El club de las feas.

Capítulo 24: El banco de la plaza.

Capítulo 24: El banco de la plaza.

Christian.

Voy a confesar algo que ningún hombre de negocios debería admitir en público: llevaba siete horas sentado en un banco de piedra de Capri y era la primera vez en treinta y dos años que no me aburría.

Esperar tiene sus ventajas. Descubres, por ejemplo, que la plaza de una capilla de pueblo a las cuatro de la tarde es un teatro en miniatura. Pasa un señor con un burro. Pasa una señora con un burro más pequeño. Pasan tres niños que se persiguen con una espada de madera. Pasa un gato que se detiene frente a mí, me mira de arriba abajo con desprecio aristocrático y sigue su camino como quien ha tomado nota de un defecto de carácter.

Y a mi lado, sobre el respaldo del banco, con las plumas esponjadas por el sol y una migaja de bizcocho en el pico, Ludovica, la paloma gorda y gris, vigilaba el horizonte con la dignidad de un guardia de palacio.

—No ha vuelto —dije.

La paloma arrulló.

—Pero volverá.

Arrulló con más fuerza, y me pareció notar un tono de escepticismo.

—Tú no crees en mí.

Ladeó la cabeza.

—Está bien. Yo tampoco mucho. Pero es lo único que tenemos.

—Hijo, deberías comer algo —dijo una voz a mi lado.

Era la suegra de Totò, que se llamaba doña Immacolata, pesaba ciento treinta kilos y llevaba desde las ocho de la mañana convencida de que yo era su yerno honorario. Me tendía un plato de pasta con almejas del tamaño de un balde, con un tenedor ya clavado en el centro como una bandera en la cima de un monte.

—Gracias, doña Immacolata, no tengo hambre.

—Llevas siete horas sin probar bocado.

—Estoy esperando.

—Se puede esperar y comer.

—No sé.

—Lo hacen todas las novias de Capri.

—Yo no soy una novia.

—Eres el novio de la novia. Es casi lo mismo.

—No lo es.

—Come.

Comí. Era la pasta más buena de mi vida. Me lo dije a mí mismo con cierta tristeza, porque me di cuenta de que acababa de aceptar un plato de la suegra de un pirata sin protestar, lo cual, en el historial de un hombre que ha dirigido consejos de administración durante una década, constituye un grave retroceso en las defensas.

—Qué buen apetito —dijo doña Immacolata, con lágrimas de felicidad—. Así me gusta. ¿Quieres más?

—Quiero que me dejen esperar en paz.

—Eso es lo que hacemos.

A mi alrededor, repartidos por la plaza como una guardia pretoriana, se agrupaban los miembros de mi familia ampliada. Mi madre, en una silla de mimbre que alguien le había prestado, tomaba el sol con las gafas puestas y un abanico de plumas que no sé de dónde sacó. Lorenzo, a su lado, hacía fotos al campanario con una cara de felicidad idiota. Aurelio, de pie junto a una farola, vigilaba el entorno con su walkie-talkie y el bigote erizado. Stella, instalada en una mesa de la terraza del bar con una carpeta, tres calculadoras, un termo de café y un grupo de ancianos que le llevaban papeles viejos, parecía una notaria en pleno litigio. Fiorella, con un delantal blanco, ayudaba al pastelero del pueblo a montar una tarta de cuatro pisos de Nutella, con la lengua entre los dientes y una concentración de cirujana.

Y en la fuente, con los pies en el agua, mojándose los pantalones con una despreocupación principesca, el jeque Rashid contemplaba a los niños que jugaban con su turbante.

—Querido amigo —me dijo, saludándome con un gesto elegante—. ¿Cómo va la espera?

—Despacio, Alteza.

—Es la mejor velocidad.

—Eso dicen.

—En mi tierra, hay un proverbio. Dice: «El que espera sentado, termina con dolor de espalda.»

—Ese no es un proverbio.

—Lo he inventado ahora mismo.

—Es muy útil.

—Gracias.

—¿Sabe algo de ella?

—Radio Capri Libera dice que se ha subido a un telesilla.

—¿A cuál?

—Al del Monte Solaro.

—¿Con quién?

—Con Dante.

Me levanté de un salto. El plato de pasta cayó al suelo. Ludovica salió volando con un graznido ofendido.

—¿Con Dante?

—Eso dice la radio.

—Pero Dante tiene vértigo.

—Eso también lo dice.

—¡Lo va a matar!

—¿Quién?

—¡La altura!

Sentí cómo me subía un sudor frío por la espalda. Miré hacia el interior de la isla, hacia la montaña, donde, a lo lejos, por encima de las casas blancas y de los olivares, se distinguía la línea fina del cable del telesilla. Entre dos postes, minúsculas como granos de sal, colgaban dos sillitas pegadas. Dos figuras. Una de ellas, agitaba una mano.

—¿Qué hago? —murmuré.

—Esperar —dijo mi madre, sin abrir los ojos.

—Mamá, Dante se muere.

—Es un buen chico. Aguantará.

—Mamá, lo has mandado tú.

—Lo mandé con cariño.

—Mamá.

—Hijo mío. —Se quitó las gafas y me miró con los ojos de una mujer que ha criado a dos hijos testarudos—. Siéntate. Respira. Prometiste no perseguirla. Y Dante está con ella. Es lo más parecido a una escolta que podemos pedir.

—Dante no puede escoltar ni a un pato.

—Entonces será una escolta cómica.

—¡Mamá!

—Siéntate.

Me senté. No sé por qué. Una especie de fuerza antigua, infantil, me dobló las rodillas.

—Muy bien —dijo mi madre, con una sonrisa—. Ahora, escucha.

—¿Qué?

—Silencio.

Lo oímos al mismo tiempo. Fue un zumbido distante, mecánico, creciente. Un crujido de poleas. Un chirrido de cable. Y de pronto, a lo lejos, desde la montaña, un grito.

—¡AAAAAAAAH!

Era la voz de Dante.

—¿Qué ha sido eso? —pregunté, poniéndome en pie.

—No sé —dijo Aurelio, con el walkie-talkie pegado al oído—. Parece que el telesilla se ha detenido.

—¿Y ahora?

—Se ha movido.

—¿Hacia dónde?

—Hacia atrás.

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Voy a hacer una aclaración técnica, por si algún ingeniero lee esto: un telesilla no está diseñado para moverse hacia atrás. Lo supe en ese instante, cuando vi en la distancia que las dos sillitas, minúsculas, iniciaban un lento y trágico descenso por el cable, de espaldas a su destino, como dos náufragos arrastrados por una marea sin sentido.




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