Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

XXXIII.Turris: Alfa

XXXIII.Turris: Alfa

La entrada a la cuarta división del plano astral había desaparecido como si nunca hubiese existido.

El jefe Omega caminó hacia una elegante silla roja con forma de cobra real, con la cabeza erguida, situada en medio del extenso páramo pentagonal, y se sentó.

A un lado había una pequeña mesa redonda de metal con una botella de vino tinto y una copa de cristal.

Se sirvió parsimoniosamente y tomó un sorbo.

—Realmente eres muy gracioso. Libera a Yunuen y a Eshkol de inmediato y te prometo que morirás rápido y sin dolor —advirtió Zamná.

Lo observaba con el ojo descubierto, lleno de odio, mientras el jefe Omega se relamía los labios y balanceaba el vino en la copa en sentido contrario a las manecillas del reloj.

Parecía experimentar euforia con cada sorbo, como si fuera el elixir de la eterna juventud.

—¡Qué extraordinaria ambrosía! Y tú, qué impertinente eres. Según me contaron, Zazil también usaba un parche en el ojo. Debes extrañarlo mucho.

Levi sonrió.

—Veo que ya estás enterado. Te alegrará saber que tu verdadero hijo está sano y salvo junto con el judío. Pero me temo que tú no lo estarás por mucho tiempo. Por si no lo habías notado, Xandria acaba de tenderte una trampa trayéndote hasta aquí por tu hijo y por tu amigo.

Xandria, disfrazada con la apariencia del sacerdote, caminó hacia él y se posicionó a la derecha de la silla, cerca de Levi, como señal de evidente traición.

Levi la observó de pies a cabeza y le arrebató con brusquedad la Biblia que llevaba en las manos para guardarla en uno de los bolsillos de su traje.

Xandria palideció.

—Me abruma tanta lealtad de su parte. Su lealtad es igual a la tuya para con los Arcontes Alfa. Supongo que no les has dicho tu verdadero propósito. ¿Acaso crees que no me he dado cuenta de lo que haces? Nunca te has rebelado contra tus amos. Engañaste a los Omega haciéndoles creer que los liberaste y que les ayudarías a acabar con el dominio Alfa. ¿O acaso miento? —dijo Zamná.

Levi dejó escapar una carcajada.

—Deberías saberlo. Enfrentarse a los Alfa es una locura. No es como enfrentarse a la Doble S o a un grupo de guardias Beta. La sola idea de oposición merece pena de muerte.

Se acomodó en la silla.

—Para que te hagas una idea: un solo Alfa es más que suficiente para acabar con cien Omega. Eso sin mencionar que un solo miembro de los Samael, mejor conocidos como los Cuatro Jinetes, posee el poder suficiente para exterminar a todos los Omega diez veces. No te imaginas la magnitud del poder de los cuatro juntos.

Sus ojos brillaron.

—Ellos son los amos del mundo. Si llegaran a provocarlos, sería el fin de toda vida en la Tierra.

Bebió otro sorbo.

—Sin embargo, su misericordia ha sido tan inmensamente grande que nos han dado la oportunidad de vivir creyendo que somos libres y que podemos vencerlos. Pero la realidad es otra. Yo los he llevado a la verdadera salvación. Están mejor conmigo como mis prisioneros, divirtiéndose día y noche en un lugar que yo mismo creé astralmente para ellos, donde no perecerán jamás, que sufriendo horriblemente un castigo divino llamado Proyecto Monarch.

Miró a Zamná.

—No todos están de acuerdo. A esos opositores los he traído hasta aquí para darles la oportunidad de entrar en razón. No se dan cuenta de que, de no ser por mí, nos habrían aniquilado a todos desde hace ya mucho tiempo.

—Tú eres el que no se da cuenta. Los tienes en una jaula de oro, pero una jaula es una jaula al fin y al cabo. Y les ofreces la misma absurda mentira que le cuentan a todos los humanos. Les hacen creer que son libres cuando, en realidad, viven una falsa libertad, encerrados en una granja de mentiras llamada mundo, donde tarde o temprano serán devorados por sus consumidores.

Levi sonrió.

—Vivimos mejor así que sufriendo toda una vida intentando escapar. Además, existe la posibilidad de alcanzar la clase Alfa si la Alianza de la Oscuridad, conformada por los clanes Arconte Alfa, cree que somos merecedores de tal galardón.

Se señaló el labio inferior.

—Ellos pueden liberar al Omega del sello situado aquí y así abrir su tercer ojo para despertar todo su potencial dormido, que puede llegar a ser mayor que el de un Alfa pura sangre. Aunque eso sí, han sido muy pocos los privilegiados.

Se llevó una mano al pecho.

—Me enorgullece decir que yo, señor Zamná, soy uno de ellos.

Sus ojos adquirieron una expresión de fanatismo.

—La oscuridad solo consume a los débiles, mientras que los superiores residimos en ella sin siquiera inmutarnos. Todos merecemos la oportunidad de ser probados y nadie está exento.

—Sin preámbulos. Te lo preguntaré una última vez. ¿Dónde están Yunuen y Eshkol?

Levi inclinó ligeramente la cabeza.

—Abelard mencionaba que los judíos trajeron a América, después de ser desterrados de Europa, una mezcla de razas cargada de resentimiento. La clase Beta creía también en sus ideales; por eso algunos de ellos que trabajaban en el hospital donde Zazil fue atendido decían aborrecerlo.

Hizo una pausa.

—Abelard creía en la supremacía de la raza aria y que los mestizos merecían arder en el infierno. Los odiaba. Odiaba esa mezcla y ansiaba algún día ser un Alfa y librarse de esa "maldita marca mestiza", como él la llamaba.

Levi clavó los ojos en Zamná.

—Tú debiste entenderlo. En especial tú deberías odiarlos. Al fin y al cabo, todos los europeos y judíos son invasores para ti por aquellas atrocidades cometidas durante la invasión a los indígenas.

Zamná permaneció en silencio.

—No comprendo ahora por qué quisieras salvar a este judío llamado Eshkol. ¿En verdad crees que merece ser salvado tanto como tu hijo? ¿O en verdad crees que los humanos merecen ser salvados más que los Omega?

Levi apoyó la copa sobre la mesa.

—Los humanos no son mejores que los Arcontes. En 1960, los aborígenes australianos cayeron bajo la Ley de Flora y Fauna, que los clasificaba como animales, no como seres humanos. Humanos tratando como animales a otros humanos. Qué familiar suena eso, ¿no crees?




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