Fiorella.
Me llamo Fiorella Bianchi, tengo veintiocho años, soy asistente del director de mercadotecnia y colecciono patitos de goma. Tengo ciento cuarenta y dos, ordenados por colores, tamaños y estados de ánimo. Lo digo para que se entienda qué clase de persona soy: una persona que se emociona con facilidad, que llora con los anuncios de seguros, que le pone nombre a los semáforos y que, cuando el corazón se le rompe, lo repara con pegamento y con un patito nuevo.
Y mi corazón, si les soy sincera, ya había sido reparado una vez. Con mucho pegamento. No voy a dar detalles, porque los pasados no se cuentan en una fiesta. Pero conviene saberlo para entender lo que ocurrió aquella noche de abril, en la Villa Ambrosiana, a las doce y siete minutos, cuando mi amiga Stella salió corriendo escaleras abajo con un zapato de menos y yo, que había intentado seguirla, choqué de frente con un hombre.
Voy a contarlo todo. Pero despacito. Con las lágrimas justas.
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Esa noche yo estaba radiante. Lo digo sin vanidad, porque no fui yo, fue la peluca. Una cascada de rizos de color miel que me caía sobre los hombros como si me hubieran puesto un sol de lana. Un vestido azul cielo, largo, de gasa, con la espalda al aire y una falda que se movía como una nube. Unas lentes de contacto de color avellana que me habían costado cuatro croissants, una taza de té y el lomo de un gato. Y un perfume diseñado por el marido de mi mejor amiga, que nadie, absolutamente nadie, podía identificar.
Había bailado tres tarantelas con una abuela de Capri. Había comido catorce canapés. Había llorado durante el discurso de Bella. Y había descubierto, con una mezcla de euforia y de tristeza, que cuando uno se disfraza de otra, la gente por fin te mira a los ojos. Enzo, mi jefe, me había saludado con una reverencia y me había dicho: «Qué elegante esta señorita; se parece mucho a mi asistente. Pero no. Mi asistente usa gafas». Y yo, con el corazón en un puño, había asentido con una sonrisa y le había dado las gracias.
Cuando sonaron las doce y vi a Stella salir corriendo del salón con la melena rubia flotando tras ella, sentí un pellizco de pánico. Abandoné la tarantela. Dejé a la abuela con un «perdón, señora, una emergencia». Atravesé el salón de baile entre mesas, parejas y bandejas con la intención de alcanzar a mi amiga, y fue justo al doblar la esquina de la fuente de champán, a la altura del tercer candelabro, cuando ocurrió.
Un golpe.
Un golpe seco, blando, cálido. El de mi frente contra un pecho ancho. Un grito. El de mi garganta. Un chapoteo. El de una copa de champán que yo llevaba en la mano, que salió despedida hacia arriba, describió un arco perfecto en el aire y aterrizó, con una puntería de arquera olímpica, sobre una camisa blanca de lino y una pajarita de seda negra.
—¡Ay, Dios! —chillé.
—¡Caray! —dijo una voz masculina.
—¡Lo siento!
—¡Estoy empapado!
—¡Perdón, perdón, perdón!
Me llevé las manos a la boca. Levanté los ojos. Y me quedé helada.
Era Lorenzo Sinclair.
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Debo explicar quién es Lorenzo Sinclair, aunque ustedes ya lo sepan. Es el hermano de Christian. Treinta y cinco años. Más alto que él, o eso me ha parecido siempre. Pelo castaño, ondulado, con un mechón rebelde que le cae sobre la frente. Ojos más claros que los de su hermano, de color miel, con una chispa permanente de picardía. Una sonrisa de esas que enseñan los dientes y ponen en peligro los semáforos. Una voz grave, sedosa. Una colección de trajes que no he podido contar. Una cámara de vídeo siempre a mano. Y una fama, entre las asistentes de mercadotecnia, de seductor irredimible.
Yo lo conocía por razones profesionales. Lo había visto en la boda, en la gala del lago, en la reunión del consejo. Una vez me había saludado en el ascensor con un «buenos días» que me aceleró el pulso tres días seguidos. Pero él, claro, jamás había reparado en mí. Porque yo era la asistente de gafas gordas que llevaba un patito de goma en el bolso.
Y esa noche, con una peluca rubia, unas lentes de color avellana y un vestido azul, el hombre más guapo de la fiesta me miraba por primera vez.
—Lo siento muchísimo —balbuceé.
—No importa.
—Estoy… estoy… ¡muy torpe!
—Es un champán excelente. Lástima que se haya ido a la camisa.
—¡Se lo limpio!
—No hace falta.
—¡Insisto!
—Es un esmoquin de alquiler.
—¡Peor todavía!
Saqué de mi bolso un pañuelo de papel. Lo apliqué sobre la mancha. Se deshizo en migajas. Saqué otro. Se deshizo. Saqué un tercero, que ya estaba usado. Lorenzo, riendo, me tomó suavemente de la muñeca.
—Tranquila —dijo—. Hay un lavabo ahí al lado. Podemos arreglarlo con agua.
—¿Con agua?
—Y un poco de jabón.
—¿Y un trapo?
—Y un trapo.
—Vamos —dije, con la mayor dignidad que pude reunir.
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Debo aclarar que el baño de señoras de la Villa Ambrosiana es de una elegancia desconcertante. Un salón con un techo pintado con nubes de color rosa, un espejo de tres metros con marco dorado, una fila de lavabos de mármol blanco, una mesa con una bandeja de perfumes, un sofá de terciopelo verde y, al fondo, tres cabinas con puertas de madera pulida. Estaba vacío. Todo el mundo, en aquel momento, miraba los fuegos artificiales desde los jardines.
—Aquí no se admiten caballeros —dije, deteniéndome en la puerta.
—Lo sé —sonrió Lorenzo—. Pero soy una excepción.
—¿Por qué?
—Porque estoy empapado.
—Eso no es un motivo.
—Y porque no hay nadie.
—Tampoco.
—Y porque le prometo no mirar.
—Qué cínico.
—Soy un Sinclair.
Entramos. Cerré la puerta con el pestillo, por si acaso, aunque en el fondo sabía perfectamente que aquello no era una buena idea. Lorenzo se plantó frente al espejo, se quitó la pajarita, la dejó sobre el mármol y se desabrochó la camisa con dos dedos, con una naturalidad que me secó la garganta. Yo abrí el grifo. Mojé un trapo. Me acerqué a él con una concentración de cirujana.