Artes Prohibidas 2: El Ascenso

Capítulo 41. La última conversación

Abril 27, 2019

Ravenna fue la primera en llegar a su lado.

La sangre brotaba de su cuerpo, incontrolable, imparable.

—No, no, no —balbuceaba asustada—. Quédate conmigo, por favor. Quédate conmigo.

Ravenna podía vislumbrar apenas qué es lo que iba a suceder, aunque quería negarlo.

Cerró los ojos con fuerza y para cuando los abrió puso las manos sobre él.

Luis Ángel convulsionaba cada vez menos, botando sangre por la boca. Ravenna trató de cerrar las heridas, pero aún escapaba sangre.

—LUIS ÁNGEL —escuchó un grito agudo detrás de ella.

Daniela corrió al lado de su amigo. Respiraba agitada y tenía los ojos bien abiertos.

Cayó de rodillas a su lado. Con lágrimas en los ojos le decía que todo estaría bien.

A los pocos segundos aparecieron los demás. Fernanda se quedó congelada en su sitio. Patricia se puso pálida. Y Erick… el joven los cargó y lo llevó al interior de la casa, a la segunda planta.

—Llamen a un doctor —hagan algo. Gritaba con desesperación, con la voz temblorosa. Los guardias fueron a buscar a uno—. Conmigo —les indicó a las demás para formar un círculo.

—Luce pura, vulnera sana. Sanitas redit, dolor fugit —los amigos de Luis Ángel recitaban un hechizo de sanación para curarlo.

Lo repetían una y otra vez con convicción, con dolor. Con fuerza.

—Por favor, Luis Ángel. Por favor —repetía Erick entre gemidos y llantos pegando su cabeza a la de Luis Ángel, sin apartarle la mirada.

Las demás seguían recitando el hechizo.

—Tú puedes. Tú puedes —le insistía el rubio con la cara destruida. Se giró hacia su madre y como un niño que no está dispuesto a perder le habló quebrado—. No está funcionando.

—No es una herida curable —le contestó la Eterna con el rostro temblando—. No es lo suficientemente fuerte aún.

Erick volvió la mirada hacia su novio. Le acarició la frente y puso empeño en el hechizo hasta que soltó un grito gutural.

El chico llevaba minutos perdiendo sangre. Su pulso estaba a punto de desaparecer. Y su corazón se iba a detener pronto.

Ravenna sabía en su interior que si eso llegase a ocurrir, no podría revivirlo ni con revertio, porque el chico era prácticamente un Eterno y la ley de la naturaleza se lo prohibía.

Y con su muerte, el siguiente en la línea sería un desconocido. Nerissa lo buscaría y lo mataría, tal como lo hizo con Luis Ángel.

No habría descanso hasta que Nerissa esté muerta. Y Ravenna sabía que el único con el poder para detenerla era Luis Ángel.

A la mente de la Eterna llegaron las últimas conversaciones que tuvo con él: “Ser Eterno no es proteger a todos. Es elegir qué desastre estás dispuesto a cargar”, “No hay decisiones limpias. Solo decisiones que eliges cargar”.

Ravenna cerró por breves segundos los ojos. Y para cuando los abrió ya no tenía dudas. No fue una elección emocional. Fue una conclusión.

Para que él sane, yo debo ocupar su lugar en el más allá, ahora.

Se acercó hacia su hijo. Apoyó su mano en su hombro.

—Te amo, Erick —le dijo intentando sonreír. Su rostro no obedeció del todo—. Ojalá hubiera tenido más tiempo para contarte todo.

Erick frunció el ceño confundido. Ravenna le acarició el rostro por última vez, con una suavidad que no se lo había permitido a ella misma desde hace años.

—¿Mamá…?

Y luego se marchó.

El silencio duró menos de tres segundos hasta que Erick dedujo lo que haría su madre.

Corrió para sujetarla con los brazos, pero Ravenna con las últimas fuerzas que tenía se teletransportó a un lugar distante.

Erick tocó la nada mientras el dolor en su pecho crecía más y más y las lágrimas caían con fuerza.

Ravenna apareció en la cima de un risco, frente al mar.

Sintió por última vez la brisa del mar chocando con su rostro.

Abajo las olas del mar rompían con violencia contra la roca.

Alzó la mirada hacia el cielo oscuro y tranquilo, solo iluminado por la luna.

De su ropa sacó un cuchillo escondido.

Cerró los ojos.

No tenía miedo. Estaba segura de hacerlo.

No dudó. Sostuvo el arma con firmeza.

Y luego lo hundió en su corazón.

Luis Ángel abrió los ojos completamente.

Lo primero que vio fue el cielo púrpura y las infinitas estrellas que adornaban aquel firmamento cósmico.

Se sentó lentamente, tratando de recordar cómo fue que llegó hasta aquí.

—No viniste por tu cuenta, me temo —le respondió Oreth, apareciendo de pronto. Luis Ángel agachó la mirada, perdiéndose en la nada. Moviendo los ojos de un lado a otro.

Parpadeó un par de veces hasta que su mirada se apagó. Pues comprendió qué hacía ahí.




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