Christian.
Me llamo Christian Sinclair, tengo treinta y dos años, dirijo la empresa de maquillaje más importante de Italia y jamás, en toda mi vida, me han dicho que no.
No lo digo por vanidad. Lo digo como quien constata una ley de la física, como que el agua moja y el sol sale por el este. Las mujeres me sonríen. Las mujeres me invitan. Las mujeres, de hecho, se desmayan con una frecuencia que mi asesor legal considera preocupante y que me ha obligado a instalar una alfombra más gruesa en el vestíbulo.
Esa mañana, a las nueve y cuarenta, yo estaba en mi despacho del piso treinta, con los pies sobre el escritorio de nogal, hablando por teléfono con mi hermano Lorenzo, que llamaba desde Nápoles para recordarme, por tercera vez en la semana, que mi vida amorosa era «un desastre sin precedentes».
—Un desastre no —le dije, riendo—. Una colección.
—Christian, la semana pasada una modelo te tiró una copa de champán a la cara.
—Porque me quería demasiado.
—Porque la llamaste Giulia y se llamaba Giada.
—Son detalles menores.
—¡Son nombres, Christian! ¡Los nombres no son detalles menores!
Me eché a reír otra vez, con esa risa que mi madre llama «de pecador sin remordimientos». Y entonces escuché un ruido en la puerta, un pequeño golpeteo tímido, como si alguien llamara con la punta de los dedos a una puerta que ya estaba abierta.
—Te dejo, Lorenzo. Creo que ha llegado el sacrificio de hoy.
—¿Qué sacrificio?
—La nueva secretaria. Recursos Humanos dice que es la única candidata que no ha salido corriendo al ver el currículo de su predecesora.
—Pobre mujer.
—Pobre yo. La anterior renunció llorando y se llevó la grapadora.
Colgué. Bajé los pies del escritorio. Me ajusté la corbata, que ya estaba perfectamente ajustada, por pura costumbre. Y levanté la vista hacia la puerta, con la sonrisa de seducción número tres, la de «bienvenida a la empresa, estás de suerte», que jamás me había fallado.
Y ahí estaba ella.
Primero pensé que se había equivocado de edificio.
Era una mujer pequeña, envuelta en una blusa gris que le quedaba como una bolsa de basura de talla extra grande. Llevaba una falda larga color caqui que parecía haber pasado por tres guerras mundiales y un moño tan tenso, tan severo, que me dolió la cabeza solo de mirarlo. Detrás de unas gafas de montura gruesa, del tamaño de dos ventanas de catedral, asomaban unos ojos que parpadeaban como los de un búho sorprendido a plena luz del día.
Se quedó de pie junto a la puerta, apretando contra el pecho un bolso viejo, como si temiera que yo se lo fuera a robar.
—Buenos días —dije, poniéndome de pie con mi sonrisa más encantadora—. Tú debes de ser…
—Bella —respondió, sin mirarme, clavando la vista en algún punto indeterminado de mi corbata—. Bella… Rinaldi. La secretaria. Me han dicho que empezaba hoy.
Silencio.
Esperé. Siempre hay una reacción. Un pequeño temblor en la voz, un rubor en las mejillas, un suspiro involuntario, un parpadeo de más. Las mujeres reaccionan. Es un fenómeno estudiado, casi científico.
Ella no reaccionó.
Se quedó ahí, de pie, con la expresión de quien espera el autobús número catorce, sin ninguna prisa y sin ninguna esperanza.
—Encantado, Bella —dije, extendiéndole la mano, con un poco más de calidez de la necesaria—. Christian Sinclair. Aunque imagino que eso ya lo sabes.
Me estrechó la mano. Fue un apretón rápido, seco, profesional, como quien toca un pomo de puerta. Pero el roce duró un segundo de más, apenas un parpadeo, y en ese parpadeo noté que su mano estaba helada y que temblaba un poco.
*Nervios*, pensé. *Es normal. Soy intimidante.*
—Pasa, siéntate —dije, señalando el sillón frente a mi escritorio—. Quiero explicarte cómo funciona esto.
Se sentó en el borde del asiento, con la espalda tiesa y las rodillas pegadas, como una niña en el despacho del director. Y yo, que tengo cierta experiencia en el arte de leer a las personas, empecé a observarla.
Y fue entonces cuando algo en mi cabeza hizo clic.
Había algo raro en ella. No sabía qué, pero había algo. Era como un cuadro colgado ligeramente torcido, una nota desafinada en una melodía perfecta. Su ropa parecía de otra época. Su peinado, de otra persona. Pero su manera de sentarse, su manera de sostener la barbilla cuando se creía observada, esa leve inclinación orgullosa de la cabeza que no cuadraba con el resto del disfraz…
—¿Es tu primer trabajo como secretaria? —pregunté.
—No, señor. Digo, sí. Quiero decir… —tragó saliva—. He trabajado antes en oficinas. Pero no con presidentes.
—¿Te asusto?
—No, señor.
—¿Segura?
—Segura.
Y entonces mintió muy mal, porque se le escapó un temblor en el labio inferior y apretó el bolso con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Sonreí. No pude evitarlo.
—Bella, voy a darte tres reglas. Son muy sencillas. Primera: mi café es negro, sin azúcar, y debe estar sobre mi escritorio a las ocho y diez, ni un minuto antes ni un minuto después. Segunda: cuando estoy al teléfono con mi madre, no me interrumpas ni aunque se incendie el edificio.
—¿Y la tercera? —preguntó, con un hilo de voz.
Me incliné ligeramente hacia delante, apoyando los codos en el escritorio, y la miré directamente a los ojos. O mejor dicho, miré directamente a las ventanas de catedral que tenía por gafas.
—Tercera: la anterior secretaria se enamoró de mí. Y la anterior a esa, también. Y la anterior a la anterior, no digamos. Recursos Humanos me ha pedido que te advierta que, si te sucede lo mismo, tendré que reasignarte a otro departamento. Son políticas de la empresa.
Esperé la reacción. El rubor. La risita nerviosa. El aleteo de pestañas.
Bella parpadeó. Una vez. Dos veces. Y luego, con una seriedad tan absoluta que me tomó completamente desprevenido, respondió:
—Señor Sinclair, no se preocupe. Eso no va a pasar.