Christian.
Hay hombres que presumen de sangre fría. Yo, a partir de aquella noche de miércoles, empecé a presumir de congelación total.
Debo explicar cómo llegué a ese estado, porque mi madre, que lleva treinta y dos años observándome, sostiene que me falta vocación de actor. Es injusto. Aquella noche, de pie frente a la ventanilla de la cocina de Il Cigno Nero, con las manos cruzadas a la espalda y la expresión de un funcionario de Hacienda, vi cómo la mujer de mi vida, con los guantes amarillos hasta los codos, una redecilla torcida y un trozo de lechuga en la frente, se lanzaba de cabeza dentro de un lavavajillas industrial, y mantuve el rostro impasible. No se movió ni un músculo de mi cara. Ni uno. Hasta se me ocurrió, para completar el efecto, arquear una ceja con elegante desinterés.
—Alfredo —dije, con voz de hielo.
—Dígame, señor Sinclair.
—Hay una persona dentro del lavavajillas.
—Lo sé, señor.
—¿Está encendido?
—Lo está.
—¿Cuál es el ciclo?
—El de ochenta y cinco grados, señor. Con aclarado.
—Comprendo.
—¿Desea que lo detengamos?
—Es una decisión del chef.
El chef Ottavio, que acababa de llegar corriendo desde la tarima con el gorro torcido y el bigote desencerado, golpeó con el puño un botón rojo. La máquina soltó un suspiro de vapor. Se abrió la compuerta con un chasquido. Y de entre una nube blanca, empapada de pies a cabeza, con la redecilla caída sobre un ojo, una espumita en la nariz y un tenedor pegado al delantal, emergió Bella.
—Estoy bien —dijo, tosiendo.
—Perfecto —dije yo.
—Gracias.
—No hay de qué.
—¿No vas a preguntar si me he hecho daño?
—Tengo una reunión mañana a primera hora.
Hubo un silencio. Bella parpadeó. Stella y Fiorella, a su lado, se miraron con los ojos como platos. Detrás del mostrador, veinte cocineros dejaron de respirar.
—Señorita Rinaldi —continué, con la inflexión exacta de un contable que lee un balance—. Le informo de que la cuenta de ustedes ha sido saldada.
—¿Cómo?
—A mi cargo. Es una cuestión administrativa.
—¿Has pagado seiscientos doce euros?
—Seiscientos doce con cincuenta. Hubo un cargo por la silla rota.
—¡Yo no he roto ninguna silla!
—Fue la señora de la peluca pelirroja.
—Perdón —murmuró Stella.
—No hay problema. Cuestión administrativa.
—¡Yo no quiero tu dinero! —gritó Bella, saliendo del lavavajillas con la dignidad de una reina destronada.
—Se descontará de su nómina.
—¿De mi nómina?
—En doce cuotas sin intereses.
—¡Eso es un abuso!
—Es la política de la empresa.
—¡Es una… una… una…!
—Señorita Rinaldi —dije, mirando el reloj—, son las doce y cuarto. Mañana la espero a las ocho en punto. Con el informe.
Giré sobre los talones. Caminé hacia la puerta con paso medido y la espalda recta, y al pasar frente a la ventanilla del comedor sentí un golpecito suave sobre el hombro. Era Giada Bellandi, con su vestido plateado, su melena rubia y una sonrisa de oreja a oreja, que se había asomado a la cocina con curiosidad.
—Qué manos tan bonitas para lavar platos —dijo, con voz de anuncio.
—Gracias —murmuró Bella, con los dientes apretados.
—Eres un cielo.
—Y tú una jirafa.
—Qué directa.
—Es una virtud.
Giada se rió. Una risa de campanilla, de las que se oyen en los anuncios de perfumes. Yo la tomé del brazo con la cortesía de un caballero y la saqué de la cocina antes de que Bella decidiera lanzarle un cucharón.
—Eres un actor pésimo —me susurró Giada al oído, ya en el comedor.
—Silencio.
—Estás temblando.
—Es el aire acondicionado.
—Estás sudando.
—Es una enfermedad.
—Es amor.
—Giada.
—Mi factura es de tres mil euros.
—Te la mando mañana.
—Y el contrato para la campaña de invierno.
—Con tu foto en doce marquesinas.
—Y la copa de champán de 2019.
—¿Qué copa?
—La que te tiré. Quiero que me la repongas.
—Te mando una caja.
—De Dom Pérignon.
—De lo que quieras.
—Trato hecho.
Salimos del restaurante entre cuarenta camareros que nos miraban como a una pareja de recién casados. Desde la puerta, un maître lloroso agitaba un pañuelo. Subí a Giada a un taxi, le pagué el trayecto, esperé a que la esquina se la tragara, y solo entonces, de pie en la acera, bajo una farola de luz amarilla, apoyé la frente contra un muro de piedra y me dije en voz baja:
—Soy un canalla.
Una paloma gorda y gris, posada en el tejado de enfrente, arrulló en señal de acuerdo.
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La estrategia de la frialdad requiere medios técnicos. Esto lo aprendí a las seis de la mañana del jueves, cuando mandé llamar a mi ingeniero de mantenimiento, un hombre pálido y diminuto llamado Ugo que respondía con una devoción religiosa a cualquier orden mía.
—Ugo —dije—. Necesito que baje la temperatura del piso treinta.
—¿A cuánto, señor Sinclair?
—A lo mínimo.
—¿Cuánto es lo mínimo?
—Lo que permita el sistema.
—Cuatro grados, señor.
—Perfecto.
—Pero, señor, es otoño. Hace veinte fuera.
—Es una cuestión de imagen.
—¿De imagen?
—Quiero que la oficina refleje mi estado de ánimo.
Ugo, que había presenciado en su carrera tres crisis financieras, dos incendios y una invasión de ardillas, me miró con compasión y se persignó.
A las siete y cuarto, el piso treinta era un congelador. En las paredes, una fina capa de escarcha dibujaba helechos blancos sobre el cristal del ventanal. En el pasillo, la moqueta crujía como la nieve. Sobre mi escritorio, junto a la taza de café, había una pila de carpetas con carámbanos de dos centímetros. Yo mismo, sentado tras la mesa, llevaba un abrigo de lana, una bufanda de cachemira, un gorro de piel y unos guantes de cuero, y apenas sentía los dedos de los pies. Ludovica, en el alféizar, con una bufandita de punto de tres colores que le había tejido Fiorella, tiritaba con las plumas esponjadas.