Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

XVI. Stella: La pelota azul

XVI. Stella: La pelota azul

Una especie de descarga eléctrica recorrió todo mi cuerpo.

Entonces comenzó el adormecimiento.

Primero fueron las manos.

Después los brazos.

Luego todo mi cuerpo.

Sentí que algo se estaba llevando mi fuerza.

Y, poco a poco, también mis recuerdos.

¿Quién era yo?

Intenté aferrarme a ellos.

No pude.

Los recuerdos comenzaron a ser consumidos por la oscuridad.

Sentí que perdía el conocimiento.

Ya no sabía dónde estaba.

Ya no sabía quién era.

Un flashazo.

Solté la mano de aquel paciente en estado de coma.

Asustado, salí rápidamente de la habitación.

Miyuki me esperaba en la entrada del hospital junto a Tanuki.

—¡Onii-chan! ¿Estás bien? Te veo un poco...

—Debes irte ya —la interrumpí—. No debí traerte a este lugar.

—¡Pero fue mi decisión acompañarte!

—Lo siento mucho, Miyuki. No debiste venir a buscarme. Fue una locura hacerlo. Agarra tus cosas y regresa con tus padres de inmediato. Vine aquí para hacer algo muy importante y no puedo hacerlo si tú estás aquí. Eres una gran distracción y, en serio, necesito concentrarme en lo que he venido a buscar.

Su expresión de asombro cambió lentamente.

Desilusión.

Sus ojos rasgados se volvieron cristalinos mientras intentaba contener el llanto.

No pudo.

Una lágrima resbaló por su mejilla.

Después otra.

—¿Onii-chan quieres que me vaya? ¡Pero quiero ayudarte! ¡Seguramente entre Tanuki y yo podemos ayudarte a buscar más rápido!

Insistió, intentando convencerme de dejarla quedarse.

Pero no podía permitirlo.

Ella corría peligro.

—Y con respecto a Tanu... es mejor que se vaya contigo.

Miré al perro.

Tanuki me observaba como si entendiera cada palabra.

De pronto, me dio la espalda y fue a esconderse detrás de las piernas de Miyuki.

—¿Tanuki? ¡No! ¿Él qué culpa tiene? ¡¿Por qué?! ¡Si él es tuyo!

Miyuki se agachó para acariciarlo y abrazarlo.

Tanuki levantó la mirada hacia mí.

Sus ojos azules, tristes, parecían comprender mucho más de lo que un perro debería comprender.

—Tanu ya no es feliz conmigo —bajé la mirada—. Hace tiempo que siento el descomunal peso de muchas cosas que han afectado mi vida. Y siento que, de alguna forma, le he transmitido todo eso a él.

Los miré a ambos.

Él y ella merecían ser felices.

—Por favor, Miyuki... regresa a Praga. Lejos de mí.

Algo no estaba bien.

Y si algo terrible llegaba a ocurrirles, jamás podría perdonármelo.

Miyuki no respondió.

Solo asintió.

Después me pidió quedarse unas horas para cuidar de Zazil mientras yo regresaba. Si ocurría algo, llamaría a la policía.

Acepté.

Me entregó a Tanu.

Una última vez.

—Cuida de él —dijo.

Tanuki se quedó junto a mí.

Miyuki se acercó y me dio un beso en la mejilla.

Después se despidió.

Subí al taxi.

Mientras el vehículo avanzaba, miré por la ventana.

Miyuki permaneció allí, sola, frente al hospital.

Cada vez más lejos.

Tanuki apoyó la cabeza contra mi pierna.

Y una vez más recorrí las misteriosas calles de Santiago.

—¿A qué va a ese lugar, caballero?

—Estoy en busca de algo.

El taxista guardó silencio unos segundos.

—Supongo que es a lo que van todos. Tenga mucho cuidado. Muchos han ido buscando lo mismo y nunca más se ha sabido de ellos. Ningún tesoro vale más que la propia vida, entiéndalo.

El taxista se detuvo unas cuadras antes de llegar a la dirección indicada.

El camino estaba cerrado.

La razón, según un letrero, era una superstición local relacionada con la leyenda de un tesoro perdido.

Bajé del taxi y continué a pie con Tanu.

Era un alivio sentir su compañía en un sitio tan solitario.

La oscuridad, el aire frío y el silencio de la noche inundaban las calles.

Entonces vi algo.

A lo lejos, una niña de unos siete años deambulaba por las calles cercanas a la zona residencial.

Atravesó la calle sosteniendo una enorme pelota azul entre sus manos.

Ni siquiera miró si venía algún automóvil.

Cruzó sin la menor precaución.

Me pareció extraño.

Era casi medianoche.

No había nadie más.

Todas las casas estaban cerradas y sus luces permanecían apagadas.

Y entonces...

la niña desapareció.

Simplemente dejó de estar allí.

Miré a mi alrededor.

Nada.

Ni una puerta abriéndose.

Ni pasos.

Ni siquiera el sonido de sus pisadas alejándose.

Cuando pasé por el lugar donde había cruzado, descubrí una residencia.

Había rastros de chamuscado y quemaduras en algunas partes de la propiedad.

No cabía duda.

Era la residencia de Héctor Kedward.

La enorme y lujosa reja estaba entreabierta.

Me acerqué.

Quizá la niña había entrado allí.

Quizá necesitaba ayuda.

Decidí entrar.

La residencia se encontraba frente al lago Atitlán, uno de los paisajes más hermosos que había visto.

Era un lugar concebido para descansar.

Un enorme jardín se extendía hasta la orilla del lago, rodeado por tres volcanes, montañas y una exuberante vegetación.

A espaldas de la residencia había incluso un viñedo.

El lugar parecía demasiado tranquilo.

Demasiado perfecto.

La propiedad estaba ubicada en Cerro de Oro, dentro de un pequeño y seguro complejo de condominios, a unos diez minutos de Santiago.

Desde allí podía contemplarse la silueta del cerro, cuya forma recordaba a la de un elefante.

Era un hogar de ensueño.

Una residencia frente al lago.

Y, sin embargo, algo en aquel lugar me producía una sensación de inquietud.

Atravesé con Tanu el umbral de la puerta.

Estaba abierta.

Apenas puse un pie dentro, sentí un escalofrío recorrerme la nuca.

Entonces una corriente de aire helado atravesó la entrada.




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