Christian.
Hay hombres que lloran de risa una vez en la vida. Yo llevaba treinta y seis horas haciéndolo sin interrupción, y Nonna Pina, que me observaba desde la puerta de la bodega con una cuchara de madera en la mano y una ceja arqueada, ya empezaba a plantearse la conveniencia de llamar a un médico.
—Hijo —dijo—. Respira.
—No puedo —jadeé, doblado sobre un barril de vino, con las lágrimas rodándome por las mejillas.
—Llevas así desde ayer.
—Es que… es que…
—¿Qué?
—El inspector.
Nonna Pina suspiró. Dejó la cuchara sobre una estantería, me sirvió un vaso de agua de un botijo de barro y esperó con paciencia de abuela veterana a que se me pasara el ataque. No se me pasó. Porque cada vez que cerraba los ojos veía de nuevo la misma imagen: un inspector jefe de Sanidad e Higiene Ambiental, con una bolsa de arpillera en la cabeza, atado a una silla con tres vueltas de cinta americana, protestando «¡Mmmmf!» ante tres mujeres enmascaradas que le acusaban solemnemente de huir, de esconderse y de rechazar trece frascos de Nutella.
—Se lo di todo —balbuceé—. El sombrero. La bufanda. Doscientos euros. Y no sospecharon nada.
—Eres un canalla.
—Es que el plan era perfecto.
—Era un plan cruel.
—Pero me ha hecho tan feliz.
Me incorporé con dificultad. Me sequé las lágrimas con la manga. Y mientras recobraba el aliento, sentado sobre un taburete en la bodega de una trattoria de Milán, entre jamones colgados del techo, quesos curándose en estantes y un gato negro dormido sobre un saco de harina, volví a recordar, uno por uno, todos los episodios del último mes. La fuente de Como. El montaplatos. El laberinto. El cisne. El globo. La gruta. El anillo. La cena de Nápoles. El camión. El canal. El grito.
Me reí hasta que me dolió el estómago.
—Hijo —dijo Nonna Pina, por fin, con dulzura—. ¿Te das cuenta de que esa muchacha lleva días sin dormir?
—Lo sé.
—¿Y de que te busca por toda la ciudad?
—Lo sé.
—¿Y de que ayer dijo en televisión que la habías dejado «como un tarro de Nutella vacío»?
—Lo sé —dije, y tuve que taparme la boca con las dos manos—. Es lo más bonito que me han dicho en mi vida.
—Eres un caso perdido.
—Soy un hombre enamorado.
—Es lo mismo.
Un golpecito en la puerta de la bodega me hizo levantar la cabeza. Se asomó, con una gorra azul y un bigote imponente, Aurelio, que traía en las manos una bandeja de cannoli y una expresión de solemnidad litúrgica.
—Señor.
—Aurelio.
—Han llegado todos.
—¿Quiénes?
—Los del comité.
—Hazlos pasar.
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La reunión se celebró entre barriles de vino. Los asistentes, sentados en cajas de madera, rodeaban una mesa improvisada con un tablón sobre dos toneles, iluminada por tres velas y una bombilla desnuda que colgaba de un cable. A mi derecha, con su sombrero de ala ancha y su collar de perlas, se acomodó mi madre, con una libreta de tapas rojas y un lápiz entre los dientes. A mi izquierda, Dante, con una taza de té y una mueca de resignación. Frente a mí, Lorenzo, con una cámara de vídeo sobre las rodillas. A su lado, Aurelio, de pie, con las manos a la espalda. Nonna Pina, en el extremo, removiendo un perol de lentejas. Y en el centro, sentada con las piernas cruzadas en una silla de mimbre, con un vestido plateado, una melena rubia hasta la cintura y una sonrisa de anuncio, Giada Bellandi.
—Señoras y señores —dije, golpeando un barril con una cucharita—. Se abre la sesión.
—¿Nombre de la operación? —preguntó Dante.
—Operación Lenteja.
—Es un nombre horrible.
—Es el de la sopa de Nonna Pina.
—Es un nombre romántico —corrigió mi madre.
—Objetivo —dije—: preparar una cita sorpresa para Bella Rinaldi.
Un murmullo de emoción recorrió la mesa. Mi madre se llevó las manos al pecho. Giada, con una mirada de aprobación, tomó una nota en un papelito. Lorenzo, con la cámara en alto, grabó mi cara con un primer plano que juré que le haría pagar.
—Fecha —continué—: mañana domingo, a las nueve de la noche.
—¿Lugar?
—Este.
—¿La trattoria? —preguntó Dante, desconcertado.
—El patio. Detrás de la cocina. Hay una parra, unas lucecitas, una fuente y una mesa de piedra. Nonna Pina me ha dado permiso.
—Es el mejor patio de Milán —dijo la anciana, sin dejar de remover.
—Menú —dije—: lentejas de entrante.
—Es una declaración de amor —suspiró mi madre.
—Después, pasta cacio e pepe. Cannoli de postre. Y en el centro de la mesa, trece frascos de Nutella con lacito.
—Los que rechazaste —dijo Dante.
—Los que jamás rechacé.
—Música —continuó Giada, con voz de campanilla—. Para la serenata, un barquero napolitano.
—Salvatore —confirmó Aurelio.
—Está de camino desde Capri en un autobús de línea.
—¿Y el vestido? —preguntó mi madre.
—Ahí entro yo —dijo Giada, con una sonrisa triunfal—. Talla treinta y ocho. Color esmeralda. Con escote en la espalda. Lo diseñé yo misma esta mañana con un amigo modisto.
—¿Por qué esmeralda? —pregunté.
—Por la foto.
—¿Qué foto?
—La de la cena de cumpleaños en la que ella sale riendo. Dante me la enseñó.
Me giré hacia Dante, que levantó las manos en un gesto de inocencia.
—Tenía que ser fiel a los orígenes —murmuró.
—Eres un genio.
—Soy un cómplice.
—¿Y los invitados? —preguntó Lorenzo.
—Solo uno.
—¿Quién?
—Ella.
Hubo un silencio. Mi madre se secó una lágrima con el pañuelo. Nonna Pina dejó de remover y se quedó mirando el perol con una sonrisa temblorosa. Giada, con los ojos brillantes, se inclinó hacia mí y murmuró, con una ternura que no le había visto nunca:
—Es la cita más bonita que he visto organizar.
—Todavía no ha ocurrido.
—Ocurrirá.
—Si no huye.
—Huirá.
—Y entonces la perseguiré.
—Y entonces ella se dejará alcanzar.