencia.

Y yo, de pie, con las manos en las caderas y los ojos de un verde ya casi recuperado, no podía dejar de reír.

No recuerdo la última vez que me reí así. Desde el estómago, con lágrimas, con ese ahogo dulce que te dobla por la mitad. Había pasado una semana secuestrada, había descubierto que no era humana, que mis padres me habían usado como cazarrecompensas involuntaria, que mi madre era un fantasma y mi tío un vampiro con complejo de capa, y ahora me moría de risa viendo a un hombre guapísimo rodar por una biblioteca sobre un bicho gigante.

Fue entonces cuando lo vi.

Lucien pasó rodando a mi lado, a toda velocidad, con las manos aferradas al pelaje del ácaro y la cara cubierta de baba. Tenía el cabello pegado a la frente, el mantel hecho una bola, una marca de pezuña en la mejilla y los ojos plateados brillantes como dos faroles. Me miró un segundo. Un solo segundo. Y sonrió.

No fue la sonrisa ladeada de los retratos. Fue otra. Una sonrisa abierta, de niño, de alegría sin ensayo, tan sincera que me quedé sin respiración. Sentí que algo se movía en mi pecho, en el lugar donde el medallón partido todavía latía a medias, y mis pies se despegaron del suelo.

—¡Sylvie! —gritó Lucien, desde lo alto del ácaro—. ¡Te estás elevando!

—¡Lo sé!

—¡Piensa en algo pesado!

—¡Pienso en tu pelo!

—¡Eso no pesa nada!

—¡Pues pienso en tu sonrisa!

—¡Eso tampoco!

—¡Entonces no sé qué pensar!

—¡Piensa en Fernando!

—¡Fernando pesa tres toneladas!

—¡Pues eso!

Lo pensé. Y caí de culo sobre la alfombra, con un golpe seco, entre un montón de carcajadas generales.

La carrera duró otro minuto largo. Fernando, entre risas, dio una última voltereta, aterrizó de lomo con las patas al aire, abrió la bocaza hasta casi desencajarse la mandíbula y soltó un eructo tan monumental que el aire de la biblioteca entera se estremeció. Los libros cayeron como hojas. Las velas se apagaron. Y de su garganta salió disparada una bola de color verdoso, viscosa, brillante, del tamaño de una sandía, que describió una parábola perfecta y fue a estrellarse con un plaf sonoro contra el suelo, justo a mis pies.

Hubo un silencio sublime.

Lucien se descolgó del ácaro con un gemido, aterrizó de rodillas sobre la alfombra, jadeando, y levantó la cabeza con el mantel hecho un churro, el pelo empapado de baba y una expresión de profunda dignidad herida.




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