Sylvie.
Hay familias que se reúnen en Navidad, en bodas o en funerales. La mía se reunió en un archivador.
Lo supe cuando la mano del cajón se aferró al borde de madera y, detrás de ella, apareció un brazo envuelto en una manga de camisón a rayas. Después una cabeza con un gorro de dormir de borla, unas patillas blancas de aspecto feroz y unas cejas tan pobladas que parecían dos orugas en pie de guerra. Y por fin, con un gruñido de rodillas oxidadas, salió un señor enorme que se plantó sobre el empedrado del patio con los brazos en jarras y el aire de quien lleva veintitrés años esperando que le abran la ventanilla.
Era alto como una puerta, ancho como un armario y tenía la cara de un halcón malhumorado. El camisón le llegaba a media pantorrilla y las zapatillas de lana tenían un agujero en cada dedo gordo. En el aire flotaba un olor a canfora, a papel viejo y a rey ofendido.
—Veintitrés años —dijo, con una voz que hizo vibrar las ventanas—. Veintitrés años en el cajón de la P. De Pendientes. Sin almohada. Sin manta. Sin una triste vela. Y encima me ponen al lado de un expediente de goteras.
—Majestad —susurró Gaudencio, con la voz de un monaguillo ante un obispo.
—Tú. —Los ojos del señor, dos brasas bajo las cejas, se clavaron en el funcionario—. El del bigote. El que me trajo un papel para firmar y me dijo que era una inspección sanitaria.
—Sí, majestad.
—Qué bigote más desafortunado.
—Es por la crema.
—Es por todo. —Giró la cabeza con un crujido de vértebras y recorrió el patio con la mirada: la torre de cajones flotantes, los funcionarios inmóviles, los sellos con patas, Fernando con Mortimer a la grupa, mi madre con un frasco en alto, un candelabro colgado de una cadena y una armadura con un salchichón en el casco—. ¿Qué es esto? ¿Una reunión de vecinos? ¿Un mercadillo? ¿Un baile de disfraces?
—Una guerra, majestad —contestó Ruperto, muy tieso.
—¿Contra quién?
—Contra la burocracia.
—Ah, bueno. Entonces me quedo.
Y fue en ese momento, con su camisón a rayas ondeando al viento y una expresión de profunda indignación, cuando el señor repitió la pregunta que había hecho al salir del cajón, esta vez con un hilo de ansiedad que no le había notado antes.
—Pero a lo que iba. ¿Alguien ha dicho algo de unas capas?
—Padre —dijo una voz desde la torre.
Draven había descendido sin que nadie lo viera, con las alas plegadas y la cara blanca como la cera, y se había detenido a tres pasos de él con las manos retorcidas a la espalda. El viejo lo miró con los ojos entornados. Lo miró de arriba abajo, desde las botas de piel hasta las alas, con la expresión de quien reconoce un mueble que dejó en la buhardilla.
—¿Draven? ¿Eres tú? Estás más viejo.
—Han pasado treinta y cuatro años.
—Y más delgado.
—Es la dieta.
—Y sigues con lo de la capa.
—Era mía.
—Era de tu hermana.
—¡Era mía!
—Era de tu hermana porque tu hermana sabía doblarla. Tú la dejabas tirada en el suelo como un trapo.
—¡Eso es mentira!
—Tengo el testimonio de tres doncellas y un perro.
—¡El perro no cuenta!
—Pues lo encontró él.
Detrás de mí, mi madre fantasma emitió una especie de sollozo-risa y flotó un palmo hacia delante, con el vestido ondeando y la corona de espinas temblándole en la frente. Estaba más transparente que nunca. Se le veía a través de las manos el candelabro de Baltasar.
—Papá —dijo.
El viejo se volvió de golpe. Se le fueron los colores, y eso que no tenía muchos. Dio un paso, tropezó con el borde del camisón, se agarró al aire y por fin consiguió quedarse quieto, con la boca abierta y los ojos muy abiertos.
—Isolda.
—Hola, papá.
—Estás transparente.
—Estoy muerta.
—Y has adelgazado.
—Ya no como.
—Eso no es excusa. —Se le quebró la voz. Estiró una mano enorme, temblorosa, hacia la silueta luminosa de su hija, y la mano le atravesó el hombro sin encontrar nada. Se quedó inmóvil, mirándola, con las patillas temblándole—. Mi niña. Mi pequeña. Ni siquiera pude despedirme.
—Estabas archivado, papá.
—Qué falta de tacto la tuya.
—Es que es la verdad.
—Siempre fuiste muy sincera. Es un defecto que sacaste de tu madre.
Los vi abrazarse sin tocarse, ella flotando, él inclinado sobre ella con los brazos cerrados en el aire alrededor de una figura de humo, y yo, que no soy de lágrimas fáciles, sentí que algo me subía por la garganta. Lucien, a mi lado, me apretó la mano. No me había soltado desde que se rompió la barrera. Tenía los dedos fríos, firmes, y en el pecho, bajo la palabra FRÍVOLO estampada en tinta gris, algo hacía tic, tic, tic, con una irregularidad tímida de reloj recién estrenado.
—Te está latiendo —susurré.
—Lo sé.
—¿Sigue?
—A ratos. Cuando te miro.
—Pues no me mires.
—Ya es tarde.
Fue entonces cuando el viejo rey levantó la cabeza, secándose los ojos con la manga del camisón, y su mirada de halcón cayó sobre nosotros dos. Sobre nuestras manos. Sobre mi coleta deshecha, mis colmillos, el pañuelo burdeos y la mancha de tinta de mi mejilla. Sobre el vampiro despeinado que me sostenía los dedos con la expresión de un colegial al que han cazado copiando.
—¿Y esta pelirroja? —preguntó.
—Tu nieta —dijo Isolda.
—¿Mi qué?
—Tu nieta, papá. Sylvia Isolda. La que nació la noche en que cayó el castillo.
El rey se quedó inmóvil. Después avanzó hacia mí con pasos largos y resueltos, se plantó a medio metro y me tomó la barbilla con dos dedos del tamaño de morcillas. Me abrió la boca sin ninguna ceremonia, me inspeccionó los colmillos con los ojos entornados y soltó un silbido largo y admirativo.
—Los dientes de tu abuela —dictaminó—. Un poco largos de canino. Una mordida de campeona.
—¿Perdón?
—Y la mala leche de tu madre, que se te nota en el entrecejo. —Me soltó la barbilla con un golpecito afectuoso, que me dejó los dientes castañeteando—. Y el pelo de tu padre, que era un pelirrojo insolente. Una cría excelente. Veintitrés años de retraso, pero excelente.