Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

XXXIX. Amans: Las cinco cerraduras

XXXIX. Amans: Las cinco cerraduras

Al despertar, lo primero que percibí fue el hedor putrefacto de la comida que aquella anciana intentaba darme.

Era una mujer de aspecto andrajoso, envuelta en túnicas extravagantes. Me habían encontrado al borde de la muerte tras la explosión que había sorprendido a la tropa a la que pertenecía. Todavía no había recuperado por completo la conciencia cuando ya sentía una cucharada de aquella mezcla repugnante entrando a la fuerza en mi boca.

No tenía fuerzas ni siquiera para masticar.

Tragaba por instinto mientras aquella extraña me observaba con profundo desprecio.

Quizá había descubierto que yo era un soldado enemigo.

Quizá pensaba entregarme. Hacerme prisionero.

O deshacerse de mí de una forma mucho peor.

Las ideas se agolparon en mi cabeza y, justo cuando intenté gritar, un dolor insoportable me atravesó el cráneo.

Volví a perder el conocimiento.

Cuando desperté de nuevo, mi reloj marcaba apenas treinta minutos.

La anciana había desaparecido.

También aquella comida nauseabunda que me recordaba demasiado al menjurje de la madre superiora en el orfanato de Hamelín.

Por un instante sentí alivio.

Intenté mover los brazos.

No pude.

Estaba inmovilizado. Varias cuerdas sujetaban mis extremidades a lo que parecía un antiguo instrumento de tortura medieval. En las paredes había estructuras metálicas manchadas de sangre.

Entonces recordé algo que le había escuchado contar a un general.

Una leyenda sobre una aldea cercana al campamento militar, habitada por mujeres que habían quedado viudas durante la guerra y habían consagrado sus vidas a las artes oscuras.

Una puerta se abrió.

El corazón empezó a golpearme el pecho.

La anciana entró.

Caminó lentamente hacia una palanca situada junto a mí.

—No...

Intenté liberarme.

La mujer puso una mano sobre ella.

—¡Espera!

La bajó.

El complejo mecanismo de poleas cobró vida.

Las cuerdas se tensaron.

Mi cuerpo comenzó a estirarse.

El dolor llegó primero a los hombros. Después a las caderas, a las rodillas, a los brazos.

Grité.

La máquina siguió tirando.

Sentí que cada articulación estaba a punto de separarse, hasta que escuché algo desgarrarse.

Mi pierna izquierda se desprendió brutalmente a la altura de la rodilla.

Mi último recuerdo fue mi propio grito.

Después, oscuridad.

Desperté en el campamento.

El médico me explicó que había perdido la pierna durante la explosión y que ninguno de mis compañeros había sobrevivido.

Entonces recordé lo ocurrido.

Una niña había llegado buscando ayuda. Mis compañeros estaban cerca de ella mientras yo me había apartado para observar desde la ventana del quinto piso de un edificio casi en ruinas.

Levanté el rifle.

Miré a través de la mira telescópica.

Y entonces lo vi.

Explosivos.

La niña los llevaba ocultos alrededor de su pequeño cuerpo.

Lloraba.

Sabía lo que iba a ocurrir.

Apunté.

Tenía su cabeza en la mira.

Mi dedo estaba sobre el gatillo.

Pero no pude.

No podía dispararle a una niña.

Aparté el arma y corrí hacia mis compañeros para advertirles.

Demasiado tarde.

La tierra tembló.

La explosión me arrojó contra el suelo.

Todos murieron.

Todos menos yo.

Mi culpa.

Otra vez mi culpa.

Mi maldita culpa.

—¡Despierta!

Una dulce voz arrancó aquella pesadilla de mi cabeza.

Abrí los ojos.

Mi pierna izquierda seguía allí.

Completa.

Jamás la había perdido.

Y mis compañeros tampoco habían muerto.

Porque aquello no había sucedido así.

Yo había jalado el gatillo.

Yo había matado a la niña.

Y había salvado a mis compañeros.

Pero había conservado algo todavía más importante:

a la mujer más hermosa sobre la faz de la Tierra.

Ella estaba a mi lado.

—¡Valentina!

Comenzaba a anochecer.

—Otra vez te quedaste dormido —dijo—. Y por tu cara, veo que tuviste la misma pesadilla.

—Perdón. Este lugar es tan tranquilo que es imposible no relajarse.

—Lo sé. Por eso siempre me ha fascinado el bosque.

Me miró con ternura.

—Pero a mí no me engañas. Volviste a soñar con ella.

No contesté.

—Tú no tienes la culpa —continuó—. Si no hubieras disparado, todos tus compañeros habrían muerto. Tú los salvaste. Eres un héroe.

—Entonces ¿por qué me siento como un asesino?

Valentina permaneció en silencio.

—Quisiera preguntarte algo.

—Escucho.

—¿Tú crees que todas las vidas merecen ser salvadas?

La miré.

Valentina comenzó a contarme una historia.

—Una vez llegó al hospital un ladrón que había recibido un disparo mientras intentaba robar una casa. La bala le lesionó la arteria renal y destruyó la apófisis lateral de una vértebra lumbar. Pasó varias semanas en terapia intensiva antes de que lo trasladaran a piso.

Se acomodó junto a mí.

—Uno de los mejores cirujanos del hospital lo había operado. Durante sus últimos días acompañé al médico en el pase de visita y él le preguntó por qué había robado.

Valentina bajó la mirada.

—El hombre respondió: «Quería dinero. De niño nunca tuve y sufrí mucho. Ahora las personas que tienen me lo deben».

Guardó silencio unos segundos.

—El cirujano volvió a preguntarle: «Si me encuentras en la calle, ¿me asaltarías?».

—¿Qué contestó?

—«Sí. Y si se resiste, le metería un plomazo directo en la frente».

Fruncí el ceño.

—El cirujano no podía creerlo. Le dijo: «Pero yo te salvé la vida».

Valentina me miró.

—El hombre se encogió de hombros y respondió: «Ese es su trabajo. Es su deber, ¿o no?».

Una brisa atravesó el bosque.

—Desde entonces comprendí que no todas las vidas deben ser salvadas.

Tomó mi mano.

—Así que deja de castigarte.




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