Mucho antes de Eliseo.
Mucho antes de Skoll.
Mucho antes de Ulysses.
Hubo un niño.
El circo había llegado a Moldavia.
Aquella noche había función.
Las luces se encendieron.
Salí al escenario.
Los reflectores me encontraron.
Desde la distancia pude ver a mi única amiga.
La elefante levantó la trompa.
Me estaba saludando.
O eso quería imaginar.
Después miré al público.
Decenas de rostros.
Todos tenían la misma expresión que el dueño del circo.
Repugnancia.
Entonces alguien gritó:
—¡MONSTRUO!
Una botella salió volando desde las gradas.
El vidrio golpeó mi cabeza.
Estalló.
Caí de rodillas.
La sangre descendió por mi rostro. Los fragmentos cortaban profundamente, pero no tanto como aquellas miradas.
Mi amiga vio lo ocurrido.
Algo dentro de ella se quebró.
Bramó.
Tiró de la cuerda.
La rompió.
Y atacó.
El público comenzó a gritar.
Los gritos la alteraron todavía más.
Hasta que aparecieron hombres armados.
—¡No!
Quise pronunciar la palabra.
De mi garganta sólo salió un sonido desesperado.
Uno.
Dos.
Tres disparos.
Muchos más.
Lo que momentos antes había sido risas se transformó en un escenario sangriento.
Mi amiga cayó.
Su trompa ya no volvió a levantarse.
Sus ojos dejaron de buscarme.
Se cerraron para siempre.
En segundos habían asesinado a mi única amiga.
Algo ardió dentro de mí.
Ira.
Dolor.
Odio.
Mi cuerpo comenzó a incendiarse.
Primero fueron pequeñas llamas.
Después, un infierno.
El fuego se extendió por el escenario, las cortinas, las gradas, las jaulas, las personas.
Todos.
No pude detenerlo.
En cuestión de minutos, el circo ambulante entero se convirtió en una gigantesca llamarada.
Y después...
Sólo quedaron cenizas.
Temblaba bajo el frío de la noche, pero apenas podía sentirlo.
Estaba hipnotizado.
Por primera vez desde que había nacido no había barrotes frente a mí.
Miré mis muñecas.
No había cadenas.
Mis pies cubiertos de escamas tocaron por primera vez el pasto verde.
Real.
Quizá estaba llorando.
Quizá riendo.
No lo sabía.
Era libertad.
Levanté la mirada.
Y la vi.
La luna.
Redonda.
Inmensa.
Siempre había estado allí, pero jamás había podido contemplarla sin barrotes de por medio.
Entonces apareció un ángel.
Al menos eso creí.
Una mujer permanecía a unos metros, iluminada por la luna.
Se acercó lentamente.
Se arrodilló frente a mí y observó mis escamas.
Esperé la repugnancia.
No apareció.
Esperé el insulto.
Tampoco llegó.
Simplemente abrió los brazos y me abrazó.
Mi cuerpo entero quedó rígido.
Calor.
No dolor.
Era el primer abrazo que había recibido en toda mi existencia.
Y, por primera vez, no me sentí como un monstruo.
—Mi nombre es Belle —susurró.
Belle.
Jamás olvidaría aquel nombre.
—No tengas miedo. Todo terminó.
Volví la mirada hacia el circo en llamas.
Belle me abrazó con mayor fuerza.
—Ya no pueden hacerte daño. Porque tú también has muerto.
Me aparté para mirarla.
Sostuvo mi rostro entre sus manos.
—Pero la muerte no siempre significa el final. Mira las serpientes. Abandonan su vieja piel y continúan viviendo. Eso haré contigo. Te daré otra vida. Volverás a nacer. Y esta vez no estarás solo. Yo seré tu nueva madre.
Cerré los ojos.
No necesitaba nada más.
Entonces añadió:
—Pero tendrás que hacer algo por mí. Cuando vuelvas a nacer... deberás matar a alguien.
Permanecí inmóvil.
Recordé al dueño del circo.
Las botellas.
Los disparos contra mi amiga.
Los humanos eran malos.
Eso era lo único que había aprendido.
Asentí.
Sólo quería pedir una cosa.
Señalé mi cabeza.
Después, el circo.
Las cadenas.
Ella comprendió.
—Quieres olvidar.
Volví a asentir.
Olvidar el martillo.
Los dedos destrozados.
La jaula.
Los disparos.
A mi amiga desplomándose.
—Entonces olvidarás.
Pero antes de cerrar los ojos hice una última promesa.
Si algún día rompía mi palabra...
Si en aquella nueva existencia me negaba a cumplir aquello para lo que Belle me había hecho renacer...
Aceptaría mi castigo.
La locura sin fin.
Belle me sostuvo entre sus brazos mientras la luna desaparecía lentamente detrás de las nubes.
—Duerme —susurró—. Cuando vuelvas a abrir los ojos... habrás vuelto a nacer.
Me aferré a ella.
El fuego del circo se apagaba lentamente detrás de nosotros.
Y mientras el Niño Serpiente moría entre los brazos de Belle...
en algún lugar, en otro tiempo...
Eliseo esperaba para nacer.