La hija que nunca debió existir

Capitulo 1 La familia que elegimos

El sonido de la licuadora llenó la pequeña cocina justo cuando Valentina entró corriendo, con el cabello todavía húmedo y una expresión de absoluto terror.

—¡Mamá! ¡Mamá, dime que no es verdad!

Mariana apagó la licuadora y la miró por encima de sus lentes.

—Depende. ¿Qué hiciste ahora?

—¡Nada!

Desde la mesa, Gabriel soltó una carcajada.

—Cuando Valentina dice "nada", generalmente significa que hizo algo.

—¡No hice nada! —protestó ella.

Sebastián apareció detrás de ella, todavía con la camisa del trabajo, y levantó una ceja.

—¿Entonces por qué vienes corriendo como si te persiguiera la policía?

Valentina señaló hacia la sala.

—¡Porque ustedes dos escondieron mis llaves!

Gabriel se llevó una mano al pecho, fingiendo indignación.

—¿Nosotros? Qué acusación tan grave.

—Gabriel.

—¿Sí?

—Tienes mis llaves en el bolsillo.

Él bajó la mirada.

Efectivamente, las llaves estaban ahí.

Hubo unos segundos de silencio.

Después Mariana comenzó a reír.

—Gabriel, algún día vas a aprender a mentir.

—Yo no mentí.

—Las escondiste —replicó Sebastián.

—Eso no significa que haya mentido.

Valentina tomó las llaves y le dio un golpe suave en el brazo.

—¡Eres insoportable!

—Pero me quieres.

—Desgraciadamente.

—Yo también te quiero.

Sebastián negó con la cabeza mientras se sentaba a desayunar.

—Ustedes dos tienen cinco años.

—Y tú tienes cien —respondió Gabriel.

—Tengo veintinueve.

—Exactamente. Cien.

Valentina se rio mientras se sentaba junto a su hermano.

Aquella era su vida.

Sencilla.

Ruidosa.

A veces caótica.

Pero feliz.

Vivían en una casa modesta en México. No tenían grandes lujos, pero nunca les había faltado lo más importante. Mariana había trabajado toda su vida para sacar adelante a sus tres hijos y, aunque Sebastián y Gabriel ya eran adultos, ninguno se había alejado completamente del hogar.

Valentina era la menor.

Y también, según sus hermanos, la persona más consentida de la casa.

—¿Qué vas a hacer hoy? —preguntó Mariana.

—Tengo que ir a la entrevista.

—¿La del trabajo?

Valentina asintió.

—Sí. Si me contratan, podría ahorrar suficiente para ayudar con los gastos de la casa.

Sebastián frunció el ceño.

—No necesitas cargar con todo.

—No estoy cargando con todo. Solamente quiero ayudar.

Gabriel la miró con una sonrisa.

—Si consigues ese trabajo, vas a invitar la comida.

—¿Por qué?

—Porque yo te apoyé emocionalmente.

—¿Cuándo?

—Hace aproximadamente treinta segundos.

—Entonces te pago con un vaso de agua.

Gabriel fingió estar ofendido.

—Esta familia ha perdido sus valores.

Mariana negó con la cabeza.

—No sé qué hice para tener tres hijos tan problemáticos.

Valentina sonrió.

Ella adoraba esos momentos.

No sabía que precisamente aquella mañana estaba viviendo las últimas horas de su vida tal como la conocía.

Al mediodía, Valentina salió de la entrevista convencida de que no había conseguido el empleo.

Había respondido todas las preguntas, pero había salido del edificio con la sensación de que había cometido algún error.

Sin embargo, cuando llegó a casa encontró a sus hermanos esperándola.

—¿Y? —preguntó Sebastián.

—Creo que me fue mal.

—¿Qué hiciste? —preguntó Gabriel.

—Nada.

Los dos la miraron.

Valentina suspiró.

—Está bien. Quizá hablé demasiado.

—Eso no es una novedad —dijo Gabriel.

—Gracias por tu apoyo.

—Siempre.

Mariana salió de la cocina con una taza de café.

—¿Por qué no descansas un poco?

Valentina se dejó caer en el sofá.

—Porque necesito conseguir trabajo.

Mariana se sentó junto a ella.

—Lo conseguirás.

Valentina apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Cómo estás tan segura?

—Porque te conozco.

Valentina sonrió.

—¿Y si no soy tan buena como ustedes creen?

Mariana la abrazó.

—No vuelvas a decir eso.

Para Mariana, aquella muchacha era mucho más que su hija.

Era el centro de su vida.

La había visto crecer.

Había estado allí cuando dio sus primeros pasos, cuando pronunció sus primeras palabras, cuando tuvo fiebre, cuando rompió accidentalmente una ventana jugando con sus hermanos y cuando llegó llorando después de su primera decepción amorosa.

Había guardado cada dibujo.

Cada fotografía.

Cada recuerdo.

Y aunque existía un secreto que había mantenido durante veinticuatro años, Mariana jamás había permitido que ese secreto cambiara la forma en que amaba a Valentina.

Para ella, no había diferencia.

Valentina era su hija.

Aquella noche cenaron juntos.

Gabriel contaba una historia absurda sobre uno de sus compañeros de trabajo mientras Sebastián intentaba demostrar que la historia era completamente falsa.

Valentina se reía tanto que casi derramó su bebida.

—¡Te digo que fue verdad! —insistió Gabriel.

—No puede ser verdad —contestó Sebastián—. Nadie puede ser tan estúpido.

—Conozco personas peores.

—¿Quién?

Gabriel señaló a Valentina.

—¡Oye!

Los cuatro comenzaron a reír.

Mariana los observó desde su lugar.

Por un instante sintió una presión en el pecho.

No era tristeza.

Era miedo.

Habían pasado veinticuatro años.

Veinticuatro años desde aquella noche.

Durante mucho tiempo había pensado que el secreto moriría con ella.

Pero últimamente había comenzado a preguntarse si había sido correcto ocultárselo a Valentina.

No quería perderla.

Pero tampoco quería que algún día descubriera la verdad por otra persona.

Mariana bajó la mirada.

Valentina lo notó.

—¿Mamá?

Mariana levantó la cabeza.




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