Artes Prohibidas 2: El Ascenso

Capítulo 42. Interludio

Abril 28, 2019

LUIS ÁNGEL POV:

Salí del cuarto con paso firme con Erick detrás de mí.

—Hay algo más que debes saber —el rubio me detuvo de mi mano. Había algo de temor en su tono—. Nerissa tomó el control.

—¿Sabes en dónde está ahora? —le pregunté con voz dura, casi demandante. No quería sonar así.

—En Oridia.

Apreté los puños hasta dejar mis nudillos blancos.

—No hay tiempo que perder. Debemos movernos.

Mientras bajaba las escaleras veía los restos de la batalla en cada escalón: polvo, escombros de la pared, escalones destruidos.

En la sala, o lo que quedaba de ella, estaban las chicas. Sucias y con moretones en los brazos. Tenían la mirada perdida y los ojos hinchados.

Daniela, que tenía la cabeza apoyada en el hombro de Fernanda, fue la primera en cruzar la mirada conmigo. Abrió los ojos de par en par y se quedó con la boca entreabierta.

Se levantó del sofá como un resorte. Las demás voltearon hacía mí.

Daniela envolvió sus manos alrededor de mi cuello y me abrazó con fuerza y desesperación.

Las otras se pararon lentamente. No daban crédito a lo que veían. Solo después de escuchar mi voz calmando la efusividad de Daniela fue que salieron del estado de shock y con una sonrisa entre lágrimas se unieron al abrazo.

—Estás vivo, estás vivo —gemía Fernanda sin dejar de acariciarme el rostro.

Patricia lloraba con una sonrisa. No se acercó a mí. Se alejó un poco, alzó la cabeza y con voz fuerte proclamó:

—Contemplen a nuestro nuevo Eterno.

La palabra “Eterno” retumbó por toda la sala. Oírlo de la boca de mi amiga sonaba extraño y distante. Un título para el que aún no me sentía listo.

Entonces escuché unos aplausos desde lo lejos.

El señor De la Piedra se encontraba bajo el marco de la puerta, aplaudiendo.

Me aparté de las chicas y le dije casi en tono de reclamo:

—¿Sabes lo que eso significa, verdad? —él asintió—. ¿Entonces cómo puede aplaudir en un momento así?

—Porque así lo hubiera querido ella —respondió mientras avanzaba con las manos en los bolsillos—. Es el orden natural de las cosas, niño. No fue natural, pero sí era necesario —contestó con frialdad.

Respiraba un tanto agitado, un tanto fuerte. Lo único en lo que podía pensar era en vengarme de ella.

—Quiero a Nerissa Cromwell muerta —sentencié con firmeza.

El señor De la Piedra asintió levemente. Alzó la mirada y soltó con esa calma que incomodaba:

—Pero antes debemos ir por Ravenna.

Las revoluciones en mi cabeza bajaron a cero.

Giré a ver la cara de Erick. Su mirada apuntaba hacia la nada y luego volvió hacia mí.

Agaché la cabeza, me sentía fatal por dejar que el fuego de la cólera y la venganza consumiera lo poco de humanidad que tenía.

—¿Sabes en dónde está? —me pregunto. Yo negué—. Bueno, estoy seguro de que ahora, si te concentras un poco, podrás encontrarla.

Asentí varias veces. Cerré los ojos por unos breves segundos mientras visualizaba el rostro de Ravenna.

El ruido de las gaviotas y el sonido del mar resonaron en mi cabeza.

—Ya sé en dónde está.

Los hombres del señor De la Piedra estaban recuperando el cuerpo de quien una vez fue nuestra Eterna.

Erick estaba a unos pasos delante de mí apreciando la siniestra escena.

Me acerqué hacia él, apoyé mi mano en su hombro y lo apreté con delicadeza.

—Alguna vez me contó que sus últimos momentos de vida los quería disfrutar en la playa —me contó con voz apagada—. Siempre pensé que sería conmigo a su lado, caminando descalzos sobre la arena, sintiendo la brisa del mar contra nuestras caras. Bajo el cálido sol del verano.

Los guardias se nos acercaron con el cuerpo de Ravenna dentro de una bolsa mortuoria negra.

Erick temblaba y sollozaba. Para cuando nos pusieron la bolsa delante de nosotros, el rubio cayó de rodillas sobre la arena.

Uno de los guardias bajó el cierre para que solo sobresaliera la cara de Ravenna.

Erick comenzó a acariciar la fría cara de su madre. Lágrimas de dolor de su hijo bañaban de vida el rostro de la antigua Eterna.

El rubio se dobló en dos sobre el cuerpo de su madre mientras le reclamaba por qué lo había hecho sin despedirse.

Yo intentaba sujetarlo de los hombros para tranquilizarlo, pero mis súplicas quedaron sepultadas bajo su llanto.

Desde lo lejos, el señor De la Piedra observaba la escena. Asintió con la cabeza; los guardias volvieron a sellar la bolsa y se alejaron de nosotros.

Me arrodille sobre la arena y me puse a su altura. Los sujeté del rostro con ambas manos y mirándolo a los ojos le dije:




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