Eshkol, Zamná, Sirhan y yo nos encontrábamos en el santuario de las mariposas.
Nos habíamos reunido alrededor de una enorme jaula de bambú que Zamná había construido originalmente para transportar animales hacia lugares seguros.
Pero aquella noche tenía otro propósito.
Eshkol había grabado símbolos hebraicos sobre el bambú. Los mismos símbolos que parecían relacionarse con la marca de la frente del monstruo.
No sabíamos exactamente qué poder contenían aquellas escrituras, pero habían conseguido mantenerlo confinado.
Gema, Miyuki y Tanu dormían en una habitación preparada por Zulia.
Eran aproximadamente las tres de la madrugada.
El interrogatorio comenzaba.
Me encontraba junto a los demás cuando Eshkol se aproximó a la criatura.
—Responde únicamente a nuestras preguntas. Revela tu identidad. ¿Quién eres? ¿Qué eres? ¿Cuál es tu nombre, si es que tienes uno?
La criatura levantó lentamente la cabeza.
Su mirada permaneció perdida.
—Soy Xandria. Uno de los Omega que escapó del dominio de los Alfa.
Su voz sonaba extrañamente apagada, como si hablara bajo el influjo de una hipnosis imposible de romper.
—¿Por qué quieres destruir este pueblo?
—Para invocar al Jinete del Caballo Negro.
—¿Por qué quieren invocarlo?
—Porque es el único que puede vencer al gran Arconte Alfa del clan Draconiano.
Hizo una pausa.
—Esta es nuestra guerra.
—¿Por qué están aquí?
—Por el portal.
Todos guardamos silencio.
—Las escrituras y profecías mayas nos condujeron hasta estas tierras. No fuimos los primeros en encontrar lo que duerme aquí. Mucho antes de la llegada de los españoles, una especie poderosa se apoderó de las antiguas pirámides y convirtió los templos en lugares de sacrificio.
Los Draconianos.
—¿Quiénes son?
—Algunos de los nombres que ustedes conocen pertenecieron a ellos. Kukulkán. Quetzalcóatl. No eran dioses.
Su voz se volvió más grave.
—Eran visitantes.
Según Xandria, los Draconianos utilizaron los sacrificios humanos para alimentar las estructuras sagradas y abrir fisuras hacia otros planos de existencia.
No eran simples portales.
Eran heridas.
Grietas capaces de conectar nuestro mundo con algo que se encontraba detrás de él.
—Una pirámide puede convertirse en un umbral —continuó—. Pero no siempre. Necesita las condiciones adecuadas. El momento correcto. El cielo correcto. Y sangre suficiente para despertar aquello que duerme debajo.
Eshkol frunció el ceño.
—¿Y Guatemala qué tiene que ver con eso?
—El agua.
La respuesta fue inmediata.
—Los antiguos descubrieron que ciertas aguas amplificaban la presencia de los umbrales. El agua no crea el portal. Lo revela.
Entonces Xandria habló de una pirámide perdida.
Una estructura sumergida en las profundidades del lago Atitlán.
Durante siglos había permanecido oculta.
No porque fuera invisible gracias a un artefacto, sino porque su propia naturaleza impedía que pudiera ser percibida desde nuestro plano.
Sólo bajo determinadas condiciones podía manifestarse.
—Hemos encontrado el lugar —dijo—. La pirámide existe debajo del lago. Y cuando llegue el eclipse solar, las fronteras entre los planos serán más débiles.
—¿Y entonces aparecerá el Jinete del Caballo Negro?
—Si el ritual es completado.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo saben cuándo ocurrirá?
—Está escrito.
Xandria mencionó dos nombres.
Chilam Balam.
Y Draconian Signum.
Los describió como textos antiguos, fragmentarios y difíciles de comprender, que contenían referencias a una era oscura y a un eclipse que marcaría el comienzo de una nueva etapa para el mundo.
Pero había algo más.
Según los Arcontes, las antiguas pirámides no eran únicamente templos.
Eran puntos de contacto.
Lugares donde las fronteras entre dimensiones se volvían más delgadas.
—¿De qué guerra hablas? —preguntó Sirhan.
Xandria levantó lentamente la cabeza.
—Nuestra guerra no es contra la carne ni contra la sangre.
Sus ojos brillaron débilmente detrás de las sombras.
—Es contra las fuerzas de la oscuridad que han extendido sus raíces sobre la Tierra.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Ellos llevan siglos infiltrándose en este mundo.
—¿Quiénes?
Xandria sonrió.
Fue una sonrisa breve.
Vacía.
—Los que gobiernan desde las sombras.
Nadie dijo nada.
—Han convertido las guerras humanas en instrumentos. Alimentan el miedo, dividen a los pueblos y provocan que los hombres luchen entre sí mientras aquello que realmente los amenaza permanece oculto.
—¿Gobiernos?
—Gobiernos. Corporaciones. Ejércitos. Organizaciones. Dinero.
Su voz comenzó a adquirir un tono casi religioso.
—No necesitan controlar a cada hombre. Sólo necesitan controlar aquello que dirige sus decisiones.
—¿Y ustedes pretenden detenerlos?
Xandria permaneció unos segundos en silencio.
—No.
Su respuesta me produjo un escalofrío.
—Nosotros no pretendemos detenerlos.
Eshkol inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces, ¿qué pretenden?
Xandria levantó lentamente el rostro.
—Despertar a aquello que ellos también temen.
Una pausa.
—Al Jinete del Caballo Negro.
El silencio volvió a apoderarse del santuario.
Y por primera vez comprendí que quizá aquella guerra de la que hablaban los Arcontes no había comenzado en nuestro mundo.
Quizá nuestro mundo era solamente el campo de batalla.
Y el verdadero enemigo...
Todavía no había cruzado el umbral.
—Los gobernantes de la Tierra crean conflictos entre sí mediante simulaciones cuidadosamente diseñadas. Conflictos que alimentan una industria bélica cuyo poder termina concentrado en las mismas estructuras que los provocan.