Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

XXXIV. Ludicium: Omega

XXXIV. Ludicium: Omega

El primer vigilante corrió con enormes pasos hacia uno de los calabozos situados al pie de las pirámides escalonadas y oscuras, más altas que el propio edificio Oblivion Paradise y tan imponentes como la Pirámide del Sol de Teotihuacán.

Todos los calabozos tenían la forma de gigantescas cabezas con expresiones atroces. En sus bocas, abiertas en un grito de eterna agonía, se encontraban las puertas hechas de gruesos barrotes de acero.

El vigilante los rompió en un santiamén.

Una gran llamarada salió disparada hacia él, como si aquel rostro agonizante escupiera fuego cual dragón medieval.

El monstruo ni siquiera se inmutó.

Las llamas no lograron causarle daño alguno. Introdujo su largo y deforme brazo entre los barrotes y, con una sola mano, sacó el cuerpo de Eshkol. Su brazo quedó cubierto de sangre.

Zamná se lanzó hacia el trono del diablo.

El segundo vigilante, de tres metros de altura, bloqueó su paso con un golpe destinado a aplastarlo.

Zamná saltó sobre su brazo, se impulsó hasta su cabeza y lo decapitó blandiendo ambos garrotes.

El enorme cuerpo cayó pesadamente y hundió el suelo con el impacto.

El tercer vigilante corrió hacia Zamná, quien hacía girar sus garrotes en círculos alrededor de su cuerpo como si fueran livianas varas de bambú.

—Creo que es injusto que tú lleves armas y mis vigilantes no. ¡Ultro metallicam! —conjuró Levi.

El vigilante se detuvo y, de un puñetazo, desenterró del suelo una enorme hacha de bronce.

—La pureza del metal de esa arma fue conseguida mediante técnicas metalúrgicas de hace más de tres mil años por misteriosos artesanos nórdicos. Es mucho más de lo que pueden hacer tus vulgares garrotes.

El vigilante atacó.

Zamná se lanzó sin premeditación y bloqueó el filo con uno de sus garrotes.

El impacto resonó como un trueno.

Esquivó el segundo tajo por apenas unos milímetros.

—No creo que logres moverte así por siempre. Mis vigilantes pelearán eternamente. Tú, sin energía astral, tarde o temprano te cansarás.

—No es necesario pelear eternamente. Esto terminará pronto —repuso Zamná.

—En eso tienes razón. Esto terminará pronto.

Eshkol comenzó a gritar.

El primer vigilante lo aplastaba entre sus enormes manos.

Zamná se quitó el parche.

Su ojo brilló con una intensa luz amarilla.

Entonces, un grito que no pertenecía a Eshkol, sino a algo procedente de ultratumba, retumbó por todo el lugar.

Los ojos amarillos del Ave Fantasma brillaron en la oscuridad.

Su sombra cayó sobre el vigilante.

La criatura comenzó a transformarse en madera hasta convertirse en una estatua de ceiba.

El Ave clavó sus garras en el monstruo y liberó a Eshkol.

El tercer vigilante volvió a arremeter.

Zamná invocó el canto del Ave Fantasma, semejante al silbido de la muerte.

El sonido golpeó los tímpanos del vigilante.

La criatura dejó de atacar.

Se dio media vuelta y corrió hacia Levi, pues ahora veía al jefe Omega con el rostro de Zamná.

—¡Nihil vident! —conjuró Levi al comprender la ilusión.

El vigilante, a punto de partirlo en dos, se llevó sus enormes dedos a los ojos y se los arrancó.

Ciego y libre de la maldición, comenzó a silbar.

Después volvió a correr hacia Zamná, guiándose por el olfato y por aquel silbido que utilizaba como un radar sónico, igual que el Ave Fantasma.

Xandria, libre ya del disfraz de Abelard, elevó la palma de su mano derecha y pronunció palabras en un lenguaje semejante al utilizado por Levi.

Su palma comenzó a arder.

Una pequeña esfera resplandeciente, del tamaño de una canica, flotó cerca de su mano. Creció rápidamente hasta alcanzar el tamaño de una bola de boliche.

Xandria la propulsó.

La esfera estalló en varias serpientes de fuego que se enrollaron alrededor del vigilante y lo obligaron a soltar el hacha.

Las serpientes lo sujetaban con fuerza, pero no conseguían quemarlo.

—Creo que ya se habrán dado cuenta de que mis vigilantes son ignífugos. Su inmunidad contra el fuego los hace prácticamente invencibles. Eso se debe a que las larvas lemurianas que llevan dentro nacieron de las llamas astrales, que, en comparación con el fuego mundano, son mucho más destructivas.

Levi sonrió.

—Y hay otra cosa. El cuerpo de los vigilantes no es más que un capullo. La larva se encuentra en fase de crisálida y, en cualquier momento, debe eclosionar.

Entonces ocurrió.

Del cuerpo decapitado del vigilante que había enfrentado a Zamná, de la estatua de ceiba en la que se había convertido el otro y del cuerpo del vigilante que aún permanecía encadenado, emergieron tres criaturas todavía más hostiles.

Eran semejantes a gigantescos escarabajos peloteros, como aquellos que fueron utilizados como amuletos en las tumbas del antiguo Egipto.

—El escarabajo es el símbolo de la resurrección en la mitología egipcia. Les presento a mis vigilantes en su fase imago —dijo Levi.

Los tres escarabajos desplegaron sus alas membranosas.

Cada uno eligió a su presa.

El primero se lanzó en picada contra Eshkol.

El segundo voló directamente hacia Zamná.

El tercero se abalanzó contra Xandria y pareció devorarla.

Justo cuando el escarabajo estaba a punto de devorar a Eshkol, el calabozo con forma de cabeza emergió del suelo como un coloso de piedra de varios metros de altura.

Sus enormes manos pétreas atraparon al insecto.

El escarabajo ejerció una fuerza impresionante con sus patas para liberarse.

Zamná hizo girar uno de sus garrotes y lo arrojó contra el escarabajo que se dirigía hacia él.

El arma golpeó la coraza.

Pero esta resultó ser más resistente que el filo de obsidiana verde.

Era prácticamente impenetrable.

Cuando la esperanza comenzaba a extinguirse, el escarabajo que había atacado a Xandria estalló en llamas desde su interior.




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