El tono de mi teléfono celular me arrancó de mis pesadillas y me devolvió a la cruda realidad.
Tanuki dormía plácidamente al pie de mi cama.
—¡Vaya! ¡Al fin despiertas! —dijo una voz masculina, agradable, parsimoniosa y familiar.
La reconocí de inmediato.
Era la misma voz, aunque algo más añejada.
La voz de Eshkol.
Al principio pensé que seguía soñando. Como tantas veces, despertaba en mi habitación con Aquileo —aquel muñeco hecho con mis propias ropas— sentado en una silla frente a mí. El mismo muñeco que había recreado en la residencia Kedward para engañar a aquella criatura durante una de mis peores pesadillas.
Pero esta vez no era Aquileo.
En una esquina de la habitación estaba Eshkol. Sentado en una silla, iluminado por las velas de un candelabro hebraico colocado sobre una mesa junto a la pared. Llevaba gafas oscuras, sostenía su bastón y vestía como un judío ortodoxo.
Con una mano acariciaba lentamente a un perro lobo checoslovaco ya viejo, que permanecía inmóvil a su lado.
Por un instante, aquella escena me recordó a la sombría efigie de Maximón.
—¿Acaso no vas a contestar? —preguntó Eshkol con sequedad.
Entonces miré mi teléfono, abandonado sobre una pequeña mesa junto a la cama.
Contesté de inmediato.
Esperaba escuchar la dulce voz de Miyuki.
Pero no fue así.
—Felicidades. Sabía que lograrías salir con vida de aquella casa.
La voz distorsionada que salió del teléfono parecía provenir de algún lugar del infierno.
Sentí un escalofrío.
Entonces recordé por qué había venido a aquel lugar.
—Ahora dime algo, Skoll...
Una breve pausa.
—¿Aún crees que los monstruos solo viven en las pesadillas?
Era Troyano 999.
—¡No puede ser verdad! ¡Aquello no...! ¡Tú sabías que...! ¡Me tendiste una trampa!
—Sí. Claro que lo sabía. Y no. No fue una trampa. Fue una prueba... y la superaste. Sabía que serías el único capaz de hacerlo. Al parecer, no me equivoqué.
—¿Qué es lo que está sucediendo aquí?
—Lo que sucede aquí, amigo mío, es lo mismo que ha ocurrido en cada rincón del planeta desde que el hombre concibió la palabra demonio.
Guardó silencio durante unos segundos.
—El mundo está lleno de matices, de luces y sombras. Pero muy pocos son capaces de ver lo que se oculta detrás del lienzo. Desde el principio de los tiempos, las fuerzas de la luz y la oscuridad han luchado por algo que ambas consideran suyo: el alma de los hombres.
»Ellos se hacen llamar la Orden de Horus. Una sociedad secreta, un culto que ha sobrevivido hasta nuestros días ocultándose detrás de diferentes nombres. Han infiltrado gobiernos, religiones, grandes empresas y medios de comunicación. Han acumulado poder durante siglos mientras nosotros observábamos sin comprender lo que ocurría.
»Han financiado guerras desde tiempos de Napoleón. Se reúnen lejos de las ciudades, en castillos, mansiones o lugares donde nadie haría preguntas. Allí llevan a niños y adultos para someterlos a sacrificios y torturas.
»¿Bohemian Collyseum? Eso no fue una excepción. La Iglesia, gobernantes, monarcas y empresarios poderosos han participado —o al menos han permitido— atrocidades como esas. Y cuando alguna víctima sobrevive y denuncia lo ocurrido, sus palabras desaparecen. Ellos controlan los medios, las leyes y las instituciones capaces de silenciarlas.
»La religión tampoco escapó a su influencia. Durante siglos manipularon la fe y utilizaron libros, dogmas y símbolos para moldear a las masas.
La voz de Troyano se volvió más grave.
—Pero la Orden de Horus no es lo más antiguo.
—¿Entonces qué hay detrás de ellos?
—Los Arcontes.
Sentí un escalofrío.
—Hace miles de años ya existían relatos sobre seres que dominaban la voluntad humana. Manuscritos antiguos hablan de entidades que parasitan nuestra mente, alteran nuestra percepción y controlan nuestras vidas.
»Pueblos separados por océanos y siglos, sin contacto conocido entre ellos, describieron criaturas sorprendentemente similares. En Egipto aparecieron manuscritos gnósticos que hablaban de seres que intervenían en la conciencia humana. Después, gran parte de ese conocimiento desapareció, fue destruido o quedó deformado con el paso del tiempo.
»La biblioteca de Alejandría, la persecución de eruditos, la Inquisición... todo pudo haber servido para borrar las huellas de aquello que ocurrió antes de nosotros. Pero no consiguieron eliminarlo todo.
La respiración de Troyano podía escucharse al otro lado de la línea.
—Según esos textos, los Arcontes no son humanos. Se hicieron pasar por dioses y exigieron sacrificios. Niños. Vírgenes. Hombres. Mujeres. El miedo y el sufrimiento de sus víctimas son la energía que buscan.
»Por eso las guerras nunca han sido únicamente guerras. Por eso el odio y el sufrimiento se repiten generación tras generación.
—¿Dónde están?
—En un lugar que los hombres apenas conocen. Algunos textos dicen que habitan bajo la corteza terrestre. Otros aseguran que pueden atravesar dimensiones que nosotros ni siquiera somos capaces de percibir. Pueden alterar nuestra mente. Pueden enfermarnos. Pueden aparecer con distintos rostros y cambiar de forma. Han recibido muchos nombres a lo largo de la historia.
Una pausa.
—Pero todos significan lo mismo.
Su voz se volvió casi un susurro.
—Control. Sumisión absoluta.
Y entonces comprendí que el Bohemian Collyseum quizá no había sido el final de nada.
Solo había sido una puerta.
Y acababa de abrirse.
—No puedes negar lo que viste en la residencia Kedward. Aquello no fue un sueño. Fue la prueba de que existe un mundo más allá de lo que puedes percibir.
»Miklós Lykaios lo sabía. Y fue asesinado por ello... y por haberte liberado del primer nivel del Proyecto Monarch.
—¿Te refieres a Hamelín?
—Exactamente.
La voz de Troyano se volvió más grave.